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sábado, 11 de febrero de 2017

Republicanismo: La no dominación como ideal político

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La mejor presentación de un libro es la que el propio autor hace en función de sus objetivos; por eso me ha parecido interesante extraer esta pequeña exposición que hace el mismo Philip Pettit en su libro. Este libro presenta una alternativa a las teorías liberales y comunitaristas que han dominado la filosofía política de los últimos años. Una visión republicana de la libertad como no-dominación, contrastándola con las visiones negativa y positiva de la libertad, y un concepto que refuerza las relaciones entre el Estado y una sociedad civil basada en las virtudes cívicas y la confianza mutua, donde el Estado debe exponer continuamente sus decisiones al debate ciudadano.

"Republicanismo: Una teoría sobre la libertad y el gobierno"
Capítulo 3
LA NO-DOMINACIÓN COMO IDEAL POLÍTICO
por Philip Pettit

Ya tuvimos ocasión de ver en el capítulo 1 que cuando se habla de libertad y del valor de la libertad en la tradición republicana, el punto focal es la no-dominación: la condición en que viven ustedes cuando están en presencia de otros, pero a merced de ninguno. En el capítulo 2, vimos qué entraña exactamente, o más o menos exactamente, la no-dominación; atendimos en particular a los rasgos de la libertad como no-dominación que la distinguen de la idea, ahora preponderante, de libertad como no-interferencia.

Todas las diferencias proceden del hecho de que ustedes pueden ser dominados por alguien, como en el caso del esclavo afortunado o artero, sin que padezcan realmente de su interferencia; y ustedes pueden padecer la interferencia de alguna agencia, como en el caso de la sujeción a una forma adecuada de derecho y de gobierno, sin ser dominados por nadie.

Pero la tradición republicana no se limitó a ofrecer una interpretación distinta y específica de lo que entraña la libertad. Asignó a la libertad como no-dominación el papel de valor político supremo, y abrazó el supuesto de que la justificación de un estado coercitivo y potencialmente dominante consiste simplemente en que, propiamente constituido, es un régimen que sirve a la promoción de ese valor. “La libertad es el bien capital de la sociedad civil” (Gwyn 1965, 88). La tradición no propuso otro fin –otro fin legítimo– al estado, sino el de promover la libertad. Presentó el ideal de no-dominación como la única vara con que medir y juzgar la constitución social y política de una comunidad.

En este capítulo y en el siguiente, vuelvo de nuevo a la cuestión de por qué tenemos que reconocer en la no-dominación un valor con pretensiones específicas de desempeñar el papel de vara de medir y juzgar nuestras instituciones. En este capítulo se ofrecen los fundamentos que permiten argüir por qué y cómo la no-dominación ha de contar como ideal político, y el capítulo siguiente subraya los atractivos rasgos del ideal.

Este capítulo consta de tres secciones.
- En la primera mostraré por qué la libertad como no-dominación es un bien personal que prácticamente todos tienen razones para desear, y más generalmente, para apreciar.

- Luego sostendré que es algo que inherentemente concierne a las instituciones políticas, no algo cuya promoción por otros medios pueda dejarse en manos de los individuos.

- Y en tercer lugar, sostendré que la no-dominación es un objetivo que esas instituciones deberían tratar de promover, no una, restricción que tengan que respetar cuando persiguen otros objetivos; defenderé, pues, una versión consecuencialista del republicanismo.

Esta doctrina republicana, como veremos, es un consecuencialismo con una diferencia: nos permite decir que las instituciones que promueven la libertad, la no-dominación, de la gente, lo que hacen es constituir esa libertad, no causarla; la doctrina no tolera ningún hiato, causal o temporal, entre las instituciones cívicas y la libertad de los ciudadanos.

No hay nada en éste libro que explícitamente venga en apoyo de la tesis tradicional, según la cual la libertad como no-dominación es el único objetivo de que deben preocuparse nuestras instituciones políticas.

Pero mi propio punto de vista es que, una vez apreciamos la imponente –pero atractiva– remodelación de esas instituciones que requeriría la realización del ideal, acabaremos simpatizando con aquella tesis. Quienes se atienen a la libertad como no-interferencia, pero no quedan normativamente satisfechos con el estado mínimo, apelan generalmente a otros valores, que funcionan como criterios independientes de evaluación política: valores como la igualdad, el bienestar, la utilidad o cualquier otro.

La libertad como no-dominación no necesita análogo suplemento, pues, como veremos, exige ya de entrada a las instituciones que se compadezcan bien con valores como la libertad y el bienestar; no se necesita, pues, que esos valores sean independientemente introducidos como desiderata distintos.

Al resaltar los atractivos de la libertad como no-dominación, me limitaré a compararla con el ideal negativo de la libertad como no-interferencia, no con el ideal positivo del autocontrol. Si se interpreta la libertad positiva al modo populista, como participación democrática, difícilmente habrá que explicar ese descuido: pues este ideal participativo es inviable en el mundo moderno, y en cualquier caso, la perspectiva de que todos estén sometidos a la voluntad de todos no resulta muy atractiva.

Pero al limitarme a comparar la libertad como no-dominación con el ideal negativo de la no-interferencia, ignoraré también aquellas versiones del ideal positivo de autocontrol que lo interpretan en términos de autonomía personal. Y me siento obligado a justificar esta restricción de enfoque.

La libertad como autonomía personal puede resultar un valor muy atractivo, tal vez un bien intrínseco (Raz 1986); yo mismo me siento comprometido, con una versión del ideal de autonomía a la que llamo “ortonomía” (Pettit y Smith 1990, 1996). La libertad como autocontrol, sin embargo, es un ideal más proteico que el de la libertad como no-dominación; puede ciertamente darse la no-dominación sin que se dé personal, pero difícilmente se dará forma alguna significativa de autocontrol si hay dominación.

Además, la libertad como autocontrol personal debería ser facilitada, si no activamente promovida, por un estado que garantizara la libertad como no-dominación; es seguramente más fácil para las gentes conseguir autonomía cuando tienen garantías de que no serán dominados por otros. No sería, pues, un ejercicio útil comparar los atractivos de ambas libertades. Pues consistentemente con defender que el estado debe orientarse a la promoción de la libertad como no-dominación, no meramente a la de la libertad como no-interferencia, puedo felizmente admitir todos los atractivos de la libertad como autocontrol.

Huelga decir que hay una diferencia entre el punto de vista republicano que yo defiendo y la posición de quien sostuviera que el estado debe explícitamente abrazar el ideal, más proteico, de promover la autonomía personal de las gentes. Ese oponente argüiría que el tipo de estado que se requiere en punto a promover la no-dominación es una agencia demasiado austera para resultar atractiva o convincente, y que necesitamos cargar al estado con aquel ideal proteico, si pretendemos justificar las expectativas políticas que
tenemos derecho a abrigar.

Yo espero solamente que, una vez estos oponentes se aperciban cabalmente del formato global del estado republicano aquí defendido, y una vez comprendan que ese estado no puede sino facilitar el tesoro que para ellos es la autonomía, convendrán conmigo en que no hay necesidad de conferirle al estado responsabilidades explícitas en la promoción del autocontrol personal de las gentes. Espero, pues, que convengan conmigo en que se puede confiar en la capacidad de la gente para procurar por su propia autonomía, una vez se les garantiza la vida bajo un ordenamiento que les protege de la dominación de otros.

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Ref. Libro: Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno".
Autor Philip Pettit

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