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lunes, 1 de mayo de 2017

"La ética de la creencia", del matemático y filósofo inglés, William Kingdon Clifford

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«Es incorrecto siempre, en todo tiempo y lugar, y para cualquier persona, creer cualquier cosa sin tener evidencias suficientes.»

“La confianza que la gente tiene en sus creencias no es una medida de la calidad de las evidencias, sino de la coherencia de la historia que la mente ha logrado construir”, observa el psicólogo ganador del Premio Nobel, Daniel Kahneman, en el resumen de sus estudios pioneros en la psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestra mente nos engaña. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula que guía nuestro navegar por el paisaje de la realidad, dirigiendo nuestras acciones y, por lo tanto, la forma de nuestro impacto en esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de forma memorable: “La realidad es lo que tomamos por cierto. Lo que tomamos por cierto es lo que creemos ... Lo que creemos determina lo que tomamos por verdad".

William Kingdon Clifford, por John Collier
¿Cómo, entonces, podemos alinear nuestras creencias con la verdad y no con la ilusión, de manera que podamos percibir la representación más exacta de la realidad que la mente humana sea capaz, y a su vez, oriente nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso es lo que el matemático y filósofo Inglés, William Kingdon Clifford (4 de mayo 1845 a 3 de marzo 1879), estuvo explorando, con una elegancia retórica y una visión poco común casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos”.

Cuando la tuberculosis selló su vida a la injusta edad de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas mediante el desarrollo del álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos para niños, y se había convertido en la primera persona que sugirió que la gravedad podría ser la función de una geometría cósmica subyacente, desarrollando lo que él llamó la “teoría espacial de la materia” (1870), décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo, unificando el espacio y el tiempo en una geometría del espaciotiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado “La ética de la creencia” [The Ethics of Belief], publicado originalmente en una edición de 1877 de la revista Contemporary Review y, posteriormente, incluido en “Razón y Responsabilidad: Lecturas de algunos problemas básicos de Filosofía” [Reason and Responsibility: Readings in Some Basic Problems of Philosophy]. En ella, Clifford sondea la naturaleza del bien y el mal, el abismo infernal entre la creencia y la verdad, nuestra responsabilidad hacia la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas hacia la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, propone una parábola que contiene un experimento mental ético:
Un armador naviero estaba a punto de tirar al mar un barco de transporte de emigrantes. Él sabía que era viejo y no flotaba como al principio, que ya había visto muchos mares y climas, y que a menudo había necesitado reparaciones. Tenía razonables dudas sobre si estaba o no en condiciones de navegar. Estas dudas apresaban su pensamiento y le inquietaban profundamente; pensó que posiblemente tendría que haber modificado el barco a fondo y volverlo a montar, pese al gran costo que suponía. Antes de que el barco zarpara, sin embargo, consiguió superar estas reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que, al fin y al cabo, si había navegado con seguridad a través de tantos viajes y después de haber atravesado tantas tormentas era ocioso suponer que no volvería a casa también con seguridad de este viaje. Él puso su confianza en la Providencia, que difícilmente podía dejar de proteger a todas estas familias infelices que salían de su patria para buscar mejores opciones en otros lugares. Así despidió de su mente todas las sospechas tan poco generosas con la honestidad de los constructores y contratistas. De esta forma él adquirió una convicción sincera y cómoda de que su barco era completamente seguro y estaba en condiciones de navegar. Contemplaba su partida con esperanza y deseos benévolos sobre el éxito de los exiliados a su nuevo hogar, y después obtener su dinero del seguro cuando se hundiera en medio del océano y dejarse de historias.

¿Qué diremos de él? Seguramente que era verdaderamente culpable de la muerte de esos hombres. Se admitió que él creyó sinceramente en la solidez de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ninguna manera ayudarlo, porque él no tenía derecho a creer en las evidencias de viajes anteriores. Había adquirido su creencia no por la honestidad ganada en una investigación paciente, sino sofocando sus dudas. Y aunque al final pudo haberse sentido tan seguro de ello que no podía pensar de otra manera, aún así, en la medida en que, a sabiendas y voluntariamente, se había inducido a sí mismo ese estado mental, él debiera ser responsable por ello.
Clifford añade una capa de complejidad ética con el argumento que, incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario sería igualmente culpable por el mismo error de juicio, dado que él “no es que fuera inocente, sino que no habría sido descubierto”. Él escribe:
La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con el asunto tratado; no es el tema en sí, sino cómo él lo había solventado; no importa si el final resultaba ser verdadero o falso, sino si él hizo lo correcto al creer en esas evidencias de sus viajes anteriores.
    [...]
Como no es posible separar la creencia de la acción, ello sugiere que no es posible condenar lo uno sin condenar lo otro. No hay hombre que sostenga una fuerte creencia en sólo una parte de la cuestión, incluso deseando mantener una creencia unilateral, que pueda investigarlo con esa imparcialidad e integridad como si estuviera realmente en duda y no sesgado; por lo que la existencia de una creencia no fundada en una apropiada indagación incapacita a un hombre para el cumplimiento de este deber necesario.
Un siglo antes que los psicólogos llegaran a identificar errores cognitivos como el sesgo de confirmación o el efecto contraproducente, Clifford añade:
William Kingdon Clifford
«Tampoco es verdad que una creencia no tenga influencia alguna sobre las acciones de aquél que la sostiene. Quien realmente cree que el impulso a una acción crea después el deseo de ella, en realidad ya se había comprometido en su corazón. Si una creencia no se materializa de inmediato en hechos, queda almacenada como orientación para el futuro. Pasa a formar parte de ese conjunto de creencias que conforman el enlace entre la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas, y que está tan organizado y compactado que, ninguna parte de la misma puede estar aislada del resto, sino que cada nueva adición modifica la estructura total. Ninguna creencia real, por insignificante o fragmentaria que pueda parecer, es en realidad tan insignificante; nos prepara para recibir más de lo mismo, refuerza lo que ya de antes nos parecía y debilita los demás criterios; y así, poco a poco, se tiende un furtivo rail a nuestros pensamientos más íntimos, que puede algún día liberarse en una acción abierta, y dejar para siempre su sello en nuestro carácter.»
En un sentimiento que evoca al poeta y filósofo indio, Tagore, donde reflexiona sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de hacer visible el tapiz sociológico en las que cada hebra de nuestras creencias privadas está deshilachada:
«No hay creencia humana, por más que sea un asunto privado, que concierna a una sola persona. Nuestras vidas se guían por una concepción general del curso de las cosas que ha sido creada por la sociedad para fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas, procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, diseñado y perfeccionado de edad en edad; una herencia que cada generación sucesiva hereda como un apreciado depósito y la sacra confianza que ha de ser manejada por la siguiente generación, no sin cambios, pero ampliada y purificada, y con algunas marcas claras de su obra. Así, para bien o para mal, se van tejiendo todas las creencias que cada hombre tiene con el habla de sus semejantes. Un privilegio terrible, y una tremenda responsabilidad, al que debemos ayudar a crear el mundo en el que vivirá la posteridad.»
En un pasaje de la sorprendente pertinencia hoy en día, sobre cómo las ideologías peligrosas divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo en “hechos alternativos”, en detrimento de nuestro bien común, Clifford advierte:
«La creencia, esa facultad sagrada que anima las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosos trabajos toda las compactadas energías de nuestro ser, no es para nosotros, sino para la humanidad. Utilizada correctamente con verdades que han sido establecidas tras una larga experiencia y un paciente trabajo, y que han permanecido bajo la luz del cuestionamiento libre y sin miedo. Es entonces cuando ayuda a unir a los hombres, y a fortalecer y dirigir su acción común. La creencia es profanada cuando se da confianza a las declaraciones no probadas y no cuestionadas, para solaz y recreo privado del creyente; para añadir un esplendor de oropel a la ruta normal de nuestra vida y mostrar un brillante espejismo más allá de ella; o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie, debidas al auto-engaño que sirve no sólo para derribar, sino también para degradarse. El que bien merece de sus semejantes, en este asunto guardará la pureza de sus creencias con celoso cuidado, no sea que se pose a descansar sobre un objeto indigno o coger una mancha que no se pueda eliminar.»
Tres siglos después del aserto de René Descartes afirmando que “no es suficiente con tener una buena mente; lo principal es saber aplicarla”, Clifford añade:
«En lo que se refiere a la tradición sagrada de la humanidad, vemos que consiste, no en proposiciones o declaraciones que han de ser aceptadas y creídas por la simple autoridad de la tradición, sino por ser cuestiones correctamente formuladas, dentro de concepciones que nos permiten preguntar más preguntas, y con los métodos de responder a las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de su puesta a punto en el día a día. Este precioso depósito heredado nos impone el deber y la responsabilidad de probarlo, de purificarlo y ampliarlo hasta el límite de nuestras fuerzas. El que hace uso de unos manidos resultados para ahogar sus propias dudas, o para obstaculizar la investigación de los demás, es culpable de sacrilegio, que los siglos nunca jamás borrarán.»
Para purificar y aumentar nuestro acceso a la verdad, Carl Sagan describió un siglo más tarde su atemporal kit de detección Baloney, pero el propio Clifford cristalizó un enfoque más eficaz con una maravillosa y sucinta máxima:

    «Es incorrecto siempre, en todo tiempo y lugar, y para cualquier persona, creer cualquier cosa sin tener evidencias suficientes.»

Sugerencias de la autora para complementar el tema: Lewis Thomas, en la transmutación de la ignorancia a la verdad, Karl Popper sobre la crucial diferencia entre la verdad y certeza, y Laura (Riding) de Jackson de 1967, manifiesto a favor de una narración de verdad.

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Ref. Brain Pickings.org, 14 abril 2017
Artículo de Maria Popova, “The Ethics of Belief: The Great English Mathematician and Philosopher William Kingdon Clifford on the Discipline of Doubt and How We Can Trust a Truth”.
Imagen 2: William Kingdon Clifford, 1901. Fuente: Frontispiece of Lectures and Essays by the Late William Kingdon Clifford, F.R.S., volume 2. Autor:     William Kingdon Clifford (editors Leslie Stephen and Fredick Pollock). de Wikipedia.

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