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lunes, 15 de mayo de 2017

¿Qué es conducta? (2)

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¿Qué es conducta?

por Esteve Freixa i Baqué (Universidad de Picardie, Francia).
conferencia pronunciada en la UNED, Madrid, el 17 de mayo de 2002

-- Parte 1 || Parte 2 --

Los hombres y las mujeres no mueren porque son mortales

Viajemos por un instante a través del tiempo hasta la época prehistórica y observemos la vida cotidiana de una tribu de trogloditas. Una mañana, nuestro protagonista (llamémosle Uhr) sale de su cueva para ir a cazar un mamut y alimentar así a su familia. Al salir observa que el suelo presenta hoy un aspecto diferente de lo acostumbrado: hay como un manto transparente que lo recubre todo (la noche precedente ha helado). Es la primera vez que Uhr se halla confrontado con este fenómeno, que desconoce por completo.

Aparte de constatarlo, no le otorga mayor importancia y se lanza corriendo, como de costumbre, en búsqueda de su presa. Evidentemente, ni corto ni perezoso, resbala estrepitosamente y se encuentra en el suelo con la rótula izquierda partida en dos. Moraleja: dos meses sin poder sustentar a su familia. La próxima vez que nuestro héroe, ya repuesto de su herida, constata al salir de caza que el suelo presenta esas características peculiares (estímulo discriminativo) que le condujeron al accidente (consecuencia aversiva), modifica su manera de desplazarse a fin de evitar la caída (conducta de evitación), y por aproximaciones sucesivas (moldeamiento) acaba desplazándose de forma adecuada sobre suelos resbaladizos. Cuando se plantea denominar esta nueva forma de desplazarse respecto a la forma habitual, acuña un nuevo término: prudentemente, de manera prudente. Se trata de un adverbio o de un adjetivo (no de un verbo ni aún menos de un sustantivo), es decir, de un término que califica una conducta. En vez de detallar, elemento tras elemento, la nueva manera de desplazarse (“pon el pié derecho bien plano sobre el suelo; desplaza tu centro de gravedad sobre él antes de levantar el pie izquierdo; avánzalo lentamente y luego... etc.”), una vez puestos de acuerdo sobre el catálogo de conductas que se halla resumido bajo el vocablo “prudentemente”, dicho vocablo funciona como una etiqueta que resume y condensa en una sola palabra dicho repertorio conductual. Desplazarse de manera prudente (o prudentemente) no es más que la manera resumida, económica de decir: “desplazarse poniendo el pie derecho bien plano...etc.”). Así, cuando el estímulo discriminativo lo requiere, aparece la conducta adaptada a fin de evitar las consecuencias aversivas, y un simple aviso verbal basta para solicitar tal conducta: “¡familia! hoy, cuando salgáis, debéis desplazaros de manera prudente.” Se trata de un tipo de conducta particular, sin más.

Veamos el paso siguiente. En otra ocasión, nuestro hombre, persiguiendo su presa, se encuentra frente a un barranco sobre el que yace un tronco de árbol caído. Para atravesarlo sin caerse, debe desplazarse de una manera que no es ni la habitual ni la que ahora llamamos prudente (no es lo mismo andar sobre el hielo que desplazarse sobre un tronco caído). ¿Deberá acuñar un nuevo término para designar esta nueva forma de desplazarse? Ello sería una solución. Pero puesto que hay varios elementos comunes entre esta nueva forma y la forma llamada prudente (sólo deben emitirse en circunstancias particulares; ambas evitan desgracias, etc.), otra solución consiste en extender, ampliar (generalizar) el sentido de la palabra “prudentemente” a otras circunstancias que aquellas que primitivamente sirvieron para generar el término. Diremos pues que en ambos casos hay que comportarse de manera prudente aunque la cadena de conductas concretas que hay detrás no sea idéntica.

Franqueemos ahora una etapa más en este proceso de generalización. No utilicemos este vocablo solamente para las formas de desplazarse, sino también para otras actividades, incluso sociales, en las que de manera quizás algo metafórica puede hablarse de “prudentemente”. Imaginemos, por ejemplo, que un buen día, en el momento de servir el guisado de mamut, Uhr se da cuenta de que se le ha acabado la sal. Se le ocurre pedirle un poco a su vecino, pero supone que si lo aborda con su rudeza habitual, va a tener que comer sin sal. Lo aborda pues de una manera diplomática a fin de evitar que el vecino le niegue el favor. Puede decirse entonces, ampliando de nuevo el campo de la generalización, que se ha comportado de manera prudente. Hasta aquí hemos contemplado la génesis del adjetivo “prudente” y del adverbio “prudentemente” (5) . Imaginemos ahora que nuestro personaje, vistas las ventajas que acarrea comportarse de manera prudente (ley del efecto), adopta esta conducta no ya de manera esporádica sino de forma habitual. A la larga, el observador de todo este proceso puede resumir la constatación “Uhr se comporta regularmente de manera prudente” diciendo: “Uhr es prudente”. La introducción del verbo ser es correcta pero peligrosa. En efecto, el observador lo usa como puro resumen de “se comporta regularmente”, pero utiliza para ello el verbo que, por definición, denota esencia. De este modo, hemos deslizado el campo semántico desde la conducta (se comporta) hasta la esencia (es); desde la propiedad relacional hasta la propiedad esencial (retomando los conceptos del apartado anterior). Si tuviésemos siempre presente cómo hemos llegado hasta ahí, no habría problema; es decir, si recordáramos que “prudente” es una etiqueta para resumir un catálogo de conductas y que “es” equivale a “se comporta regularmente”, no caeríamos nunca en la trampa de contestar un día, a un nuevo observador acabado de llegar, que no habiendo presenciado la génesis de tal peculiar conducta respecto a la cual muestra una cierta curiosidad, pregunta: “por qué anda Uhr de esta forma cuando el suelo está blanco, y de esta otra cuando cruza un tronco sobre un barranco, y de esta otra cuando va a pedir un poco de sal a su vecino”? diciéndole (en lugar de explicarle las contingencias que han generado y que mantienen dichas conductas): “porque Urh es prudente”.
(5) No puedo impedirme de aprovechar la ocasión para señalar hasta qué punto el lenguaje mismo que utilizamos se halla impregnado por la concepción mentalista y dualista del ser humano y de su conducta. En efecto, ¿qué quiere decir, literalmente, “prudentemente”? Ni más ni menos que “con la mente prudente”. Y lo mismo para todos los adverbios en “mente”: clara-mente, amable-mente, maliciosa-mente, etc. Y el colmo de los colmos lo constituye el adverbio “mentalmente”, es decir, con la mente mental. ¿Quién dijo aquello de que “el mundo mental miente monumentalmente”? Es por eso que, en la medida de lo posible, debe preferirse la expresión “de manera prudente” a “prudentemente” y, en general, evitar los adverbios en “mente”.
Con tal pirueta lingüística, que no es más que una pura y simple tautología (puesto que la pregunta era: “¿por qué Uhr se comporta de manera prudente?” y la respuesta ha sido: “porque Uhr es prudente”) hemos transformado descaradamente lo que nos servía como descripción abreviada de una conducta habitual en su propia causa. Uhr ya no se comporta de manera prudente por la cuenta que le trae, es decir, en función de las consecuencias, sino en virtud de algo que Uhr posee en su interior y que le mueve a ser prudente: la prudencia. Y fíjense que, sin darnos cuenta, hemos introducido, por primera vez en esta historia, un sustantivo: la prudencia. Hemos pues sustantivado, cosificado, algo que, al principio, sólo era descripción de conducta. Como por arte de magia (6) nos hemos sacado del sombrero de copa, en el que habíamos introducido sólo un adjetivo y un adverbio, un magnífico sustantivo que, por designar, como es lo propio de todo sustantivo, un objeto, una cosa (de ahí lo de “cosificación”), posee atributos de extensión, de res extensa (de ahí lo de “reificación”). Una prueba adicional de que la prudencia posee ahora atributos espaciales viene dada por el hecho de que hablamos de “poca” o “mucha” prudencia, de una “gran capacidad de”, etc. Y lógicamente, puesto que ocupa espacio, debe situarse en algún sitio. ¿Y qué mejor sitio que en el interior del organismo que se comporta “con” prudencia, como decimos coloquialmente? La prudencia es ahora una cualidad propia, esencial del sujeto y no una propiedad relacional. Y es por esto que este apartado se halla íntimamente relacionado con el precedente.
(6) Precisamente, hace poco, Los Horcones publicaron un documento sobre el tema que estamos debatiendo cuyo título era: “Ten acts of magic”, en el cual detallaban magistralmente y con mucho humor este proceso de “tautologización” en diez actos o etapas de un número de circo a base de prestidigitación y magia.
Por tanto, nos hallamos frente a afirmaciones como: “los hombres mueren porque son mortales”, “el carbón es negro porque posee la negrura” o, como lo decía ya irónicamente Moliere en sus comedias burlándose de los médicos de su época (y yo diría, de los psicólogos de la nuestra), “el opio adormece porque posee virtudes adormecedoras.” Dichas afirmaciones no son más que tautologías apenas disfrazadas, puesto que “ser mortal” no constituye en absoluto la causa de la muerte de los hombres, sino la simple constatación de que todos los hombre mueren. Sencillamente, llamamos “mortales” a los seres que mueren, y en ningún caso la simple denominación de un fenómeno puede ser transformada en su causa. Si substituimos en la frase “los hombres mueren porque son mortales” la palabra “mortales” por su definición, obtenemos la perogrullada siguiente: “los hombres mueren porque son seres que mueren”. Y frente a esta tautología ahora desenmascarada, ni siquiera un niño de 4 años, en plena fase de: “papá, ¿por qué los pájaros vuelan?”; “papá, ¿por qué los peces no se ahogan?” etc. se contentaría con dicha “explicación”. Pero basta con camuflarla un poco y parece una docta sentencia: “Pedro ayuda a su prójimo porque posee una gran bondad”, “Pablo martiriza a los animales porque posee un elevado grado de sadismo”. La bondad y el sadismo, al igual que la prudencia de nuestro ejemplo o la agresividad del ejemplo de Los Horcones, no constituyen las causas de la conducta observada, no son más que la substantivación de la descripción condensada de una conducta habitual, sustantivización erigida al rango de causa en virtud de un grosero proceso tautológico disfrazado.

Ser bondadoso, ser sádico, no es más que la manera rápida de decir que tal persona se comporta habitualmente de una manera que hemos convenido en llamar bondadosa o sádica (y que consiste, entre otros elementos, en ayudar a su prójimo y a martirizar a los animales indefensos respectivamente), pero en modo alguno puede ello ser la causa de dichas conductas, so pena de tautología flagrante. La pregunta pertinente sería: “¿por qué Uhr se comporta habitualmente de esta manera llamada prudente y, por consiguiente, le llamamos prudente?” Formulada así la pregunta, resulta evidente que la respuesta: “porque es prudente” aparece como inequívocamente tautológica y la rechazamos por insatisfactoria, buscando entonces las verdaderas causas: “porque de no hacerlo así, su familia se moriría de hambre”. Y tal respuesta, poniendo el acento en las consecuencias de la conducta, desplaza el factor causal desde el interior del sujeto hacia el entorno o, mejor dicho, pone el acento sobre la interacción entre el sujeto y el entorno. Se trata de un notable cambio de perspectiva, ¿no?

Pues bien, por extraño que nos parezca, es a través de este mismo proceso de reificación abusiva que han sido generados todos los términos tradicionales explicativos de la conducta humana: la generosidad, la impulsividad, agresividad, introversión/extroversión, tenacidad, bondad, sadismo (que tomaremos como ejemplo en el apartado siguiente), simpatía y los centenares de vocablos del mismo estilo de los que usamos (y abusamos) cotidianamente. Apareados a un razonamiento tautológico disfrazado, proporcionan el sistema explicativo de la conducta tanto del hombre y la mujer de la calle como de, con un poco más de sofisticación, evidentemente, de los psicólogos tradicionales. Es precisamente porque la psicología tradicional comete los mismos errores categoriales que la gente de la calle que ésta se reconoce perfectamente (es por eso que hablamos de “concepción intuitiva”) y acepta sin chistar la jerga pseudo-científica de los “profesionales” del asunto, como en la época de Moliere ocurría con la Medicina. ¡Y así estamos! Puesto que hablamos de Medicina no estaría de más que nos parásemos un instante para denunciar otro error de razonamiento, perfectamente enraizado en los anteriores y que contribuye, lógicamente, a mantenerlos: la transposición del modelo médico a los asuntos de la conducta.

Una de las críticas más recurrentes dirigidas contra el conductismo consiste en afirmar que éste sólo se ocupa de las conductas (los síntomas) sin preocuparse de los conflictos internos que las ocasionan (las causas). El lector que ha tenido la bondad de seguirnos hasta aquí podría ya objetar tal afirmación de que las conductas no sólo son lo que se observa desde el exterior (iceberg, caja negra, etc.) y que el término “interno” conlleva graves problemas (peso y masa). Pero ello no bastaría para convencer a su interlocutor de que, en el fondo, él tiene razón cuando considera que el conductismo actúa como una aspirina: suprime (temporalmente) la fiebre pero no cura la infección (el paralelo con el modelo médico aparece aquí con toda su esplendor). Intentemos pues convencer con otros argumentos a nuestro contradictor, analizando con cierto detalle la analogía implícita de su razonamiento.

¡El bacilo de Koch existe!

Cuando un psicólogo tradicional o un psicoanalista explica la conducta de una persona que disfruta infligiendo sufrimientos a su prójimo, martirizando animales indefensos o azotando a su pareja sexual, aduce la existencia del sadismo (sustantivo) en el interior del sujeto.

Si alguien les pregunta por qué se comporta dicho individuo de esta forma, la respuesta no se hará esperar: porque es un sádico. La conducta sádica que presenta es la consecuencia, el síntoma de un trastorno psicológico: el sadismo. Tenemos pues una explicación en dos términos: los síntomas (la conducta sádica) y la causa (el sadismo). Si un terapeuta conductista consigue exitosamente modificar la conducta de tal individuo hasta la supresión total de cualquier manifestación sádica, el psicoanalista aducirá que sólo los síntomas han sido suprimidos (igual que un analgésico disimula el dolor), pero que, como no se ha tratado la causa profunda, el síntoma aparecerá de nuevo bajo una forma u otra (lo que ellos llaman “el desplazamiento del síntoma”). Es evidente que si las cosas fuesen efectivamente tal y como ellos las consideran, las terapias conductistas serían un “engañabobos” que sólo producirían efectos pasajeros sin solucionar en absoluto la raíz del problema. Si las cosas fuesen así, serían los psicoanalistas quienes tendrían toda la razón del mundo. Pero el problema reside, como siempre, en la conceptualización misma del asunto, conceptualización que, como vamos a exponer, se basa sobre una analogía seductora pero abusiva del modelo médico. En efecto, si un sujeto tose repetidamente, escupe sangre y presenta una piel pálida (síntomas [7]), el médico diagnosticará una tuberculosis galopante. Y si alguien le pregunta por qué se comporta dicho individuo de esta forma, la respuesta tampoco se hará esperar: porque es un tuberculoso. Si un curandero consigue exitosamente suprimir los síntomas, nadie osará afirmar que se ha vencido la tuberculosis del sujeto, tuberculosis que va a continuar desarrollándose hasta causar daños irreparables en el organismo por falta de tratamiento adecuado dirigido contra la causa y no contra los meros síntomas.
(7) Para no complicar las cosas, no vamos a introducir aquí la distinción entre síntoma y signo, el primero siendo algo subjetivo (jaqueca) y el segundo objetivo (fiebre). De hecho, los tres “síntomas” que acabamos de enumerar no son síntomas sino signos. Pero dado que cuando se debate acerca de esto siempre se habla de síntomas, vamos pues a seguir la tradición.
Hasta aquí, el paralelo (la analogía) entre las dos situaciones parece no sólo evidente sino, además, dar la razón a los oponentes al conductismo. Pero analicemos ambas situaciones un poco más profundamente. En el primer caso, la existencia del sadismo ha sido inferida, postulada a partir de los síntomas, y la única prueba de su existencia es precisamente la presencia de los síntomas. Como hemos indicado antes, estamos en presencia de una explicación en dos términos. En el segundo caso, puede igualmente decirse que la tuberculosis ha sido inferida a partir de los síntomas, pero contrariamente al caso del sadismo la única prueba de la existencia de la tuberculosis no la constituye la presencia de los síntomas. Un simple análisis biológico de las secreciones salivares del sujeto bastará para demostrar que contienen un agente patógeno, concretamente, el bacilo de Koch.

Colonias cultivadas de Mycobacterium tuberculosis.
Wikipedia
La verdadera causa del conjunto de síntomas que resumimos con la etiqueta de “tuberculosis” es el bacilo de Koch. La tuberculosis, como el sadismo, no son más que etiquetas para resumir síntomas (o conductas, como en el ejemplo de la prudencia); pero en modo alguno, bajo pena de tautología descarada –como nos esforzamos en demostrarlo en el apartado anterior-, pueden ser considerados como la causa de dichos síntomas (o conductas). Es por eso que dos términos no bastan para analizar adecuadamente la situación. El tercer término, decisivo, es, por supuesto, el bacilo de Koch. Y nótese que su existencia no ha sido simplemente inferida a partir de los síntomas; el bacilo de Koch posee una existencia propia e independiente de los síntomas que produce. Puede ser aislado, cultivado, estudiado en un tubo de ensayo, sin que provoque tos a nadie; es decir, puede “desconectarse” la causa de las consecuencias puesto que, si éstas dependen de aquélla, lo contrario no es cierto. Es por ello que insistimos sobre el hecho de que la existencia del bacilo puede ser demostrada independientemente de la presencia de los síntomas. No se trata pues de una simple inferencia, de un postulado, sino de una realidad que puede ser demostrada. En el caso del sadismo, ¿qué prueba independiente de los síntomas puede ser presentada para justificar su existencia? En ausencia de cualquier conducta (incluso privada) sádica, ¿quién se atrevería a catalogar a un individuo como sádico? Nadie, evidentemente; puesto que, en caso contrario, todos ustedes, como yo, podemos ser diagnosticados como sádicos latentes, masoquistas latentes, asesinos latentes, etc. En la realidad cotidiana, nadie considera como sádico a alguien que no presenta ni ha presentado nunca la más mínima conducta sádica. El sadismo no existe con independencia de la conducta sádica; y es por eso que, si se elimina dicho tipo de conducta, se ha eliminado, de hecho, el sadismo, que no era más que la etiqueta para designar tal conducta y que había sido postulado a partir de ella misma. Queda claro pues que en un caso estamos en presencia de una explicación que comporta sólo dos términos mientras que en el otro disponemos de tres. La analogía entre ambas situaciones es, por lo tanto, ilegítima, falsa y abusiva; es decir, puro sofisma.

El modelo médico no puede ser así, alegremente, transpuesto a los asuntos de la conducta, asuntos que se ajustan mucho más a un modelo educacional, de aprendizaje, que al modelo médico. Criticar las terapias conductistas con argumentos relativos al modelo médico no es más que el reflejo de una conceptualización errónea de los fenómenos abordados, a pesar de su aparente pertinencia. Pero, me dirán ustedes, ¿cómo explicar entonces el desplazamiento, el resurgimiento del síntoma, constatado a veces después que una terapia conductista lo haya erradicado? Este argumento, clásicamente esgrimido por los psicoanalistas, demuestra que, en efecto, poseen una buena capacidad de observación; desgraciadamente (y contrariamente a lo que ellos piensan), es su capacidad de explicacion, de conceptualización la que no está a la altura. En lugar de postular –porque se trata de un simple postulado- que, habiendo eliminado el síntoma sin preocuparse de resolver su causa profunda, el síntoma aparece bajo otra forma, puede proponerse otra explicación a dicho fenómeno utilizando conceptos puramente conductuales.

En efecto, en el ámbito médico, la noción de “beneficio secundario de la enfermedad” es ampliamente conocido. Cuando alguien recibe la etiqueta de enfermo por parte de un profesional de la salud al que la sociedad ha otorgado dicha función y potestad, obtiene (como compensación, en cierto modo, de la desgracia de haber enfermado) un cierto número de privilegios secundarios: se le dispensa de trabajar, se le permite quedarse en la cama aún y cuando su estado no lo justifique plenamente, se le toleran ciertos caprichos, la gente a su alrededor se muestra más tolerante y menos exigente, etc. Privilegios que desaparecen bruscamente cuando se le da de alta, lo que explica la existencia de ciertos enfermos “funcionales”, bien conocidos del cuerpo médico y hospitalario, que perpetúan sus dolencias -ahora imaginarias- para prolongar dichos beneficios secundarios. De la misma manera, un sujeto que padece fobia a los ascensores, pongamos por caso, recibe un trato “preferente” por parte de su entorno familiar. Si un día ha decidido cenar junto con los Rodríguez, que viven en el noveno piso de un edificio con ascensor, invitará más bien a los Rodríguez a venir a casa en vez de ir a la casa de ellos, evitará alquilar una habitación situada en los últimos pisos de un hotel cuando se salga de vacaciones, reservando una situada en las plantas inferiores, etc.; es decir, se prestará una atención especial al sujeto, se organizarán siempre las cosas en función de su “problema”. Si un terapeuta eficaz le soluciona su problema y le permite (al cabo de unas pocas sesiones de tratamiento y no después de años -¡y aún!- de diván) tomar tranquilamente el ascensor, se encuentra entonces privado súbitamente del beneficio secundarioque su transtorno le proporcionaba (refuerzo social) y es muy probable que presente una nueva fóbia (emita una operante de la misma clase) a fin de recuperar los beneficios secundarios que le producía la anterior (a fin de obtener de nuevo el refuerzo que le había sido retirado). Una terapia conductista correcta no se centrará pues únicamente en el cliente (como diría Rogers) sino que informará a su entorno familiar de los riesgos que incurren si dejan de prestar atención súbitamente al ex-fóbico, y les instruirá sobre la manera de hacerlo paulatinamente (programa); es más, les exhortará a desplazar la atención que antes prestaban a su fobia a otros aspectos de su conducta a fin de que no se encuentre privado de algo que antes obtenía mediante su antigua fobia y evitar así que lo busque a través de una nueva fobia. Los estudios de efectividad de las terapias, tanto a medio como a largo plazo, muestran inequívocamente que, cuando el terapeuta incluye dichos aspectos en su tratamiento, no hay ningún desplazamiento ni resurgimiento del “síntoma”.

Llegados a este punto del discurso, uno puede legítimamente preguntarse cómo es que si la conceptualización conductista, una vez expuesta con detalle, aparece como mucho más pertinente que sus rivales, no consigue destronarlas e imponerse como ocurre normalmente con toda teoría que supera, en potencia explicativa y en parsimonia, a las otras teorías en boga. Varios factores nos parecen poder explicar esta situación anómala. Pero quisiéramos, como epílogo a esta ya quizás demasiado larga reflexión, exponer por lo menos uno de ellos que, a nuestro modo de ver, constituye un obstáculo relevante a tal cambio de paradigma. Para ello, vamos a echar mano, una vez más, del viejo recurso de la metáfora.

La máscara no es el rostro

En las antiguas tragedias griegas los actores cubrían su rostro con una máscara, triste o sonriente, según el personaje que debían interpretar. Sólo con ver la máscara se podía predecir el papel que iba a interpretar el actor, puesto que su conducta sobre la escena dependía de la máscara que llevaba (8) .

Evidentemente, a nadie se le ocurriría confundir la máscara (visible) con el rostro (invisible). Aunque el espectador no podía ver el rostro a causa de la máscara que lo cubría, sabía perfectamente que el actor tenía un rostro propio y que la máscara era, por decirlo de alguna manera, de “quita y pon”, y que un día podía llevar una máscara triste y otro una alegre, pero que ninguna de las dos eran su verdadero rostro. No había por tanto confusión posible entre el rostro y la máscara. Imaginemos ahora que, por una razón dada, un actor conserva siempre, día y noche, durante años y años, una misma máscara sobre su rostro, hasta el punto que se le pega a la cara como una segunda piel y que, al final, la gente olvida por completo que lo que percibe no es el verdadero rostro del sujeto sino una simple máscara (9) , máscara que no corresponde mejor al rostro verdadero que otra máscara diferente y quizás más adaptada; es decir, no por ser la más antigua es la más adaptada ni, aún menos, es el rostro mismo.
 (8) Este es, etimológicamente, el origen del vocablo “personalidad”. En efecto, la conducta del actor era función de su máscara, al igual que la psicología tradicional pretende que la conducta de un ser humano es función de su personalidad. Y es que el vocablo griego para máscara era “persona”.
(9) Algo parecido ocurre con el lenguaje. En efecto, existe una figura de estilo llamada “catacresis” que consiste precisamente en utilizar una metáfora tan vieja y familiar que ya nadie se da cuenta, al usarla, de que es una metáfora (por ejemplo, el pie de la mesa, la antena de televisión, el brazo de la butaca, la hoja de papel).
Si llegados a este punto un nuevo director escénico decidiese hacer actuar a este actor con otra máscara y le pidiese que se quitara la antigua, la gente le trataría de loco, le acusaría de querer desfigurar al actor y proclamaría que la nueva máscara se adapta mal al rostro, que no corresponde, no “cuadra”, sin darse cuenta de que lo que ahora llama rostro no es el rostro verdadero sino una simple máscara que, con el tiempo, se ha convertido en familiar, en una “vieja conocida”. Para la gente ya no hay distinción entre el rostro y la máscara pues, a sus ojos, constituyen una única cosa; querer cambiar la máscara equivale para ellos a querer cambiar el rostro. Sólo la nueva máscara que propone el director es considerada como una máscara; la antigua, no. En vez de decidir si la nueva es más adaptada que la antigua, como lo pretende el joven e innovador director escénico, es decir, en lugar de escoger entre las dos máscaras, la gente considera que le están proponiendo elegir entre una máscara y un rostro. Lógicamente, frente a esta (falsa) alternativa, prefiere el rostro más que la máscara, lo natural más que lo artificial, lo intuitivo más que lo anti-intuitivo, lo conocido más que lo nuevo (o, como diríamos hoy en día, lo real más que lo virtual).

Hasta aquí la metáfora. Al principio, había un fenómeno por explicar –la conducta– y una explicación propuesta –la teoría cognitiva, por ejemplo–. Está claro que la explicación propuesta tiene que encajar más o menos con el fenómeno que pretende explicar (como una máscara debe ajustarse más o menos al rostro del actor) para ser verosímil. Pero se trata sólo de una explicación entre otras posibles y, en todo caso, distinta de, no identificable con, el fenómeno que trata de explicar. Un fenómeno y su explicación son dos cosas distintas. Y uno puede preferir otra explicación sin por ello modificar en absoluto la naturaleza del fenómeno en cuestión. Rechazar un modelo explicativo no implica en modo alguno rechazar el fenómeno que debe ser explicado. Pero si una teoría explicativa se ha perpetuado durante siglos (gracias, entre otras razones, a su carácter intuitivo) hasta el punto de que ya no es percibida como una teoría (que puede ser sustituida en cualquier momento por otra) sino como el fenómeno mismo, resulta evidente que toda nueva teoría aparecerá como aberrante, como contraria a la evidencia misma, al sentido común más elemental. Cuando una conceptualización se ha confundido hasta tal punto con el fenómeno que intenta conceptuar, llegando a identificarse con él, a no formar más que una sola y misma entidad allí donde en realidad hay dos, entonces criticar, negar o combatir tal teoría equivale a criticar, negar o combatir el fenómeno en cuestión. Y como que negar el fenómeno no es honradamente posible, puesto que existe, como que no se establece ninguna diferencia entre el fenómeno y la teoría secular que lo ha venido conceptualizando, y por lo tanto no se puede negar ésta sin negar aquél, entonces resulta honradamente imposible negar la teoría en cuestión. El conductismo no niega tal o cual fenómeno como se suele afirmar. Niega su conceptualización bajo la teoría cognitiva (u otra) y propone una conceptualización diferente para dicho fenómeno. El problema proviene de la confusión del concepto con la cosa y como que la cosa ha sido bautizada con el nombre que le ha forjado la teoría primitiva (en los dos sentidos de la palabra), al negar dicho nombre de pila parece ser que se niegue la cosa en sí, puesto que se hallan íntimamente confundidos (10).
(10) El concepto de “cielo”, por ejemplo, recubre cosas muy distintas para un astrónomo, un creyente o un pintor. Si el primero afirmase que no existe, el creyente se indignaria y el pintor lo trataría de loco o mentiroso; si el creyente afirmase que la Virgen María subió al Cielo en cuerpo y alma, el astrónomo tendría sus dudas... Sencillamente, utilizan la misma palabra para designar conceptos distintos, y sus conversaciones se transforman en un verdadero diálogo de locos.
Por tomar un ejemplo, el conductismo cuando discute el concepto de imagen mental no discute el fenómeno que los cognitivistas han explicado con el concepto de imagen mental, sino la conceptualización cognitiva de dicho fenómeno en términos de imagen mental. Para darse cuenta de ello es necesario ser consciente de la diferencia entre ambos (el término y su conceptualización); no se trata de un simple matiz, se trata de una diferencia tan fundamental como la que existe entre un rostro y una máscara. Por tanto, no es de extrañar que se prefiera una teoría que parece corresponder perfectamente a un ámbito dado, puesto que es a través de las gafas de esta teoría que se contempla el ámbito; además se llevan estas gafas desde hace tanto tiempo que uno se ha olvidado ya de que las lleva, y como son verdes se ven las cosas de color verde y se acaba por creer que las cosas son verdes. Cuando llega el joven conductismo y propone unas gafas de color marrón, la gente dice que las gafas marrón son malas porque con ellas el mundo se vería marrón, y todos sabemos que el mundo no es marrón sino verde. Y no vale decir a la gente que se quite las gafas verdes y verá que el mundo no es verde (ni quizás marrón, pero que se acerca más al marrón que al verde, por lo que las gafas marrón son, hasta nueva orden, más adaptadas), porque le van a contestar: “¿Pero de qué gafas verdes me habla usted?, si yo no llevo gafas...”, “¿qué mascara?, pero si no lleva máscara...”

Hemos empezado hablando de conducta y nos hemos sin duda apartado un poco del hilo central a costa de divagaciones más o menos (yo creo, sin embargo, que menos) “colaterales”. Pero una cosa nos ha llevado a otra y hemos preferido no auto-censurarnos. Volvamos pues a nuestra pregunta inicial. A título de conclusión se nos antoja que no sería un mal resumen parafrasear los célebres versos del último de nuestros grandes poetas románticos (romántico rezagado, como nos enseñaban los manuales de literatura), Gustavo Adolfo Bécquer:

¿Qué es conducta?
Dices mientras clavas en mi pupila
Tu pupila azul.

¿Qué es conducta?
¿Y tú me lo preguntas?
Conducta... eres tú.



-- Parte 1 || Parte 2 --

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Autor: Esteve Freixa i Baqué (Universidad de Picardie, Francia). Faculté de Sciences Humaines. Département de Psychologie. Chemin du Thil. 80025 Amiens cedex 1 (France).
Artículo: "¿Qué es conducta?". Texto aumentado y corregido de la conferencia pronunciada en la UNED (Madrid) el 17 de mayo de 2002, lo que explica su carácter coloquial y ausencia de referencias bibliográficas.
Publicación: Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud. International Journal of Clinical Health Psychology. ISSN 1576-7329, 2003, Vol. 3, No 3, pp. 595-613


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