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viernes, 21 de abril de 2017

Conocimiento y verdad en William James

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Conocimiento y verdad en el pragmatismo de William James
por Mariano L. Rodríguez

1. Introducción

Fue Ayer el primero que acertó a ver en el pragmatismo una concepción que se retrotrae nada menos que a la doctrina de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas (1). Sin embargo, aquí nos limitaremos a considerarlo un producto intelectual americano, prescindiendo también de sus ramificaciones inglesas (Schiller) e italianas (Papini).
(1) Ayer A. J., The Origins of Pragmatism.

Según la célebre declaración de William James, el escrito fundacional del movimiento fue How to Make Our Ideas Clear, redactado por Charles Sanders Peirce en 1878, un escrito en el que se afirmaba que la prueba de la verdad de una teoría reposa en el examen de sus consecuencias. Ya desde hacía ocho años, James y Peirce coincidían quincenalmente en las reuniones del Metaphysical Club, que tenían lugar en Boston y en Cambridge (Mass.). Pero Peirce era un carácter singular y extraño, de difícil trato, y resolvió cambiarle el nombre a su criatura cuando se dio cuenta de las transformaciones sufridas en las manos de James. Llamó «pragmaticismo» a su realismo cientifista, y se distanció, así, de un movimiento intelectual excesivamente popular para su gusto.

En lo sucesivo, James tomó conciencia de que sus verdaderos compañeros de viaje eran Schiller y Dewey. Esto provocaría en el futuro no pocos malentendidos porque los representantes del pragmatismo distaban mucho de tener pensamientos claramente homologables. James insistirá en su afinidad con el instrumentalismo deweyano, y, sobre todo, con el humanismo del doctor Schiller, pero una tal insistencia amenaza con enmascarar los rasgos diferenciales de un pensamiento tan excesivamente tolerante como el suyo.

Los pragmatistas reconocen su deuda con la filosofía kantiana, a pesar de los duros ataques que en ocasiones dirigen contra el trascendentalismo. Ya Peirce nos recordó que el primero en distinguir entre praktisch pragmatisch fue el Kant de la Anthropologie (2). Desde el punto de vista de la teoría del Conocimiento, el más interesante de estos pensadores es, sin duda, William James. Decimos esto siendo conscientes del interés que desde hace unos años despierta la figura de Peirce, tal vez el pensador norteamericano más denso y original. También crece día a día la importancia de Dewey. Pero si el primero nos ofrece un punto de vista restringidamente epistemológico, con su tematización del papel de la abducción en el contexto de descubrimiento y su caracterización del progreso científico desde una noción tradicional de la verdad que se aproxima a la teoría del consenso; el segundo, por su parte, rehuye conscientemente la temática gnoseológica, temeroso de caer en la «dictadura del problema del conocimiento» en vez de profundizar en cuestiones más sustantivas para las sociedades humanas.
(2) Cfr. Smith, J.E., Purpose und Tlroughf. The Meaning of Pragmatism. New Haven, 
Yale University Presr, 1978, p. 196.

Sólo James enclava sus meditaciones en el corazón mismo de la problemática cognoscitiva, sin limitarse al dispositivo metodológico de las ciencias de la naturaleza. Sólo él transforma sin ambages el pragmatismo en una teoría de la verdad. De ahí que, en medio de todas sus ambigüedades y titubeos, fuera el más consciente de todos de la necesidad histórica y filosófica del pragmatismo.

2. Significado y Método según el pragmatismo

En la obra antes mencionada, Peirce disponía todo su pensamiento en torno al «principio pragmatista del significado»:

Consideremos qué efectos, que pudieran tener concebiblemente conexiones prácticas (practical bearings), concebimos que tenga el objeto de nuestra concepción. Entonces, nuestra concepción de esos efectos es toda nuestra concepción del objeto (3).
(3) Peirce, CH.S. Collected Papers. (ed. Hartshorne y Weiss), Cambridge (Mass.), 1931-1935. Vol. V, p . 402.

Es decir, todo lo que sabemos de un objeto es lo que sabemos de sus efectos. El significado de una aseveración es la suma de sus consecuencias verificables: que el diamante es el más duro de los cuerpos, por ejemplo, no quiere decir sino que es capaz de rayarlos a todos. La máxima pragmática tenía en principio como objetivo determinar el significado de una idea, proposición o concepto, eliminando de la consideración intelectual consciente de sí misma todo problema meramente verbal, toda huera disputa de palabras. Sólo tiene sentido aquella proposición que modifica de algún modo el futuro curso de la experiencia: sólo es real aquella cosa que produce efectos sensibles particulares. Para que dos aseveraciones tengan un sentido distinto es condición indispensable, por tanto, que la creencia en cada una de ellas comporte diferencias en la práctica, diferencias públicas y patentes en el comportamiento de los objetos a que se refieren.

El positivismo peirceano queda de manifiesto en este principio de significado. A la hora de formularlo le guían el modelo de investigación experimental de las ciencias naturales y el tradicional horror al verbalismo que ha caracterizado a tantas discusiones «filosóficas».

Por su parte, William James entendió el principio como la generalización condensadora de todos los procedimientos analíticos concretos empleados por la tradición empirista clásica, inglesa y escocesa. Todo el sentido del pensamiento humano estriba en la obtención de la creencia (Belief), porque sólo con este pensamiento en estado de reposo podemos actuar firmes y decididamente en el mundo. Las creencias son reglas de acción, y el pensamiento tiene como única misión producir en nosotros hábitos de conducta.

De manera que, si una parte de un pensamiento determinado no implica diferencias en las consecuencias prácticas del pensamiento en su conjunto, podemos afirmar que tal parte no está incluida en absoluto en el significado del pensamiento. ¿Qué significa un determinado pensamiento? La única manera de contestar esta pregunta es determinar qué tipo de conducta estaría inclinado a producir en el caso de ser verdadero, porque una diferencia intelectual sería un mero espejismo si no consistiera en una posible diferencia de práctica. Vemos cómo, siguiendo el camino abierto por Peirce, James se propuso desarrollar un método destinado a lograr una claridad perfecta en nuestros pensamientos de un objeto: consistiría en especificar qué sensaciones se derivarían de éste, inmediatas y remotas, y qué tipo de conducta deberíamos aprestar en consecuencia. Con ello, el pragmatismo pasó a definir un procedimiento que haría posible zanjar de una vez por todas las más inveteradas discusiones y contiendas entre sistemas (4).
(4) fr. William James, On Pragmatism. A new Namefor some old Ways of Thinking. 
Harvard University Press, Cambridge and London, 1975.

Desde este momento, la filosofía, armada con el método pragmático, acometería la tarea de determinar las diferencias prácticas que se seguirían para una persona concreta, en un tiempo y un lugar determinados, del hecho de que una tesis filosófica fuera verdadera. Enfrentando posiciones opuestas, James procederá a establecer si la disputa es sólo una ilusión verbal, y, en caso negativo, cuál de las dos habrá de ser rechazada. Como algunos han sabido ver (5), nuestro autor sigue aquí las huellas de la filosofía kantiana. Por poner un ejemplo, el tratamiento de la libertad humana enfrentada al principio cósmico del determinismo que encontramos en On Pragmatism está prefigurado en buena parte en la sección tercera de la discusión kantiana de las antinomias.
(5) Cfr. Smith, op. cit., p. 43.

Determinando las respectivas consecuencias prácticas de las magnas alternativas metafísicas (el mundo, ¿es uno o múltiple?, ¿material o espiritual?...), llegaríamos a descubrir, en caso de que faltaran aquéllas o fueran idénticas, cuáles son simplemente juegos de palabras en los que no vale la pena perder más el tiempo.

No hay que caer en la tentación de asimilar sin más el método pragmático al principio positivista de verificabilidad. James es mucho más tolerante que cualquier empirista lógico. Su criterio de «los frutos para la vida» permite la legitimación de muchos tipos de interrogantes metafísicos y de creencias religiosas, rigurosamente sin sentido para los miembros del Círculo de Viena y sus seguidores. En él es el valor para la vida el que decide en última instancia. «Lo divino es lo que suscita reacciones solemnes», leemos en su magistral análisis de la experiencia religiosa. Si considera que su proceder metódico puede levantar acusaciones de vaguedad y subjetivismo, añade enseguida que la vida humana está huérfana de certezas apodícticas y que es máximamente ambigua y subjetiva (6).
(6) William James, The Varielies ofRe/igious Experience. The Fontana Library, 
London and Glasgow, 1960, pp. 238 y 325, entre muchas otras.

Lo que comenzó siendo una definición del significado, modelada según los patrones de la investigación científiconatural, se convirtió con James en un método para resolver diferencias y clarificar pensamientos en los dominios del sentido común, la filosofía y la religión.

3. Pragmatismo y Ciencia

La filosofía de James y Dewey, no digamos ya la de Peirce, está impregnada de la convicción del progreso real del conocimiento humano. Esta idea era sin duda la consecuencia del magnífico espectáculo que ofrecía el conocimiento cientifico a finales del XIX y comienzos del xx. Los desarrollos de la física, y también aunque en menor medida los de la biología, la geometría y la lógica, habían llevado a los padres del convencionalismo, Poincare y Duhem, a la destrucción del concepto mismo de hecho. La ciencia iba siendo metacientíficamente entendida como una construcción humana en la que siempre decidían la comodidad y la ventaja intelectual. La experiencia pura es un mito, y el hecho, ahora reconocido, de la imposibilidad de verificar definitivamente una hipótesis contribuyó a que se descartara la concepción ingenua de que el conocimiento científico es la más exacta reduplicación posible de una objetividad ya dada y hecha (7).
(7) Cfr., Kolakowski, L., La Filosofía positivista. Trad. G . Ruz-Ramón. 
Cátedra, Madrid, 1979, en especial el capítulo VI.

El pragmatismo es absolutamente solidario de este estado de espíritu, e intentar entenderlo al margen de él sería inútil. El mismo James reconoce abiertamente la situación:
Tal como entiendo el modo pragmatista de ver las cosas, debe su existencia a la crisis que ha tenido lugar desde hace cincuenta años en las antiguas nociones de la verdad científicas (8).
(8) "WILLIAM JAMES, The Meaning of Trurh. A Seque1 lo Pragmarism. 
Harvard University Press, Cambridge and London, 1975, p. 40.
El movimiento quedaría caracterizado, althusserianamente, como la repercusión filosófica de tales innovaciones científicas.

Veían los pragmatistas en la empresa científica el refinamiento de las rudimentarias operaciones de ensayo y error que son características del sentido común a la hora de afrontar un obstáculo. De manera que la ciencia no constituiría ningún reino aparte y privilegiado, sino, simplemente, la depuración de los procedimientos cotidianos de resolución de problemas vitales.

Aunque no dedicara su vida, a diferencia de Peirce, a la reflexión metacientífica, William James no dejo nunca de insistir en la excepcional importancia que, para la constitución de su propio pensamiento, tuvieron los cambios ocurridos en la autocomprensión de la ciencia. Fue precisamente la insatisfacción ante la teoría tradicional de la verdad y la concepción milenaria del conocimiento que va de su mano la que estuvo originada en la consideración del panorama cientifico de la época. El conocimiento científico es un lenguaje hecho por y para el hombre, una «taquigrafía conceptual» entre muchas posibles e igualmente válidas (9).
(9) Cfr., en relación con este asunto, el capítulo 11 de On Prag.

Y el mismo concepto pragmatista de verdad, de hacer caso no sólo a James sino también a Schiller y a Dewey, no sería otra cosa que la noción plenamente científica y consciente de sí misma de la verdad, una vez que el progreso de las ciencias ha hecho saltar el asfixiante marco gnoseológico de la refiguración.

Ahora, la relevancia de la economía y la simplificación proporcionadas por los ((atajos conceptuales» que son las ciencias pasa a ocupar el primer plano en la estructuración que nuestro conocimiento impone a la experiencia caótica. La verdad sería el nombre genérico para esta disposición armoniosa y cómoda.

La enseñanza fundamental que el pragmatismo recoge de la ciencia de su tiempo es sin duda la de la historicidad de la verdad. Hasta las ideas lógicas y matemáticas son esencialmente plásticas, hasta la física se transforma continuamente, colonizando territorios ignotos que ponen cabeza abajo todo lo que antes era considerado verdadero.

El pragmatismo es, para James, un método. También una teoría genética de la verdad: la teoría de que las verdades están vivas, nacen y envejecen.

4. Teoría del Conocimiento de William James

Tanto Peirce como Dewey reaccionaron contra la creencia, típica de la modernidad, común a racionalistas y empiristas, de que la teoría del conocimiento constituía el único punto de partida posible para toda construcción filosófica rigurosa. El primero consideraba que todo el sentido del pensamiento radicaba en la obtención de la belief como apaciguamiento de la duda previa, y como establecimiento en nuestra naturaleza de una regla de acción: si en vez de atender a la conciencia inmediata y a su contenido, dirigimos nuestra mirada a los propósitos y fines a los que las ideas tienden todas las perplejidades gnoseológicas se desvanecerán como pompas de jabón. Habiendo descubierto, para decirlo con Habermas, la función transcendental de la actividad instrumental posible, Peirce se dedicó a esclarecer el proceso de la investigación científica a través del cual pasamos de la duda a la regla de acción que es la creencia. Por su parte, Dewey negaba la posibilidad de un conocimiento inmediato, reaccionando así contra el mito de lo dado tan caro a Locke y Hume, y rompiendo la identidad de experiencia y conocimiento. Éste es el resultado feliz de un proceso de investigación crítica que se inicia tras el reconocimiento de la situación problemática. No se trataría de una reproducción del mundo, sino más bien de una transformación del mismo: el rasgo fundamental de la experiencia humana es su conexión con el futuro, en el contexto de un ser biológicamente desajustado con su medio.

James difiere de los otros dos grandes pragmatistas en el hecho de verse a sí mismo introducido desde el comienzo en el corazón mismo del problema gnoseológico. Su empirismo radical, tal y como él mismo lo contempla, no significa otra cosa que la continuación y la profundización del empirismo clásico. El reproche que le hace a Hume, por poner un ejemplo de importancia, consiste en no haber ido lo suficientemente lejos, en no haber sido empirista hasta las últimas consecuencias, siguiendo siempre en su concepción de la experiencia un modelo artificial, impuesto desde fuera, que le llevó a desnaturalizar lo experienciado. Si Hume no se hubiera dejado seducir por su idea de cómo tenla que ser la experiencia, habría reconocido que las relaciones entre sus ítems son tan reales como los ítems relacionados. De este modo se libera James de tener que recurrir a la supervenient reason unificadora de los planteamientos transcendentales, aunque esto en modo alguno significa que el empirismo radical conciba la experiencia como perfecta y aproblemáticamente estructurada en sí. Por el contrario, la confusión y la vaguedad serían sus características iniciales, y más tarde el análisis de la experiencia introduciría claridad y distinción (10).
(1O) Encontramos un minucioso análisis de la critica a la 
experiencia humana en Smith, op. cit., pp. 8 8 y SS.

Es absurdo, por tanto, asimilar sin más la experiencia pragmatista con la de los clásicos del empirismo. Los pragmatistas entendieron siempre la experiencia en relación a un sujeto viviente orientado hacia el futuro y comprometido en la tarea de mantener su vida en el complejo entramado natural, histórico y social. No se identifica para ellos la experiencia con lo dado sin más, porque su concepción del conocimiento es sobre todo pragmática, no contemplativa.

Esto no impide, una vez más, que cuando James afirme que «el pensamiento humano está orgánicamente conectado con la conducta del hombre», reconozca al mismo tiempo que semejante conexión había estado siempre presente a los grandes empiristas del pasado. Locke, al tratar el tema de la identidad personal; Berkeley, el de la materia, y Hume, el de la causalidad, utilizaron siempre como guía el principio supremo de que toda diferencia teórica real debe traducirse necesariamente en una diferencia práctica. Emplearon el método pragmático, en suma, al preguntarse por el valor al contado (cash value), en términos de experiencia particular, de cada construcción teórica. Por eso fueron ellos, y no Kant, nos dice James abusando sin duda de las palabras, los que introdujeron el método crítico en filosofía (11).
(11) Cfr. The Vurieties of Religious Experience, pp. 425 y SS

La doctrina pragmatista de la verdad es el paso decisivo que James tiene que dar para la fundamentación rigurosa de su proyecto gnoseológico. El empirismo radical, leemos en el Prefacio de 1909 a The Meaning of Truth, consta de tres apartados básicos:
- 1. El postulado de que las únicas cuestiones debatibles en filosofía son las que pueden definirse en términos extraídos de la experiencia.

- 2. La constatación empírica de que las relaciones entre las cosas, conjuntivas o disyuntivas, son objeto de experiencia directa, ni más ni menos que las cosas mismas...

- 3 . La conclusión generalizada según la cual las relaciones son también partes de la experiencia, y, por tanto, no se necesita para nada de los oficios de ningún soporte unificante transempírico (12).
(12) The Meaning of Truth, pp. 6 y 7.
La distinción fundamental se establece entre conocimiento de familiaridad (acquaintance) y conocimiento acerca (knowledge about). La acquaintance está constituída por perceptos (percepts), las únicas realidades que conocemos. El knowledge about, por su parte, está formado por conceptos, algo así como unos mapas oplanos que agotan toda su función en conducirnos hasta los perceptos, careciendo de misión cognoscitiva distintiva o específica. Los conceptos cornienzan y acaban en las percepciones: Jarnes los compara con billetes de banco, cuyo único valor en efectivo lo constituyen las percepciones (13). Toda idea o expresión conceptual ha de pasar por la prueba de la acquaintance, si deseamos ver garantizado su valor objetivo. El pensamiento conceptual es un simple sustituto, todo cuyo sentido consiste en servir de medio para conducirnos a la presencia de las realidades sensibles:
(13) The Varieties of Religious Experience, p . 425
Un percepto conoce cualquier realidad sobre la que opera y a la que se asemeja, directa o indirectamente; un sentimiento conceptual (conceptual feeling), o pensamiento, conoce una realidad cuandoquiera que, actual o potencialmente, termina en un percepto que opera sobre o se asemeja a esa realidad, o está de alguna otra manera conectado con ella o con su contexto (14).
(14) The Meaning of Truth, pp. 27-28.
Es curioso cómo James, en fecha tan temprana como 1884, recoge dos formas posibles de tomar contacto con la realidad en la percepción: actuar sobre ella es una, reflejarla, la otra. Este gesto conciliador habrá de ser tenido en cuenta en el apartado siguiente de este trabajo. El modo que tiene un concepto de conducirnos hasta una sensación es, para James, el de la experiencia práctica. Una de las especificaciones primeras del término práctica sería, por tanto, la de «actividad que conecta el pensamiento conceptual con la sensación». Y la objetividad de lo que nos rodea se debe a la posesión en común de los mismos perceptos. Es decir, creemos tener idénticos perceptos, ya que los de cada uno de nosotros cambian con los cambios de los de otro cualquiera. Por lo demás, el papel reservado a la esfera conceptual ha de entenderse aquí según las coordenadas del más tradicional de los nominalismos.
(...) y toda la historia de nuestro pensamiento es la de nuestra sustitución de un perce to por otro, y la de la reducción del sustituto al status de signo conceptual (15).
(15) Ibid., p. 31.
La acquaintance o knowledge what sería el conocimiento de la intuición empírica; el knowledge about, el representativo o intelectual. En el primero, el contenido mental y el objeto serían idénticos. El segundo serviría para conducirnos a la presencia del objeto a través del contexto proporcionado por el mundo.

Lo importante y decisivo aquí es que las ideas, en cuanto partes de nuestra experiencia, conocen a los conceptos, sus elementos básicos. Esto significa: hay un trayecto continuo que nos lleva de las primeras a los segundos. Así llena James la brecha, que en otros planteamientos gnoseológicos parecía insalvable, entre sujeto y objeto: ambos son fragmentos de una misma experiencia, y no hay ningún enigma en el conocimiento de éste por aquél. La referencia objetiva del conocer, su esencial trascendencia o intencionalidad, nos remitiría simplemente al hecho de que la mayor parte de nuestra experiencia es insuficiente, y consiste en proceso y transición: cada fragmento anuncia la presencia inminente de otro (16)
(16) Ibid., p. 68

James pensaba haber conseguido con esto una concepción del conocer en la que la experiencia reposara enteramente sobre sí misma, sin necesidad de reclamar nada transempírico. El empirismo radical pretende, sobre todo, insertar el conocimiento en la vida humana, hecha de temporalidad, y , por ello, rompe con toda gnoseología de certezas absolutas, y se plantea como una teoría de la probabilidad razonable.

5. Teoría pragmatista de la Verdad

Aunque Wiiiiam James viera en el pragmatismo, en primer lugar, un metodo para resolver disputas filosóficas, lo cierto es que las aclaraciones a On Pragmatism que publicó en 1909 llevan el título general de The Meaning ofTruth, con lo que se hace evidente que el centro de gravedad de todo su pensamiento debe ser situado en el tema de la verdad.

La noción vulgar y filosófica, tradicional, de la verdad, noción presente en el sentido común, en la práctica científica y en la mayoría de los sistemas filosóficos, es aquélla según la cual los pensamientos son copias de la realidad. El enigma de la verdad es despachado sin más por la tradición cuando se afirma tranquilamente que cognitio fit per assimilationem cogniti et cogniscentis (17). La filosofía parece haber aceptado «instintivamente» la idea de la correspondencia, sin detenerse casi nunca a examinar en profundidad su significado. Y no es en absoluto evidente por sí mismo que toda la tarea de nuestra mente consista en reduplicar realidades. James cree descubrir aquí nada menos que el auténtico punto débil de todo el pensamiento occidental: ni siquiera se ha respondido una sola vez a la pregunta capital de cómo debe ser entendida la célebre adecuación de pensamientos y cosas. Con su pragmatismo, el filósofo americano se propone, ante todo, subsanar tal deficiencia.
(17) Ibid., p. 50.

Es indudable que los hechos fenoménicos, las sensaciones, son muy a menudo copiados por los términos mentales, ya que éstos se limitan a ser imágenes de aquéllos. De este hecho hemos inferido erróneamente que todo nuestro conocimiento, incluso el puramente racional, consiste en la reduplicación de la lógica y la matemática (en tantas copias de los pensamientos del Creador).

Esta interpretación común del conocimiento y la verdad, por otra parte, convierte el afán y la búsqueda de la verdad misma en irracionales. ¿Por qué el pasivo copiar habría de ser un deber, o incluso una pasión? El ideal de la verdad entendido como copiar por el mero hecho de copiar (y no como copiar porque es bueno para algo) sería un ideal absolutamente descabellado. «¿Por qué debería el universo, además de existir en si mismo, existir también en copias? (18)». Nadie es capaz de responder racionalmente a esta pregunta, que se viene ahora a sumar al fundamental interrogante anterior.
(18) Ibid., p. 57.

La idea de la correspondencia hace a la verdad consistir, además, en una determinada relación entre el mundo de nuestra experiencia y un mundo arquetípico o modélico, situado en todo caso más allá de ella. Pero esta concepción contradice los principios básicos del Empirismo Radical que James se propuso defender a ultranza. No sólo el qué de la adecuación, sino también su por qué, por tanto se nos muestran radicalmente ininteligibles en el marco oficial del pensamiento de Occidente. La noción corriente de conocimiento es una noción irracional. Y el pragmatismo intentará restablecer la racionalidad a través de su aportación fundamental: la interpretación de la adecuación como práctica:
La episternologia ordinaria se contenta con la vaga afirmación de que las ideas tienen que ((corresponder)) o «estar de acuerdo)); el pragrnatista insiste en que hay que ser más concretos, y pregunta qué puede significar en detalle tal «acuerdo» (19).
(19) Ibid., p. 104.
La experiencia pragmatista de la verdad es, por encima de todo, la experiencia de la radical historicidad de ésta. El conjunto de la experiencia humana es el resultado inestable de la mutua modificación que tiene lugar entre las viejas verdades y los nuevos descubrimientos. La estabilización de este ajuste, siempre relativa, es lo que James llama nueva verdad. Todas las categorías que esgrime el trascendentalismo se han originado históricamente, y se han ido extendiendo y sedimentando con cada nueva confirmación de su utilidad para la vida.

La verdad significa adecuación a la realidad: en esto James está de acuerdo con la tradición que califica de «intelectualista». Pero a lo que decididamente se opone es a entender esta adecuación como una relación estática o inerte. La verdad acontece a una idea. La idea llega a ser cierta, se hace cierta por los acontecimientos. La verdad es un proceso, un suceso. Esta es la explicación exacta de la afirmación pragmatista de que la verdad de una idea es su verificación, el proceso concreto de su validación. Y , teniendo en cuenta que la teoría de la verdad de James parte de la noción de adecuación, autores como Smith la han caracterizado como la teoría de la correspondencia dinámica (20). Las acusaciones de relativismo que continuamente se hicieron a nuestro autor no perdonan este intento pragmatista de llevar la temporalidad al seno mismo de la verdad: la verdad sería una relación tirneless, como todavía hoy afirman algunos teóricos del conocimiento.
(20) Smith, op. cit., pp. 77 y S S .

En general, el dogmatismo se ha caracterizado siempre por buscar criterios absolutos de verdad, criterios que nos dispensen de la ingrata tarea de modificar nuestras ideas a medida que el futuro se va haciendo presente. De ahí que indague, en todo caso, el origen como lugar de la verdad (porque el origen es lo único inamovible), y no el provenir, que para el pragmatista es su auténtica morada. Esta misma concepción mantenida por James, para él la verdad más completa que hasta sus días se haya alcanzado, sin duda envejecerá algún día y será sustituída por una verdad nueva. Y él es perfectamente consciente de esto. Así encaja nuestro filósofo el habitual argumento anti-Protágoras que sin cesar le presentaban sus críticos

Para el pragmatista, al contrario, toda verdad descarnada es estática, impotente y relativamente espectral: la verdad plena es, en cambio, la que obra en energía y da la batalla (21).
(21) The Meaning of Truth, p . 110.

La interpretación pragmatista de la verdad que nos ofrece William James parte, como ya hemos visto, de la idea convencional de adecuación. Además, incorpora como elemento decisivo la teoría de la coherencia. Si una idea teológica, por ejemplo, prueba ser valiosa para la vida humana, aún deberá pasar otro control básico para ser tenida por verdadera: ajustarse bien en todo nuestro repertorio de ideas valiosas para la vida. En la idea pragmatista de verdad convivirán los tradicionales criterios de coherencia y adecuación. El psicólogo James concede tanta importancia a la coherencia cognitiva en relación con la conducta (el interés humano más poderoso, después del de respirar, sería evitar la contradicción), que en sus escritos podemos reconocer toda la concepción de la disonancia cognoscitiva popularizada por Leon Festinger en la Teoría de la motivación contemporánea.

La verdad es una relación que puede establecerse entre una idea (opinión, creencia, afirmación) y su objeto. Una relación, establecida proposicionalmente, entre unas partes de la experiencia menos fijas, los predicados, y otras partes relativamente más fijas, los sujetos. Una relación intraexperiencial, por tanto, que combina unos con otros sectores de la experiencia. De manera que el criterio de adecuación será siempre el de satisfacción: una idea concuerda con la realidad si, y sólo si, es capaz de llevarnos ante la presencia del percepto de que se trate, a través de una secuencia especificable de pasos. Tal conducción feliz constituye todo el sentido de la satisfacción práctica.

Que una idea se verifique, se haga verdadera, significa que ha conseguido orientarnos satisfactoriamente en el conjunto de nuestra experiencia, sin omitir ninguna transición ni entrar en insuperable contradicción con ningún otro sector de la vida práctica. Que hemos podido corroborarla: porque el conocimiento no es una copia de la existencia, sino un incremento y enriquecimiento de la misma. Toda idea verdadera se presenta como un inestimable instrumento de acción, de ahí que las razones para luchar por ella sean esencialmente prácticas. Y hemos dado el nombre genérico de verdad a la clase de las verdades particulares porque las reconocemos como útiles.. .

La idea verdadera es un pedazo de experiencia que nos lleva a otro fragmento de experiencia que vale la pena. Pero con esto no hay que pasar por alto el que la satisfacción sólo será tal a condición del más escrupuloso de los respetos a los imperativos de correspondencia y coherencia: en su tarea de hacerse con verdades nuevas, el investigador siempre está limitado por las exigencias del orden sensible y por las leyes del inteligible, ese nivel puramente lógico de las relaciones de ideas.

En definitiva, «adecuarse» a una realidad sólo puede querer decir «ser guiado hasta ella», de forma que se la maneje mejor que si no estuviéramos conformes con ella. La copia es entendida aquí tan sólo como una modalidad, y no la más importante, de este activo ser-dirigido a la realidad concreta. Se halla, por tanto, la teoría de la verdad de William James, a medio camino entre las concepciones conformadoras y las transformadoras.

Se trata por encima de todo de la verdad concreta, la verdad entendida en términos de lo que es known as. Toda idea provoca una determinada expectativa. Y cuando, al final del proceso de transición, el objeto la satisface, la idea ha sido verificada con éxito, ha sido hecha verdadera. Lo más profundo de esta concepción de la verdad ha de ser explicado como la decisión de establecerse y mantenerse siempre al nivel de la concreción, de la verdad concreta (22). Es ilegítimo otorgar a las abstracciones un grado de realidad superior a las concreciones que significan, nos dice el nominalismo de nuestro autor. En último término, la interpretación pragmatista de la verdad no sería otra cosa que el intento de comprender y hacer inteligible la adecuación a través del procedimiento de apearla de su pedestal secular. Verla funcionar, no en el nivel de la Verdad con mayúscula, sino en el de las verdades concretas de importancia vital. Práctico es esencialmente sinónimo de concreto.
(22) Ibid., p. 113.
Toda la originalidad del pragmatismo, lo esencial en él, es su uso del modo concreto de ver las cosas. Comienza con la concreción, y regresa y termina con ella (23).
(23) Ibid., p p . 115-116.
Podríamos caracterizar en dos palabras el «humanismo» de Schiller como aquella doctrina para la que nuestras verdades son, como los idiomas, productos de elaboración humana. La teoría pragmatista del conocimiento remata así en la metafísica. En relación con el humanismo, la actitud de James está muy lejos de ser inequívoca. Muchas veces hace suya la doctrina, incluso defendiéndola con auténtica pasión. Otras, en cambio, se muestra deseoso de no comprometer con ella su empirismo radical, considerando a éste una teoría del conocimiento ontológicamente neutral, compatible con interpretaciones diversas de lo que hay.

Para James, gran parte de los malentendidos a que su pragrnatismo dio lugar se podrían haber evitado o corregido si sus críticos no hubieran incurrido en la confusión de verdad y realidad. La realidad, como factor de resistencia al que la verdad tiene necesariamente que adecuarse, está constituida, en primer lugar, por el flujo de nuestras sensaciones o sus copias (que pueden ser esenciales o accidentales: las primeras son las que expresan la lógica y la matemática, estando fundadas en la propia naturaleza de sus términos) en segundo lugar. Y, en tercer término, por todo el repertorio de verdades previas, que siempre han de ser tenidas en cuenta por cualquier nueva investigación (24).
(24) Para todo lo concerniente a la metafisica de James y su «humanismo», 
cfr. el capitulo VI1 de On Pragmatisrn.

Una realidad así constituída deja al hombre un gran margen de libertad cognoscitiva, si podemos decirlo así. Es una dócil hyle que es rehecha por nosotros a cada momento, ya que «recibimos el bloque de mármol, pero somos nosotros los que tenemos que esculpir la estatua». El conocimiento humano es creador: construye cosas a partir del flujo de la realidad sensible, forma sujetos y predicados que expresan la relación de ese flujo con nosotros. El hombre es el ser que engendra verdades acerca del mundo.

Como vemos, no se puede identificar pragmatismo y positivismo, porque difieren en la misma noción de hecho. Casi diríamos que son metafísicas rivales, al menos si nos restringimos al pensamiento de William James. No hay que olvidar empero que nuestro autor jamás dejó de insistir en que el humanismo implica una realidad, independiente, con la cual nuestras creencias han de concordar si quieren hacerse verdaderas. Lo que ocurre es que esa realidad es considerada maleable: para el realismo de James, la verdad sería el fruto de la colaboración entre aquélla y el hombre, en rigor algo que es preciso hacer. Los diversos intelectualismos se revelan, en este importante punto, como «filosofías perezosas».

Es por otra parte inevitable pensar en la filosofía kantiana al asistir a estas declaraciones «humanistas»: William James, en efecto, reconoce su deuda con la revolución copernicana. Sin dejar de subrayar por eso que el apriori de las categorías es sólo relativo, una sedimentación históricamente determinada de un constructo que ahora hace posible y condiciona nuestra experiencia. Las categorías son los hábitos humanos más arraigados porque son los más útiles: nuestro pensador se aproximaría mucho a las conclusiones extraídas a principios de siglo por C. I. Lewis en Mind and the World Order.

En definitiva, la metafísica humanista de este pragmatismo hunde sus raíces en una concepción de la realidad fuertemente determinada por la biología evolucionista. La realidad es de la sustancia del tiempo, y está repleta de tendencias, potencialidades, posibilidades. El conocimiento humano supone entonces una colaboración metafísica decisiva, con vistas a la actualización de tales tendencias, y a lo que será en el futuro. Si el mundo fuera completo en sí mismo, acabado y redondeado, el conocimiento sería irracional.

6. Consideración crítica final

En su intensa actividad como conferenciante y escritor, William James se ocupó sin descanso en deshacer los malentendidos de sus numerosos oponentes y críticos. Algunas cosas quedaron suficientemente claras. Por poner algunos ejemplos de importancia: que el pragmatismo no es simplemente una nueva edición del positivismo, con simples añadidos acerca de la conexión del pensamiento humano con la conducta; que el pragmatismo no tiene por qué ir en contra de una teoría realista del conocimiento; que sí puede justificar la creencia en la realidad de las ejective realities, los «términos disposicionales» de los futuros empiristas lógicos; que sus mismos presupuestos obligan a identificar el descubrimiento de verdades concretas con la misma naturaleza de la verdad; que el pragmatismo no ignora el interés teórico, y que carece de sentido ver en él la mentalidad del «baremo aurífero», propia del american way of life (25) ...
(25) Cfr. «Ttie Pragmatist Account of Truth and his Misundersranders» (1908), 
recogido en The Meanlng of Trurh.

Es evidente que en el pensamiento pragmatista se percibe manos a la obra una perspectiva muy peculiar, ese esfuerzo por entender la vida humana desde las coordinadas del modo de ser norteamericano. Pero sería absurdo comprometer la gnoseología de James convirtiendo esto en una acusación: no encontramos por ninguna parte, como me parece haber demostrado, la degeneración del espíritu capitalista en simple estupidez, de la que nos habla Horkheimer (26).
(26) Cfr. Horkheimer, M., Zur Kritik der insrrumenrellen Vernunfr. Frankfurt, 1967.

El reproche más fácil, por convencional, que se puede hacer a la teoría pragmatista de la verdad, tal y como ya entonces lo dirigió Royce contra nuestro filósofo, es el de que los pragmatistas dicen es inconsistente con su acto de decirlo. Se trata de una variante del argumento anti-Protágoras, tradicional arma contra relativismos. ¿En qué sentido es verdad que la verdad de una tesis reposa sobre sus consecuencias prácticas? Es decir, la concepción pragmatista emplea un criterio de verdad determinado, pero, cuando el pragmatista la expone y la defiende está empleando otro diferente (es de sospechar que el de la adecuación). James responde a esto exactamente igual que lo hiciera Nietzsche a la objeción de que su universo de interpretaciones no era más que mera interpretación. El acto de afirmación de la teoría pragmatista de la verdad, según el filósofo americano, ejemplifica él mismo a la perfección el contenido que expresa: la concepción pragmatista de la verdad tiene consecuencias satisfactorias para el conjunto de la vida humana y para el interés teórico de los hombres. Es, por tanto, verdadera (27). A nuestro juicio, a la hora de criticar una teoría filosófica determinada, es sumamente importante comprobar si cumple las mismas exigencias que impone. Y, en el caso de James, no hay nada que parezca desmentir su declaración.
(27) The Meaning of Truth, pp. 107 y ss.

Otra línea crítica muy habitual consiste en mostrar que, en efecto, la noción pragmatista de conocimiento y verdad seria impensable si no implicara las doctrinas clásicas de la adecuación y de la coherencia. Pero este hecho lo puso ya de manifiesto más de una vez el mismo James, hasta el punto de que no se puede hablar de una teoría pragmatista de la verdad como doctrina rival de la de la correspondencia, y creemos que esto ha quedado de manifiesto a lo largo de este trabajo.

La teoría de James supone una explicitación hermenéutica de lo entrañado por la tradicional concepción de la verdad. Nuestro autor luchó toda su vida por encontrar un punto medio, conciliatorio, entre la verdad-conformación convencional y la verdad-transformación deweyana. Lo que habría que investigar, por tanto, es la posibilidad de tal punto medio, y, sobre todo, si esta actitud excesivamente conciliatoria de James no acaba por comprometer el auténtico sentido de su pragmatismo. ¿Se identifica o no el empirismo radical con lo que James llama «humanismo»? He aquí la cuestión decisiva.

Al hacer de la verdad una especie de lo bueno, el interrogante que al pragmatismo se le plantea es el de qué debemos entender por «utilidad». Precisamente el distanciamiento de Pierce se debió a que éste estaba convencido de la imposibilidad de una respuesta satisfactoria. Suponemos, por nuestra parte, que el «éxito», la «satisfacción», lo «útil», son términos cuya interpretación adecuada debe emprenderse desde el punto de vista biológico que, en general, abrazaron los autores aquí considerados. En conclusión, podemos ver en la teoría del conocimiento de William James, del médico William James, una respuesta empirista, tal vez la única posible, al trascendentalismo kantiano. El empirismo radical acoge la realidad empírica de las relaciones, dando así una primera batalla al sujeto trascendental. Pero la batalla decisiva, la gran aportación pragmatista a la teoría del conocimiento, consiste en el descubrimiento de la función trascendental del contexto de la acción instrumental posible (28). Con este hallazgo se pretende posibilitar un entendimiento del conocimiento natural que no apele para nada a la unidad de la apercepción. Pero una comprensión totalmente fundamentada del conocimiento le está vedada a James, a causa de su absoluto olvido de la esfera de la interacción comunicativa, la esfera propia del sujeto, sin la cual la misma acción instrumental termina por hundirse en el sinsentido (29).
(28) Las reflexiones habermasianas sobre la obra de Peirce en Erkenntnk und Interesse
 creemos son, en este punto al menos, extrapolables a la filosofía de James.
(29) Cfr. APEL, K.-O., Transformation der Philosophie. 2 vol., 
Suhrkamp, Frankfurt a. M., 1972-1973.

Desde luego, William James no recorrió este camino hasta el final. Pero sus vacilaciones no pueden hacernos pasar por alto su enorme esfuerzo por incardinar el conocimiento humano en la vida concreta y en el tiempo histórico.

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EnraHonar, 16. 1990. 89-104 An International Journal of Theoretical and Practical Reason.
"Conocimiento y verdad en el pragmatismo de William James"
Autor: Mariano L. Rodríguez

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