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sábado, 15 de abril de 2017

Educación en libertad y responsabilidad

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Hace ya bastantes años, mi hijo tendría unos 7 u 8 años, salíamos a pasear por la ciudad mientras hablábamos de todo lo que se nos ocurría, y, a veces, correteábamos por las aceras persiguiéndonos el uno al otro.

En una de éstas, me situé junto a un hombre mayor, de unos ochenta y tantos años, que nos observaba circunspecto, y que aprovechando mi cercanía me preguntó conciso: ¿es usted su padre?

– Sí, le contesté dubitativo, esperando tal vez la identificación pertinente.
En lugar de eso, él, ya situado, me comentó, casi como un pensamiento en voz alta:
– Yo nunca he jugado así con mis hijos. Antes no era lo correcto.

– Es cierto, respondí, temiendo que me iba a soltar algún sermón moralista. Supongo, concluí, que se debe al cambio de mentalidad.

– Antes, prosiguió el anciano, nos decían que debíamos educar a los niños en el buen comportamiento social y las buenas costumbres frente a los demás... Y eso, me impidió jugar con mis hijos...

Comprendí de inmediato que aquello era una confidencia, de esas que a veces se suelen hacer a un desconocido ocasional y testimonio de un deseo perdido aunque perdurable en su memoria.

– Tiene razón, le dije, mi padre tampoco jugó conmigo; pero yo he querido arreglar eso jugando y acompañando en lo que pueda a mi hijo.

– Ah, pero siga, siga, replicó con un gesto agridulce, hace usted bien, así debe ser.

Así terminó, tan abrupta como empezó, aquella conversación. Y yo seguí esa tarde paseando y jugando con mi hijo. Más tarde, recordé en varias ocasiones aquél breve encuentro que me hizo reflexionar acerca de la educación y los valores que transmitimos a nuestros hijos.

Al margen de las rasgos y el talante de cada persona, cada época ha ido moldeando el saber estar de sus gentes y los fundamentos que guían sus comportamientos.

Antiguamente, toda educación era sobria, marcada por la responsabilidad ante la historia y el comportamiento correcto ante los demás, y esto se cumplía incluso en la crianza.

Hoy día, el peso de la cultura recae más en la libertad, tanto social como personal, educando más en la subjetividad emocional y dejando a un lado una más que deseable responsabilidad ante la vida.

La sociedad tiene estos vaivenes, una época intenta compensar los excesos de otra, cayendo, sin quererlo, en otros excesos igualmente descompensados.

Qué duda cabe, que, la educación familiar y la enseñanza en general, deben siempre saber ubicarse en ese difícil pero justo equilibrio entre la libertad y la responsabilidad.


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por Pedro Donaire

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