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lunes, 15 de mayo de 2017

¿Qué es conducta? (1)

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¿Qué es conducta?

por Esteve Freixa i Baqué (Universidad de Picardie, Francia).
conferencia pronunciada en la UNED, Madrid, el 17 de mayo de 2002

-- Parte 1 || Parte 2 --

La definición de la Psicología como ciencia de la conducta adoptada por el Conductismo supone e implica a su vez una conceptualización clara y unívoca de dicho concepto. Pero tal definición se enfrenta con una serie de malentendidos tenaces que dificultan no sólo la comprensión de dicho concepto básico sino también, en consecuencia, la propia conceptualización conductista. El propósito del presente trabajo es intentar exponer algunos de estos malentendidos, entre los que destacan los errores categoriales groseros, los procesos de reificación abusiva, los razonamientos tautológicos disfrazados, la generalización imprudente del modelo médico al ámbito de la conducta y la confusión nefasta entre un fenómeno y su conceptualización. Para ello, y con un tono más didáctico que académico, se recurre a una serie de metáforas de la vida cotidiana: la parte escondida del iceberg no es más que iceberg, las piedras no caen por su propio peso, los hombres y las mujeres no mueren porque son mortales, el bacilo de Koch existe y la máscara no es el rostro.


Introducción

El título de este artículo es a la vez simple y complejo. Simple, porque no puede ser mas escueto y directo. Compárese sino con “Propuesta de definición epistemológica del concepto de conducta a través del paradigma conductista radical: implicaciones ontológicas y metodológicas con base a un análisis del lenguaje ordinario dentro del marco del positivismo lógico”, o aún “Errores categoriales subyacentes a la conceptualización mentalista de la conducta en la psicología contemporánea y su refutación en base al conductismo skinneriano: la contribución de la filosofía anglosajona del lenguaje y del Círculo de Viena al debate sobre el estatus epistemológico de la conducta”. Ambos títulos traducen más o menos en efecto el propósito de este artículo. Complejo, porque para responder correctamente a tal pregunta implicaría probablemente escribir un libro. Vamos pues a intentar una solución de compromiso que, como todo compromiso, será criticable, pero que nos permita, aunque sea modestamente, elaborar una reflexión crítica de lo que entendemos por conducta. Permítanme, para ello, que empiece hablando de Astronomía. Si pidiésemos a la primera persona que nos encontramos que nos describiese lo que se puede ver en el cielo, probablemente nos respondiera: “el sol, la luna y las estrellas”. En efecto, aparentemente, éstas son las tres categorías de objetos celestes sobre los cuales todo el mundo estaría de acuerdo. Sin embargo, esta categorización es completamente errónea. En primer lugar, el sol no es una categoría en sí, puesto que no es más que una estrella (matinal, cierto; pero estrella al fin y al cabo); por otro lado, entre lo que llamamos “estrellas” hay, evidentemente, estrellas, pero también, planetas (Venus, Marte, etc.). Y también podríamos recordar que la luna no es más que un satélite que gira alrededor de un planeta, siendo los planetas de alguna forma los satélites del sol, que es una estrella como las demás. Estrellas y satélites podrían por tanto, en ultima instancia, bastar para categorizar lo que vemos en el cielo si se considerase la luna como el satélite de un satélite. En resumen, la simple categorización en tres elementos iniciales esconde una realidad muy diferente, no directamente accesible a las apariencias, y que pide una conceptualización del universo mucho más elaborada (y adecuada) que la generada por las simples apariencias. Señalemos de paso que el hecho de saber que el sol es una estrella no nos impide verlo como lo ven las personas que no lo saben; lo que ha cambiado no es la percepción sensorial del objeto, sino su conceptualización.

El ejemplo precedente constituye una ilustración, más o menos conseguida, de lo que se llama error categorial, es decir, un proceso erróneo de atribución de un elemento a una categoría. Este fenómeno es usual, no solamente en la vida cotidiana, sino también en las ciencias jóvenes, en un momento de su evolución en el que se encuentran todavía prisioneras de las apariencias, de las teorías del “sentido común” y en el que las conceptualizaciones más elaboradas no han sido aún generadas. Este es el caso de la Psicología; el concepto mismo de conducta es un arquetipo de ello (el concepto de “mente” constituye igualmente un ejemplo paradigmático, pero de momento nos vamos a centrar sobre la conducta). En efecto, la idea que la gente se hace en general de la conducta es tan errónea como la que consiste en crear una categoría específica para el sol cuando éste pertenece a la categoría de las estrellas. La concepción tradicional supone que la conducta está constituida por el movimiento visible de un ser vivo o de una de sus partes. Así, saltar una valla es una conducta, de la misma manera que presionar un botón o conducir un coche. Pero, ¿realizar un cálculo “mental” [(7 x 8) – 6] ∏ 1/2 = ?), ¿es una conducta? La respuesta tradicional es, naturalmente, no. La conducta será el anuncio del resultado (100), pero no el proceso “mental” que nos ha permitido encontrar este resultado. Desde esta óptica, la conducta es el último eslabón de un proceso iniciado, cierto, por un estímulo (la pregunta), pero cuya parte esencial se sitúa a nivel interno, “mental”. Si una escuela psicológica, como el conductismo, declara tener como único objeto de estudio la conducta, parece pues que se descalifica por sí misma, puesto que, en la medida en que no se interesa más que en el resultado, es decir, en el último eslabón de la cadena, niega la parte más importante, es decir, los procesos “mentales” que han supuestamente permitido enunciar esta respuesta y sin los cuales la respuesta jamás hubiese sido posible. Se dice pues del conductismo que constituye un enfoque basado en el modelo de “caja negra”. En efecto, en la medida en que el conductismo, según se pretende, sólo se interesa en los estímulos y las respuestas (el célebre esquema S-R), no tiene más solución que, o bien negar la existencia de los procesos “mentales” que se sitúan entre los dos (lo que sería un caso de deshonestidad intelectual, ya que cualquiera puede constatar fácilmente que antes de dar la respuesta ha necesitado un cierto tiempo durante el cual ha realizado este cálculo “mental”, tiempo proporcional a la dificultad de la operación), o bien meter dichos procesos entre paréntesis afirmando que, puesto que se sitúan en el interior del organismo, puesto que no constituyen fenómenos públicos, accesibles a varios observadores, no pueden ser abordados por el método experimental, es decir, no pueden ser estudiados científicamente. De ahí la necesidad de concebir al organismo como una “caja negra”, opaca, que no deja ver lo que se desarrolla en su interior y concentrarse en consecuencia sobre los únicos fenómenos observables: los estímulos y las respuestas. Tal es, brevemente resumida, la concepción que la gente se hace del enfoque conductista. Es necesario sin embargo reconocer, en honor a la verdad, que ciertas formas de conductismo, el conductismo metodológico y el conductismo filosófico, directamente derivados de (o asimilables a) las corrientes operacionalistas (que postulan que no se puede abordar un objeto de estudio más que si ha sido correctamente operacionalizado, es decir, traducido a una serie de operaciones públicas y observables) no está muy alejado de esta concepción. Si tal fuese el caso, habría que reconocer que la posición conductista sería absurda, puesto que por un lado, reconocería que lo importante no es tanto la conducta (último eslabón) como los procesos que permiten elaborarla; pero, puesto que éstos son inaccesibles a un observador externo, no habría más remedio, so pena de caer de nuevo en la introspección (la vieja introspección en reacción a la cual el conductismo se había constituido), que contentarse con la conducta; esta conducta que, aunque sin gran interés en sí, tiene el mérito de ser pública y susceptible eventualmente de proporcionarnos algunas informaciones sobre los procesos “mentales” que le han dado nacimiento. Así es como los psicólogos cognitivistas conciben la conducta: poco (¡o nada!) interesante en sí misma, pero constituyendo la única vía de acceso aceptable (ellos también son científicos; por lo tanto, rehúsan la introspección) para intentar comprender los mecanismos del aparato (nótese la espléndida metáfora mecanicista) psíquico, “mental”, cognitivo. Pero todo lo anteriormente expuesto está basado en la aceptación, como algo evidente, de la definición de conducta como movimiento muscular visible, público y, de manera complementaria, del carácter “mental” de los procesos internos, privados, que actúan en presencia del estímulo a fin de elaborar la respuesta adecuada. Y, precisamente, lo que vamos a intentar poner en evidencia es que esta dicotomía, “mental”- conducta, es incorrecta ya que deriva de un enorme error categorial.

La parte escondida del iceberg no es más que iceberg

Después de haber echado mano de la Astronomía, y antes de pedir prestados algunos ejemplos de la Física, permítasenos, para agravar nuestro caso, apoyarnos sobre la gramática.

En efecto, la gramática nos enseña que los verbos describen acciones, es decir, comportamientos, conductas. Hemos tomado, hace un momento, saltar una valla, presionar sobre un botón o conducir un coche como ejemplos de conducta, en contraste con el cálculo mental, actividad que no es considerada como tal en la visión tradicional de las cosas. Sin embargo, calcular es un verbo de la misma forma que lo es saltar, presionar o conducir. Así pues, lógicamente, si se trata de un verbo, éste denota una acción, es decir, una conducta. Calcular es, por consiguiente, una conducta pura y simple. Llegados a este punto, creemos adivinar la reacción, escéptica, del lector: “se trata de un sofisma, de un juego de palabras, de una demostración puramente verbal, declarativa, sin ninguna relación con la realidad, con la veracidad de las cosas”. En efecto, no tenemos intención de contentarnos con esta demostración lógica basada sobre definiciones gramaticales para defender nuestro punto de vista, aunque vamos a utilizar de nuevo un argumento lingüístico, concretamente etimológico. Pero antes, quisiéramos pararnos sobre algunos aspectos más evidentes relacionados con el cálculo; no con el cálculo “mental” sino, de momento, simplemente con el cálculo manual. ¿Cómo resuelve un niño, que está aprendiendo a contar, el problema: ¿“cuánto suman 3 y 2 ?”. Sencillamente, se ayuda con sus dedos para levantar primero tres dedos, después otros dos, contarlos y, finalmente, enunciar el resultado: “5”. En efecto, los dedos son las primeras “muletas” que se utilizan en el aprendizaje del cálculo. Y esta es la razón por la cual nuestro sistema de numeración es el sistema decimal, compuesto por diez elementos básicos diferentes (0,1, 2... 9) que corresponde a lo que se llama contar en base 10. ¿Por qué la base 10 más bien que la base 2 (como los ordenadores), la 7 o la 13, por ejemplo? La respuesta es evidente: porque no tenemos 2, 7 ó 13 dedos, sino 10. ¿Una prueba suplementaria? ¿Cómo hacen los franceses para decir 80? Dicen “quatre-vingts” (cuatro-veintes) en vez de “octante” o “huitante” que sería la forma normal si siguiesen el sistema decimal. ¿Saben ustedes por qué? Porque sus antepasados los galos (como los Mayas, y otras civilizaciones antiguas) contaban en base 20 ¿Y por qué 20? Porque, además de dos manos, ¡tenemos 2 pies! La base 20 ofrece, en efecto, el doble de posibilidades que la base 10. Y aunque el sistema decimal fue introducido en Francia hace siglos y siglos, aún quedan algunas huellas de esta antigua base 20, que mezclan con la base 10 sin que ello les cause el menor problema (los únicos a quienes causa problemas es a los extranjeros, como ustedes y yo, cuando intentamos aprender su idioma). Todo esto para ilustrar un fenómeno bien conocido: cuando se está en fase de aprendizaje del cálculo, uno se ayuda (por eso hablábamos de “muletas”) de los elementos externos que tiene a mano (y perdón por el juego de palabras), elementos que pueden ser contados y manipulados a voluntad (en manipular hay mani, del latín manus-mani: mano). Calcular es pues, al principio, una conducta manual, manifiesta, motora y pública, de contar, con la mano, con los dedos (de la mano y/o del pié, etc.). Nadie puede negar que tal actividad constituye una conducta, con todas las de la letra. Pero, pronto, los 10 o los 20 dedos resultan insuficientes para realizar cálculos que necesitan más de 10 o de 20 elementos. Así pues, los dedos se sustituyen por pequeños objetos fácilmente manipulables, tales como los huesecitos, las bolas (que han generado los famosos ábacos, utilizados aún en ciertas civilizaciones orientales), los guijarros... y ahí queríamos llegar: ¿Cómo se decía un guijarro, una piedrecita, en latín? Sencillamente: cálculo (que ha llegado hasta nosotros en la expresión: cálculo renal o cálculo en la vesícula biliar). Etimológicamente, calcular viene pues del latín calculare y significa: “manipular guijarros, en el sentido de contarlos”. Calcular es pues realmente una conducta, y no solamente en virtud de un simple razonamiento lógico, de lo que antes podía parecer un mero sofisma (es un verbo, luego es una conducta), sino también en virtud de su propia etimología, como antes lo habíamos anunciado.

Así pues, calcular de manera externa, visible, pública, manipulativa no supone ningún problema. Se trata, sin discusión posible, de una conducta. Pero esto no prueba en absoluto que los procesos “mentales” que se desarrollan en nuestro interior mientras realizamos esta actividad, sin la ayuda de ningún elemento externo manipulable, sean también conductas. Vamos a responder a esta objeción. Para ello, es necesario franquear una etapa más: soltar “las muletas”. En efecto, a fuerza de repetir una conducta, se adquiere una maestría cada vez más pronunciada; la conducta se automatiza y se vuelve cada vez menos dependiente de su soporte manipulativo. La conducta puede entonces interiorizarse, emitirse sin recurrir a su componente motriz. Este proceso se puede ver claramente en el aprendizaje de la lectura. Al principio, se lee en voz alta, siguiendo el texto con el dedo y moviendo todos los músculos del aparato fonador. Posteriormente, se abandona el señalar con el dedo; se llega luego a leer “para sí”, sin emitir ningún sonido, pero se distingue todavía un ligero movimiento de los labios, hasta que todo movimiento desaparece y se llega a la lectura silenciosa del adulto, a la lectura que se podría llamar “mental”. Esto es lo que sucede con nuestro ejemplo del cálculo “mental”. Una vez que nos hemos convertido en expertos en el cálculo, podemos efectuarlo interiormente, “mentalmente”, sin ningún componente kinético. Pero calcular, ya sea de forma manipulativa o de forma “mental”, se expresa siempre por un verbo, por lo que reviste siempre el status de conducta. La única diferencia entre las dos modalidades está en su carácter público versus su carácter privado, exterior versus interior.

En resumen, se trata sólo de un simple problema de accesibilidad por parte de un observador externo. Pero una diferencia de accesibilidad no es suficiente para justificar una dicotomía tan marcada como procesos “mentales” versus conducta, fenómenos considerados como pertenecientes a dos categorías tan radicalmente diferentes que se llega a considerar a una de ellas como la causa de la otra. Una simple diferencia de accesibilidad a un fenómeno nunca tuvo el poder de cambiar ni la naturaleza ni el estatus del fenómeno en cuestión, que es independiente del hecho de que se pueda acceder hasta él más o menos fácilmente. En otras palabras, la diferencia de accesibilidad concierne al observador, no al fenómeno. El fenómeno es lo que es, independiente de su accesibilidad, que es una característica dependiente del observador. Un fenómeno no cambia en su esencia a causa de las limitaciones perceptivas del observador. Los infra- y los ultrasonidos, los rayos infrarrojos y los rayos ultra-violetas no son fenómenos esencialmente diferentes de, respectivamente, los sonidos audibles y los colores perceptibles por el ser humano por el simple hecho de que no los percibe. De hecho, pueden ser percibidos por otras especies animales, lo que demuestra que no tienen nada de particular en sí, es decir, que su inobservabilidad humana no implica ninguna diferencia de estatus (ontológico). Crear categorías diferentes de fenómenos en función, únicamente, de su accesibilidad humana, constituye un acto de un antropocentrismo descarado, demasiado corriente por desgracia, pero sin ninguna justificación objetiva más que el lisonjeo de nuestro ego. Es hacer del ser humano la medida de todas las cosas, pero las cosas eran así mucho antes de nuestra aparición sobre la tierra, continuarán siéndolo después de nuestra eventual desaparición, y se burlan totalmente, con razón, de la concepción que nosotros tengamos de ellas.

Existen pues conductas visibles a las que podemos llamar manifiestas y conductas escondidas a las que podemos llamar “mentales”, pero ambas son conductas con todas las de la ley; no considerarlas así a causa de su diferencia de accesibilidad, suponer que sólo son conductas las primeras, creando así una categoría diferente para las segundas, añadiendo, para postre, una relación causal entre ambas, constituye, ni más ni menos, un magnífico error de categorización. La analogía siguiente debería acabar de poner en evidencia nuestra posición. Se trata de la analogía con los icebergs. Un iceberg es una masa de hielo a la deriva sobre el océano que presenta, en virtud de las leyes de la Física, una parte visible y una parte escondida (la parte visible y la parte escondida del iceberg, como se dice normalmente). A nadie se le ocurriría considerar que el iceberg es solamente su parte visible, que su parte escondida pertenece a otra categoría de fenómenos y, todavía menos, considerar que la parte oculta constituye “la causa” de la parte visible. El iceberg es el conjunto, la suma de la parte visible y de la parte escondida; el hecho de que esté dividido en dos partes por la frontera de la línea de flotación no tiene el poder de generar dos fenómenos diferentes. Del mismo modo, la conducta es el conjunto, la suma de la parte manifiesta y de la parte “mental”, y el hecho de que esté dividida en dos por la frontera de la piel no tiene el poder de generar dos fenómenos diferentes. Así, las llamadas funciones “mentales” o procesos cognitivos (3) , lejos de ser las causas de la conducta, son conductas en sí mismas, conductas que antes de haber sido interiorizadas, transformadas en “mentales”, eran auténticas conductas motoras, públicas, manifiestas, externas. En otras palabras, los procesos “mentales” no forman parte de la explicación, sino de lo que debe ser explicado. Es ahí donde la visión tradicional, tanto de la gente de la calle, como de los psicólogos cognitivistas, se revela incorrecta. En efecto, al interrumpir la cadena explicativa de la conducta en el eslabón de lo “mental” se tiene la impresión de haber dado una explicación, cuando lo que se hace no es más que retrasar la solución del problema. Decir que el alumno ha podido responder correctamente a la pregunta que se le hizo porque ha efectuado un cálculo mental correcto no supone avanzar en lo más mínimo, pues aún hay que explicar por qué ha realizado un cálculo mental correcto. La explicación cognitiva, abortando con una respuesta que parece satisfactoria la búsqueda de la explicación, interrumpe la cadena causal en un eslabón intermedio (interviniente, pero intermedio) e impide proseguir en el camino del establecimiento de la causa primera, la que realmente nos interesa. Esto se parece mucho al razonamiento de los niños que responden a la pregunta: “¿De dónde vienen los pollos?” diciendo: “del supermercado”; y que cuando nos oyen quejarnos de que no tenemos suficiente dinero para terminar el mes nos dicen que vayamos a buscarlo al cajero automático de nuestro banco. Ignoran que los pollos (¡por suerte!) no son producidos por los supermercados y que el dinero (¡por desgracia!) no aterriza en el banco si antes uno no lo ha ganado con su trabajo. El supermercado y el banco son variables intermediarias, no variables independientes (causas).
(3) Ahí está también comprendido pensar, considerado sin embargo como lo contrario de actuar, que deriva etimológicamente de una conducta: pesar (evaluar). Del mismo modo que idea, prototipo del concepto abstracto, “mental”, que deriva del griego idea (ver), más explícito en la palabra latina videre (ver). Mejor aún: teoría, considerada como la abstracción total, puesto que designa una sucesión ordenada de elementos abstractos, proveniente del griego teoría: “procesión ordenada de individuos enviados a una celebración religiosa o un oráculo”, donde se encuentra el aspecto de sucesión de elementos organizados y que se emplea todavía en nuestros días, en su primer sentido, en una frase (un poco en desuso, cierto) como: “una teoría de cardinales se avanza lentamente hacia el Papa”.
Interrumpir la explicación de la conducta manifiesta en la acción de la conducta no observable equivale a explicar la parte visible del iceberg por su parte sumergida, olvidando que las dos deben ser explicadas en términos de temperatura, densidad, etc. que son las verdaderas causas del fenómeno que nosotros llamamos iceberg. Decir que la bombilla se enciende porque se ha manipulado el interruptor no es falso, pero es muy incompleto puesto que esto no explica por qué manipulando el interruptor la bombilla se enciende. La explicación completa (y, por lo tanto, correcta) (4) nos remite a la noción de electricidad, de conducción, de flujo interrumpido o no de electrones, etc. y es en este punto donde la escuela conductista se opone a la cognitiva: en su negativa a conceder un papel primordial al eslabón intermedio, interno, “mental”, no porque esté escondido y por lo tanto resulte inaccesible (caja negra), sino porque no constituye más que una conducta, como la conducta manifiesta que se supone debe explicar, y que, en consecuencia, no forma parte de la explicación sino de lo que debe ser explicado.
(4) Véase los diferentes tipos de causalidad (formal, eficiente, etc.) que Aristóteles distingue.
Lejos de contentarse pues con estas pseudo-explicaciones de medio recorrido (preñadas, por ende, de errores categoriales), el conductismo se vuelve hacia el ambiente, fuente última (o primera; depende de cómo se consideren las cosas) de las conductas, tanto públicas como privadas, según una relación de interacción que no tiene nada que ver con el célebre esquema (unidireccional, mecanicista y reduccionista) estímulo-respuesta, en el que sus detractores han querido siempre encerrar al conductismo para poder criticarlo mejor. Pero esto sería otra historia...

Llegados a este nivel de nuestro discurso, hemos de confesar, en aras de la verdad, que, para desenmascarar lo más eficazmente posible el error categorial de lo que hemos llamado “la parte oculta del iceberg”, hemos utilizado expresiones y conceptos que implican y conllevan otro error categorial, muy corriente también y no menos peligroso, que vamos a intentar corregir a continuación. Pero nos parece mas “pedagógico” ir por partes, ocuparnos de un sólo error a la vez y enfrentarnos luego con el siguiente, más bien que intentar denunciarlos todos al mismo tiempo corriendo el riesgo de crear confusión y dificultar, al fin y al cabo, la comprensión de nuestra argumentación. ¿Cuál es ese segundo error categorial al que acabamos de referirnos? Sencillamente, el error de situar la conducta en el organismo. Efectivamente, líneas arriba hemos escritos frases como “La conducta puede entonces interiorizarse... Una vez que nos hemos convertido en expertos en el cálculo, podemos efectuarlo interiormente... conductas que antes de haber sido interiorizadas...” y otras por el estilo. Pero la ubicación de la conducta, ya sea en el interior del organismo o en otro lugar, conlleva graves problemas; entre otros, el suponer que la conducta, puesto que puede ser situada en algún sitio, tiene características, propiedades, atributos espaciales, es decir, posee extensión en el espacio (res extensa, como dirían los antiguos). Vamos pues a ocuparnos de este asunto. Para ello, vamos a tomar prestada una analogía a un buen amigo nuestro, Josep Roca. Se trata, a decir verdad, de un viejo chiste antimilitarista primario, chiste que conocíamos desde hace muchos años pero al que nunca se nos hubiese imaginado sacarle todo el “jugo epistemológico” que ha sabido sacarle Roca. Se trata de un sargento instructor que está explicando a sus reclutas las bases elementales de la balística. Dice el sargento: “el proyectil describe una curva ascendente hasta llegar a su punto culminante y, a partir de este punto, empieza a caer a causa de, según dice el manual, la fuerza de la gravedad; pero, si queréis que os diga la verdad, así, entre nosotros, yo creo que, sencillamente, el proyectil se cae por su propio peso”. Y aquí es donde uno debía reírse, pues resulta en efecto cómico descubrir que el sargento es tan corto que ignora que “caerse por su propio peso” no es más que la versión popular, sencilla, del lenguaje corriente (vulgata) de la fuerza de la gravedad. Pero no se rían demasiado, puesto que, finalmente, el sargento no iba tan equivocado como parece. O, si prefieren, son ustedes quienes se equivocan al pensar que el sargento es un ignorante. Porque da la casualidad de que, sin saberlo, tiene razón en un punto: no es lo mismo “caer por su propio peso” que “caer a causa de la fuerza de gravedad”. El sargento se equivoca sin embargo al decir que el proyectil “cae por su propio peso”. En realidad, “cae a causa de la fuerza de gravedad”, que no es lo mismo, ni mucho menos. Y si me permiten que después de la Astronomía y de los icebergs les siga hablando de Física (antes de volver a la conducta, que es lo que en definitiva nos interesa), vamos a intentar aclararles todo este asunto.

Las piedras no caen por su propio peso

Cuando decimos que un proyectil (o una piedra, o un cuerpo cualquiera) cae “por su propio peso”, estamos afirmando de manera clara y explícita que las piedras tienen un peso que les es propio, es decir, que el peso está en la piedra, o, dicho de otro modo, que el peso es una propiedad (en el sentido literal de la palabra propiedad, como cuando decimos que tal fábrica es propiedad de tal persona) de la piedra.

El levantador de peso Aimar Irigoien
durante los Sanfermines de 2016. (EFE)
Consideramos pues que el peso es una propiedad esencial (en el sentido de esencia) de la piedra, al igual que lo son su forma, su tamaño o su volumen. Es decir, consideramos que el peso pertenece a la piedra, como le pertenecen su forma, su tamaño o su volumen. Pero, contrariamente a la forma, el tamaño o el volumen, que sí son cualidades propias de una piedra, el peso no lo es, por la sencilla razón que los cuerpos tienen volumen y masa, pero no volumen y peso. La masa sí que pertenece al objeto, la masa sí que es una cualidad esencial de la piedra, pero el peso no. Recuerden sino las nociones de Física: un cuerpo tiene una masa dada, y dicha masa, que es una característica propia de cada cuerpo, interna al cuerpo, por decirlo de alguna manera, se transforma en peso al interactuar con la fuerza de la gravedad, que es una característica externa a la piedra, una característica del entorno, del ambiente en el que se encuentra la piedra. El peso no constituye pues una propiedad esencial de la piedra, sino una propiedad relacional. Todos sabemos que una misma piedra “posee” un peso diferente en la atmósfera terrestre y en la luna, por ejemplo, a causa del valor diferente de la fuerza de la gravedad en estos dos ambientes distintos. La masa de la piedra es la misma en la tierra que en la luna; sin embargo, “su” peso varía considerablemente. Y las comillas que hemos utilizado delatan nuestra concepción equivocada del asunto: la piedra no “posee” un peso, y no se trata, por lo tanto, de “su” peso; la piedra, sencillamente, pesa. Y ya estamos donde queríamos llegar: pesar es un verbo, una acción, una propiedad relacional y no una propiedad esencial, propia, interna al objeto. Así pues, los objetos (y los sujetos), por definición y por pura lógica, no poseen la interacción ni en su interior ni en ninguna parte, sencillamente, interactúan, que es muy diferente.

La analogía nos parece ahora suficientemente clara: los verbos expresan conductas y las conductas, que son interacciones, no se sitúan en el interior del organismo. La conducta no es pues una propiedad esencial del sujeto sino una propiedad relacional. Considerar la conducta como algo que reside en el sujeto equivale a confundir el peso con la masa. Ubicar la conducta en el interior del sujeto no tiene más sentido que situar el peso en el interior del objeto. La interacción, ya sea peso o conducta, no se ubica en ningún sitio por la sencilla razón de que no posee atributo de extensión (res extensa, como diría Aristóteles). Tan poco sentido tiene decir que se sitúa en el interior del organismo (versión tradicional) como decir que reside en el ambiente (cosa que nadie defendería). Al ver un organismo que se comporta (que “emite” una conducta, como decimos a veces en nuestra jerga) tendemos a considerar que exterioriza una conducta que poseía en su interior, de la misma manera que cuando vemos una piedra (o un proyectil, para volver al caso de nuestro sargento) caer atribuimos su conducta (de caer) a una propiedad interna del objeto: su peso. Cometemos el mismo error que si, después de frotar una cerilla en el rascador de su caja y ver aparecer la llama en la punta del fósforo, afirmáramos que la llama se hallaba en el interior de la cerilla. A la pregunta: “¿dónde se hallaba la llama antes de frotar el fósforo contra el rascador, en la cerilla o en el rascador?” la respuesta correcta es: “ni en la una ni en el otro”. La llama no se encontraba en el interior de la cerilla ni en el interior del rascador; la llama es la resultante de la interacción entre ambos. Asimismo, la conducta no es una propiedad esencial del organismo, sino una propiedad relacional; y es por ello que se expresa mediante un verbo, que designa acción, y no mediante un sustantivo (de sustancia, esencia) que designa un objeto con res extensa. Una piedra no tiene peso (sustantivo), pesa (verbo). Un enamorado no tiene amor (y que todos los “Romeos” del mundo me perdonen), ama. Un delincuente no tiene agresividad, agrede. Y este deslizamiento gramatical que cometemos desde el verbo (la acción, la conducta) hacia el sustantivo (la cosa) corresponde ni más ni menos al proceso de cosificación, sustantivación, reificación (tomando la raíz latina res-rei), proceso tan corriente y habitual que ni siquiera somos conscientes del abuso que cometemos de él. Sin embargo, la reificación constituye otro error categorial clásico (confundir verbos con sustantivos) en la explicación tradicional de la conducta, error que, añadido a los dos que acabamos de denunciar, configura la visión intuitiva del comportamiento adoptada implícita o explícitamente por nuestros conciudadanos y frente a la cual el análisis conductista, claramente anti-intuitivo, encuentra graves dificultades para cuajar. Intentemos pues desenmascarar este nuevo tipo de error categorial.


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Autor: Esteve Freixa i Baqué (Universidad de Picardie, Francia). Faculté de Sciences Humaines. Département de Psychologie. Chemin du Thil. 80025 Amiens cedex 1 (France).
Artículo: "¿Qué es conducta?". Texto aumentado y corregido de la conferencia pronunciada en la UNED (Madrid) el 17 de mayo de 2002, lo que explica su carácter coloquial y ausencia de referencias bibliográficas.
Publicación: Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud. International Journal of Clinical Health Psychology. ISSN 1576-7329, 2003, Vol. 3, No 3, pp. 595-613
Imagen: El levantador de peso Aimar Irigoien, durante la exhibición de levantamiento de piedra, dentro de los campeonatos de deporte rural que tiene lugar el la pamplonesa plaza de Los Fueros, durante los Sanfermines de 2016. (EFE)

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