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miércoles, 22 de febrero de 2017

El republicanismo cívico de Hannah Arendt (2)

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Democracia y ética: 
el republicanismo cívico de Hannah Arendt
por Jessica Baños Poo

Republicanismo, ética y derechos humanos

Tras vivir y analizar la experiencia del totalitarismo, Arendt defendía la idea de que todo ser humano tiene "el derecho a tener derechos", un razonamiento que cobra relevancia no sólo como respuesta a la condición de los apátridas, sino como respuesta a la protección y la garantía de los derechos para cualquier ciudadano de una comunidad política que presume ser un régimen constitucional-democrático. La condición de apátrida no sólo significa la privación de un hogar, sino la pérdida de derechos a partir de la pérdida del estatus político de ciudadanía. Significa privar a cierto grupo de personas de que se escuche su voz y se puedan ejercer sus plenos derechos de ciudadanía. Siguiendo a Jeffrey Isaac, es también un atentado contra la dignidad humana en tanto atenta contra la capacidad de cada quien para ser un agente moral y político, disfrutando seguridad y libertad entre los conciudadanos, experimentando el mutuo reconocimiento que solo la ciudadanía confiere (Isaac, 1996: 63).

Hannah Arendt

El republicanismo cívico de Hannah Arendt (1)

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Democracia y ética: 
el republicanismo cívico de Hannah Arendt
por Jessica Baños Poo

La reflexión normativa sobre la calidad cívica y ética de nuestras democracias es importante para generar una cultura política más acorde con los principios y valores democráticos, y que tienda, además, hacia actitudes y prácticas más solidarias y protectoras de los derechos humanos. Del pensamiento político de Hannah Arendt se recupera una concepción ética republicana para la mejora de la convivencia cívica y democrática en todos los entornos en los que nos desenvolvemos. Lo anterior, es relevante para la construcción de un tejido cívico democrático en las relaciones interpersonales, frente a un mundo caracterizado por relaciones de intereses económicos e individualistas entre los seres humanos.

Hannah Arendt

sábado, 12 de marzo de 2016

Las condiciones del espacio político: libertad y pluralidad, de Hannah Arendt

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El pensamiento de Hannah Arendt nace en un contexto histórico sumamente convulso, el totalitarismo, y lleva la huella de su vivencia personal. A pesar de eso, no queda encerrado en su situación, sino que se plantea preguntas que siguen preocupando al hombre actual. La vigencia de sus ideas se hace patente por la gran cantidad de estudios que se han publicado y siguen publicándose sobre ella. La filósofa formada en la fenomenología de Heidegger y el pensar existencial de Jaspers busca la creación y mantenimiento de un espacio público de aparición que garantice el derecho a tener derechos.
Hannah Arendt
Las condiciones del espacio político: libertad y pluralidad

La filosofía de Arendt es, por tanto, un intento de pensar la política como un «estar los unos con los otros los diversos» [¿Qué es la política?: 45]. Con esta expresión que recoge la importancia de la pluralidad, la pensadora hebrea procede, por una parte, a una revisión del ser-en-el-mundo heideggeriano, que es visto, de este modo, como ser-en-el-mundo-con-otros, incidiendo en que el ser con otros no es una existencia inauténtica, sino un rasgo característico de la condición humana. El punto de partida del análisis del mundo y de la mundaneidad para Arendt es, pues, el de su maestro, pero las correcciones que le hará serán tan importantes que pondrán de relieve que el paso de la ontología a la política exige una ruptura radical con uno de los presupuestos básicos de la noción de ser-en-el-mundo, entendido por Heidegger como un existenciario. Arendt señala como el punto de separación la comprensión heideggeriana del sujeto de la cotidianidad como existencia inauténtica y cifra la condición de la política en la pluralidad.

Para Arendt el análisis del ser-en-el-mundo de Heidegger había desvelado un concepto fundamental para el estudio de lo político, el mundo, aunque este pensador no hubiera sido capaz de romper con el antiguo prejuicio de los filósofos frente a la política. Le faltaba para ser capaz de dar ese paso una correcta noción de acción y de pluralidad. El gran maestro alemán no entendió que la verdadera condición humana es la pluralidad y que ésta es la condición de toda vida política, ya que es una noción central para entender el espacio público y gracias a él la ciudadanía y la democracia. Es decir, en cuanto se ve que la pluralidad es un rasgo esencial del ser humano, se entiende que la política no es una actividad secundaria para este ser que es per se con otros.

Heidegger se centra en su análisis de ese primer existenciario en los aspectos que inciden en la mundaneidad del ser humano y en cómo ese ser en el mundo es primariamente un estar, o ser, práxico-vital, y no un conocimiento o relación noesis-noema. La categoría central de su pensamiento ya no es la intuición eidética, sino el cuidado del mundo, que implica una relación pre-cognoscitiva con éste, un estar cotidiano en el mundo respecto al cual el conocimiento es derivado. Es decir, lo que busca el profesor alemán es precisamente una corrección de la filosofía de su maestro y creador de la fenomenología: Husserl. Al acusar a su mentor de intelectualismo y de haber olvidado la inserción existencial, Heidegger está realizando el paso de la fenomenología hacia el pensar existencial y está modificando de raíz la noción de filosofía de su maestro: lejos de ser una ciencia rigurosa es una actividad que tiene que ver más con la prudencia o phronesis que con la razón teórica o nous. La discípula de Heidegger, por su parte, al realizar una rectificación en la noción de mundo, está a su vez dando origen a una nueva comprensión de la filosofía como reflexión sobre la vita activa y especialmente sobre la política, entendida como espacio público.

Para Arendt, la comprensión adecuada del mundo requiere un estudio detenido de la vida activa, que es precisamente lo que no realizó Heidegger, y lo que le impidió pasar de la mundaneidad a la pluralidad. Por ello su pensamiento político se funda en una exploración de las formas de actividad humana que destaca que la actividad específicamente humana es la acción política o la iniciativa y el debate con otras personas que surge de la libertad. Solo tras un estudio detenido de la vida activa se puede recuperar la pluralidad y ver que el estar en el mundo con otros se realiza a través de la acción y el discurso. El ser-con o mundo compartido que ha sido ganado desde el análisis del mundo, o más concretamente, del ser-en-el-mundo, solo puede dar lugar a lo político si se estudia desde la pluralidad, que es la condición de la acción. Únicamente la pluralidad o reconocimiento de lo común o lo público hace viable la pluralidad de perspectivas del juicio y con ello lo político en sentido propio. La pluralidad hace posible el mundo como espacio de aparición, como espacio configurado por actores y espectadores. La política tiene que ver con la acción, ya que ésta presupone una pluralidad que aparece en un espacio público, en el que la acción se convierte en palabra que no expone un saber, sino una opinión formada por la prudencia y el sentido común.

El otro rasgo característico de la acción humana es la libertad, que es comienzo e iniciativa. Pocas frases aparecen tantas veces y en tantas obras de Arendt como la que toma de Agustín de Hipona, a quien dedicó su tesis: «para que hubiera un comienzo fue creado el hombre». Al establecer la diferencia entre principium (mundo) e initium (hombre), San Agustín destaca que el inicio del hombre es el inicio de alguien, que es a su vez capaz de iniciar por sí mismo nuevos cursos de acción. La noción arendtiana de libertad como comienzo, iniciativa o natalidad está íntimamente vinculada con la contingencia, con el hecho de que la acción humana es capaz de iniciar algo nuevo, algo imprevisible que una vez acontecido es irreversible. La alemana vincula la política con la libertad: «el sentido de la política es la libertad» [¿Qué es la política?: 61-62]. En primer lugar, Arendt considera que Agustín de Hipona es quien mejor ha señalado este rasgo porque es el filósofo que vivió el nacimiento de un nuevo orden secular. Para esta pensadora, influida por la lectura heideggeriana de Agustín como un “tribuno de la plebe”, éste es un filósofo romano, que debería ser considerado el primer filósofo de la voluntad. La cuestión que más le interesa a Arendt del pensamiento agustiniano es su tratamiento de la voluntad como capacidad de iniciar algo nuevo, como capacidad de comenzar espontáneamente una serie de acciones en el tiempo. Esta visión de la acción como iniciativa es, por tanto, una crítica de Arendt a la voluntad como facultad de elección, libre arbitrio, o autodeterminación. Lo que la filosofía ha olvidado es que la experiencia humana de la libertad es la política y no la libertad interior, que surge de un alejamiento respecto al mundo. La libertad no es un sentimiento interior, sino una manifestación exterior.

Esta libertad política como acción con otros es identificada por Arendt principalmente con el discurso. Los intérpretes de su pensamiento han mostrado que en su obra hay dos nociones de acción. Por una parte la acción es el hecho o hazaña (debido a la influencia de Homero) y, por otra, es el discurso (por la influencia de Aristóteles y la idea del ciudadano deliberativo). La experiencia política de Grecia para la alemana muestra que la acción política, a diferencia de la prepolítica, es discurso y no violencia. Por ello Arendt insiste en que la vida política es la relación entre las personas por medio del discurso y el debate. Como han señalado diversos estudiosos del pensamiento arendtiano, especialmente Canovan, estas ideas inscriben a Arendt en la tradición del republicanismo, que considera el espacio público como espacio de libertad política [Canovan 1992].

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Referencia: Philosophica. Info, extraído del capítulo 5 del articulo de Julia Urabayen acerca de la obra de Hannah Arendt.
Autora: Julia Urabayen. Profesora adjunta Facultad de Filosofía y letras. Departamento de filosofía. Universidad de Navarra, Pamplona, España

Hannah Arendt nació el 14 de octubre de 1906 en Hannover en el seno de una familia hebrea asimilada y pasó su infancia en Königsberg, la ciudad de Kant, en donde fue criada por su madre. De una inteligencia clara y precoz, Arendt lee a Kant y a Jaspers a los catorce años, y se apasiona por el estudio del griego y por Kierkegaard, a quien lee a los diecisiete años. En 1924 asiste en Marburgo a las clases de Heidegger, y en 1925 en Friburgo acude a las lecciones de Husserl y conoce a Jaspers, quien dirigió su tesis (obtenida en 1928 y publicada en 1929: El concepto de amor en San Agustín) y con quien mantuvo una profunda amistad y relación de intercambio intelectual durante toda su vida. Desde esta época de juventud, la mayor influencia filosófica en la obra de Arendt es el pensamiento de Heidegger. Ésta leyó muy pronto Ser y tiempo, obra que dejó una huella profunda en su pensamiento, especialmente en su libro más conocido: La condición humana. A pesar de ello, la filosofía arendtiana sigue un curso propio que le llevará, como se verá en el apartado cuatro, a planteamientos alejados de los del pensador del olvido del ser. Tras años de separación, maestro y discípula se reencontraron y reanudaron su relación personal e intelectual (Arendt se ocupó de la publicación de las obras de Heidegger en lengua inglesa). Aunque la filósofa hebrea conservó su admiración por el pensamiento de Heidegger y leyó sus nuevos trabajos con interés, la influencia de éstos es menor que la de la gran obra de 1927.

Tras la Segunda Guerra Mundial, ya instalada en Estados Unidos, Arendt se consagra a la reflexión sobre la filosofía política, lo que se plasma en sus obras más importantes: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro: ocho ensayos sobre el pensamiento político (1961), Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal y Sobre la revolución (1963), Hombres en tiempos de oscuridad (1968) y Sobre la violencia (1970). A partir de finales de los años sesenta, se interesa especialmente por la crisis política que está viviendo Estados Unidos, lo que queda reflejado en su libro Crisis de la República (1972). En sus últimos años de vida, vuelve a la preocupación inicial de su reflexión: la propia filosofía. Su muerte en 1975 deja inacabada su última obra: La vida del espíritu (1978).

sábado, 30 de mayo de 2015

Para el dominio del individuo, de Hannah Arendt

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Hannah Arendt (1906–1975)


"Nada hay más deseado por los poderes establecidos que el individuo aislado, es la forma más fácil de dominar al ser humano"

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