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viernes, 10 de marzo de 2017

Para una idea del constructivismo

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Para una conceptualización del constructivismo
por Ricardo López Pérez

El presente artículo propone una mirada retrospectiva al constructivismo, así como una aclaración respecto de los temas centrales de dicha postura.

Vincent Van Gogh, “Noche estrellada”, 1889 - Nueva York.
PRIMERO.
Fue Gregory Bateson el que expresó de la manera más directa y económica el sentido del constructivismo, al afirmar que la realidad es simplemente cosa de fe (1972). Dicho de una vez, la confianza enfrentada con la ontología.

Gregory Bateson
El constructivismo es una tendencia en la discusión epistemológica actual, sin duda, tal como se expresa en estos ejemplos breves. Paul Watzlawick: “Real es, al fin y al cabo, lo que es denominado real por un número suficientemente grande de hombres. En este sentido extremo, la realidad es una convención interpersonal” (1992: 17). Alfred Schutz: “En términos estrictos, los hechos puros y simples no existen” (1995: 36). Humberto Maturana y Francisco Varela: “Todo lo dicho es dicho por alguien. (...) Una explicación siempre es una proposición que reformula o recrea las observaciones de un fenómeno en un sistema de conceptos aceptables para un grupo de personas que comparten un criterio de validación” (1994: 14).

Ernst von Glasersfeld aclara que el constructivismo no niega la posibilidad de conocer, sino que propone otros términos para explicar estos procesos: “El constructivismo es una teoría del conocimiento activo, no una epistemología convencional que trata al conocimiento como una encarnación de la Verdad que refleja al mundo „en sí mismo‟, independiente del sujeto cognoscente” (1996: 25). Sobre esta base reconoce dos principios básicos: en un sentido, se entiende que el conocimiento no se recibe pasivamente, ni surge meramente de los sentidos, sino que es construido por el sujeto cognoscente; por otra parte, se concibe que la función de la cognición se orienta a la adaptación y sirve a la organización del mundo de la experiencia, y no al descubrimiento de una realidad ontológica y objetiva.

Humberto Maturana
De este modo, el conocimiento es una propuesta que responde a una forma de situarse frente a la experiencia. El constructivismo considera ingenua cualquier pretensión de atenerse al objeto con el propósito de generar una referencia indiscutible; de producir una estricta correspondencia entre el objeto tal como es y las representaciones mentales.

Al alero de la creencia en la existencia de una realidad independiente de la experiencia, con un orden y una regularidad, que por lo mismo puede ser conocida con certeza, hizo su exitosa carrera una cierta epistemología del objeto. Dominadora sin graves conflictos desde la modernidad, encuentra ahora un contrapeso en el constructivismo, cuyo centro está en el reconocimiento de la interdependencia entre observador y mundo observado. Se enfatiza ahora la dificultad para determinar si un enunciado se refiere al mundo “tal como es” o “tal como lo vemos”; se produce el cuestionamiento de las formas analíticas del pensar que acentúan exageradamente la distinción entre sujeto y objeto; y finalmente se llega al abandono de las concepciones esencialistas en las que el sentido de cada cosa es anterior a la experiencia.

No hay base para sostener la existencia de una verdad idéntica para todos, inmutable y eterna, y sólo podemos tratar con el mundo de la experiencia como la única realidad efectivamente accesible. Verdadero o falso son atribuciones que tienen sentido dentro de un universo específico de relaciones, y por tanto ocurren únicamente bajo condiciones sociales e históricas determinadas. El constructivismo niega la existencia de una mirada privilegiada, con autoridad para cerrar el paso a posturas alternativas, y establece carta de ciudadanía para el desacuerdo.

Se trata de una epistemología de evidente influencia. De manera explícita o implícita, de forma directa o innominada, el constructivismo ha tenido una fuerte presencia en la filosofía, las ciencias sociales, la historia, la comunicación y la educación.

SEGUNDO.
Pero el constructivismo no es nuevo, ni nació por generación espontánea. El vocablo es reciente, pero designa un antiguo asunto con larga historia. La tendencia a ver en la historia de la filosofía el despliegue de un realismo metafísico, olvida la temprana aparición de formulaciones de profundo sentido crítico y fundado escepticismo, que reaparecen una y otra vez como testimonio de un particular esfuerzo por comprender la experiencia bajo otros supuestos. Sólo a título ejemplar se pueden considerar algunos casos.

Francisco Varela
Durante el periodo clásico en Grecia, el sofista Protágoras, renunciando a cualquier criterio de objetividad, y abriendo un espacio ilimitado a la libertad de pensamiento, dirá: “En todas las cosas hay dos razones contrarias entre sí”. Enseguida, su verdadera carta de presentación, la sentencia con la que se inicia su texto Sobre la Verdad: “El hombre es la medida de todas las cosas. De las que existen, como existentes, de las que no existen, como no existente”. Surge así por primera vez una formulación del hombre como constructor de realidad, y una propuesta no determinista relativa al origen, sentido y valor del conocimiento: “La verdad es solamente aquello que se manifiesta ante la conciencia; nada es en y para sí, pues todo encierra simplemente una verdad relativa”. Protágoras no se dejó seducir por ningún esencialismo; los hombres son los únicos responsables del mundo en que viven: “Sobre lo justo y lo injusto, lo santo y lo no santo, estoy dispuesto a sostener con toda firmeza que, por naturaleza, no hay nada que lo sea esencialmente, sino que es el parecer de la colectividad el que se hace verdadero cuando se formula y durante todo el tiempo que dura ese parecer” (Ver Protágoras y Gorgias, 1980; Llanos, 1968).

En el período helenístico, se encuentra también un antecedente de notable interés. En el escepticismo, escuela filosófica nacida con Pirrón de Elis, se plantea por primera vez en forma sistemática un conjunto de argumentos para dudar de la posibilidad de un conocimiento objetivo, que se repetirán por siglos sin recordar a sus autores. El filósofo escéptico considera fracasado el intento de fijar un criterio firme para determinar la verdad o falsedad de las cosas. Estamos en presencia de una actitud radical que se levanta a partir de las pulsaciones de la duda, y desemboca en la suspensión del juicio y la liberación de la inquietud. La crítica se apoya en la convicción de que los hombres son incapaces de reconocer los objetos fuera de la percepción sensorial, y ésta no garantiza una aprehensión de las cosas tal como son. La percepción revela “lo que aparece”, pero no tenemos jamás testimonio directo de “lo que es”. De esta manera, si la naturaleza de las cosas no puede ser conocida, no existe una referencia sólida para decidir sobre la certeza del conocimiento (Ver Brochard, 1945; Chiesara, 2007).

Heinz Von Foerster
Hacia fines del siglo XIX, la lucidez de Nietzsche hará su parte enfatizando que no existen hechos sino interpretaciones: “Guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa patraña conceptual que ha creado un sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo. Guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como „razón pura‟, „espiritualidad absoluta‟, „conocimiento en sí‟: Aquí se nos pide siempre pensar en un ojo que de ninguna manera puede ser pensado, un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un conocer perspectivista” (1972a: 139). Ni la neutralidad y la objetividad son claras para Nietzsche: “Toda filosofía esconde también una filosofía; toda opinión es también un escondite, toda palabra también una máscara” (1972b: 249).

Desde una mirada más amplia, es interesante considerar también que, irónicamente, la misma modernidad que señaló el rumbo que culmina en el positivismo, también dejó una puerta abierta para una revisión permanente de la razón. No sólo porque consagró la duda y consolidó las bases de la crítica y la razón, sino especialmente porque despojó al universo de su sentido intrínseco. Una parte de la filosofía griega, de mayor influencia que la doctrina del hombre medida, observó el mundo como un todo ordenado, armonioso, bello y justo, al que llamó “cosmos”. Sin embargo, al quedar el mundo reducido a un todo de partes, a un mecanismo sin finalidad, carente de un sentido propio, se desplegó la posibilidad para que fuese el hombre quien pudiera aportar desde el exterior un orden que ya no aparece de modo esencial.

TERCERO.
Hay una gran diversidad en las distintas invocaciones al constructivismo, pero en todas ellas hay un sustrato invisible, un hilo de continuidad, en donde adquiere identidad la epistemología constructivista. Son dos los puntos que definen sus límites, un adentro y un afuera, por así decirlo, a partir de los cuales pueden desarrollarse múltiples variaciones y matices:

1. Conocimiento y experiencia son inseparables.
2. Hecho y valor no tienen una relación necesaria.

Es evidente que estos dos planteamientos se relacionan, pero pueden formularse por separado en la medida en que uno no contiene obligatoriamente al otro. En conjunto constituyen el sustento decantado de todo constructivismo. Ambas tesis parecen obvias, pero no olvidemos que lo son precisamente para una extendida sensibilidad modulada al tenor de estas interpretaciones cada vez más extendidas.

Ernst Von Glasersfeld
Un aspecto medular del constructivismo es reponer la unidad entre conocimiento y experiencia. La verdad objetiva, científica o de otra naturaleza, abre un espacio insalvable entre conocimiento y experiencia, porque uniforma, reduce los matices, reclama sumisión. Lo que es igual para todos por definición no ha podido surgir como resultado de la unicidad del ser humano, como individuo o grupo, y es indiferente que de quien sea la propuesta. El constructivismo reconoce toda forma de saber desde la consideración de un sujeto activo, con historia, que interactúa con otros sujetos y con el mundo que lo rodea, y no como una copia mecánica y replicable de algo preexistente.

Algunos constructivistas, sin embargo, a ratos llevan las cosas demasiado lejos, de modo que la crítica finalmente tropieza en su propio exceso. Heinz von Foerster, con una buena dosis de ironía, ha dicho que la objetividad equivale a pensar que puede haber observaciones sin observador, porque si todos pueden ver lo mismo no importa quien es el que ve. Se pretende desmontar así una bien constituida epistemología del objeto, pero el mismo autor a continuación reclama como respuesta una epistemología del sujeto: “Lo que necesitamos ahora es una descripción de „quien describe‟ o, en otras palabras, necesitamos una teoría del observador” (Citado por Segal, 1994: 56). De un extremo se salta al otro y el proyecto de desarrollar una interpretación articulada se desvanece. Lo mismo ocurre con Maturana cuando concluye que “el observador se encuentra a sí mismo como fuente de toda realidad” (1996: 60). Nuevamente aquí es el sujeto el que contiene toda la autoridad para producir el conocimiento, con absoluta independencia del mundo que lo rodea. La epistemología del objeto es reemplazada por una epistemología del sujeto: todo cambia para que nada cambie. De este modo no se consigue trascender el pensamiento dicotómico, más bien éste resulta fortalecido.

El aspecto central del constructivismo está dado por su interés en reconocer el fenómeno del conocimiento como resultado de una interdependencia entre observador y mundo observado. Por esta razón, la distinción propuesta por Watzlawick entre “una realidad de primer orden”, constituida por objetos cuya existencia es objetivamente verificable, y una “realidad de segundo orden”, relativa al sentido, significado y valor que se otorga esos objetos, pese a su simpleza, es expresiva, porque se sitúa en el cruce entre sujeto y objeto (1981).

Paul Watzlawick
El conocimiento es una construcción, y como tal refleja principalmente el tipo de dilemas que los seres humanos enfrentan en el curso de su experiencia. No se origina en la simple actividad de los sentidos, ni comienza en una mera acumulación de datos, sino con algún problema. El conocimiento expresa orientaciones y posee por tanto un importante valor de uso, puesto que está en conexión con las distintas maneras de actuar y de cumplir objetivos. Más aún, tiene poderosas implicaciones en la constitución de la experiencia social, debido a que determina formas de vivir y de convivir, formas de relacionarse, de colaboración o rechazo, de aceptación o negación. En último término tanto el encuentro como el exterminio, en los extremos de la relación humana, son realidades construidas a partir de determinados supuestos.

El conocimiento surge como construcción, pero rápidamente se separa de sus creadores. Se convierte a continuación en parte de la interacción y del mundo social; y pasa a tener repercusión sobre la vida de sus propios creadores. La interdependencia entre observador y mundo observado, cuya comprensión emprende el constructivismo, mantiene así una dinámica incesante en la que difícilmente podría volver a reponerse la distinción entre sujeto y objeto.

Los hechos no tienen peso propio; las conductas, los fenómenos y los objetos, no poseen de suyo un valor o un sentido. No hay una relación forzosa, obligada o natural, entre los hechos y la significación que adoptan en un contexto particular. Son los hombres, los grupos o las sociedades los que le otorgan o le niegan gravedad a los hechos. El Manual de Epicteto ya contiene esta concepción: “Los hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues, de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates, sino la opinión de que la muerte es terrible” (1991: 17).

En los distintos momentos de la experiencia de vida los seres humanos están obligados a elegir, a afirmar o negar, en una palabra, a valorar. Las preguntas que se pueden dirigir a los hechos son infinitas, y finalmente frente a ellos cada cual se sitúa de un modo particular en ese cruce impredecible de expectativas, fantasías y posibilidades. En cada caso, sean conscientes o no las personas, hay siempre un sistema de valoración operando.


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Ref. Revista Mad. N° 23, Septiembre de 2010.
Autor Dr. Ricardo López Pérez, Doctor en Filosofía, mención Epistemología de las Ciencias Sociales, Universidad de Chile. Investigador en el Centro de Estudios de la Creatividad y Educación Superior (Cices), Universidad de Santiago de Chile
» Imágenes: en orden descendente: Vincent Van Gogh, “Noche estrellada”, 1889 - Nueva York.. Gregory Bateson, Humberto Maturana, Francisco Varela, Heinz Von Foerster, Ernst Von Glasersfeld, Paul Watzlawick.
Bibliografía:
-Bateson, G. (1972). Pasos para una ecología de la mente. Buenos Aires: Carlos Lohlé.
-Brochard, V. (1945). Los escépticos griegos. Buenos Aires: Losada.
-Chiesara, M. L. (2007). Historia del escepticismo griego. Madrid: Siruela.
-Epicteto (1991). Enquiridión. Barcelona: Anthropos.
-Llanos, A. (1968). Los presocráticos y sus fragmentos. Buenos Aires: Juárez.
-López, R. (2003). Idea de constructivismo. Revista Praxis - Facultad de Psicología. Universidad Diego Portales, 3(5).
-Maturana, H. & Varela, F. (1994). El árbol del conocimiento. Santiago: Editorial Universitaria.
-Maturana, H. (1996). Realidad: la búsqueda de la objetividad o la persecución del argumento que obliga. En M. Pakman (Editor), Construcciones de la experiencia humana. Barcelona: Gedisa.
-Nietzsche, F. (1972a). La genealogía de la moral. Madrid: Alianza.
-Nietzsche, F. (1972b). Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza.
-Protágoras y Gorgias (1980). Fragmentos y testimonios. Buenos Aires: Hyspamérica.
-Schutz, A. (1995). El problema de la realidad social. Buenos Aires: Amorrortu.
-Segal, L. (1994). Soñar la realidad. El constructivismo de Heins von Foerster. Barcelona: Paidós.
-Von Foerster, H. (1991). Las semillas de la cibernética. Barcelona: Gedisa.
-Von Glasersfeld, E. (1996). Aspectos del constructivismo Radical. En M. Pakman (Editor), Construcciones de la experiencia humana. Barcelona: Gedisa.
-Watzlawick, P. (1981) ¿Es real la realidad?. Barcelona: Herder.
-Watzlawick, P. (1992). La coleta del Barón de Münchhausen. Barcelona: Herder.
-Watzlawick, P. (Editor). (1993). La realidad inventada. Buenos Aires: Gedisa.
-Watzlawick, P. & Krieg, P. (Editores). (1994). El ojo del observador. Barcelona: Gedisa.

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