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lunes, 27 de febrero de 2017

Antropología. Las representaciones del sí mismo

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Antropología filosófica. 
Las representaciones del sí mismo
de Jacinto Choza, (2002)
Reseña de la obra por Celso Sánchez Capdequí

Muchos de los conflictos sociales, culturales, religiosos y políticos que sacuden los frágiles cimientos de nuestra palpitante realidad obedecen a una misma razón: la capacidad de olvido inherente a la condición humana.

De ello hablaron con contundencia Adorno y Horkheimer para explicar los peligros que se esconden en cualquier proyecto humano inicialmente emancipador y finalmente dominador. No en vano, cuando se olvida que instituciones, simbolismos, representaciones, banderas, fronteras y demás tuvieron un principio en la contingencia de la historia se crean las condiciones que favorecen la naturalización de la realidad a la mano, que acentúan la inmutabilidad del hecho social y la inmortalidad de todo cuanto nos rodea. En estas situaciones es un lugar común privilegiar expresiones como «siempre ha sido así», «desde los orígenes», «la tradición dice», que, en el fondo, ponen de relieve, como afirmaba Freud, la zozobra que vive el espíritu humano ante la extinción, la caducidad y la fragilidad de todo lo que forma parte de su existencia. El miedo a la muerte obliga a acorazar su circunstancia con débiles muros constituidos por materiales como el miedo, la angustia, la proyección, el olvido y la naturalización y cuya vida apunta, como toda realidad dotada de principio, al decrépito final. Una de las aportaciones del excelente trabajo de Jacinto Choza titulado Antropología filosófica. Las representaciones del sí mismo va en esta dirección. No en vano, se trata de un libro que (nos) hace recordar, como forma privilegiada de conocimiento de la que hablaba Platón, la variedad expresiva y figurativa de que se ha dotado el hombre en un escenario histórico que no es otra cosa que la sucesión de sus propias representaciones. Su lectura hace visible al hombre de hoy el cúmulo de rostros de que se ha servido para forjar una vida tocada por el sentido, afectada por el valor, ansiosa de expresarse en acciones como la ritual, la litúrgica, la teatral, la cognitiva y la estetizante de nuestra posmodernidad.

El autor dedica páginas de un elevado nivel descriptivo cuando apunta el paso de la palabra ritual a la palabra mítica, cuando esboza el tránsito de la acción litúrgica a la representación teatral, cuando recuerda con maestría el enorme grado de inteligencia que se esconde en cualquiera de las expresiones del artista, que en su carcajada desvela la precariedad sobre la que se edifica toda clasificación social, cuando incide en el sueño fáustico del hombre moderno de asentar su aventura eminentemente cognitiva y veritativa en el fundamento del yo cartesiano o cuando analiza la sensibilidad posmoderna más afín a un modelo humano que libera la espontaneidad de las sacudidas emocionales del rigor que exige la búsqueda metódica de la verdad.

Tras la lectura del libro puede hablarse, en términos generales, de dos momentos clave en la historia (de la representación) del hombre que coinciden, por tanto, con sendos procesos de ruptura. Un primer momento, que remite al conjunto de representaciones del hombre que se realizan bajo la égida del paradigma ontoteológico, que, en expresión heideggeriana, presupone la existencia, desde Grecia hasta el final de la modernidad, de un fundamento a-histórico y supratemporal cuyo conocimiento, vía prescripción religiosa o metodización científica, convierte la vida humana en un ejercicio ascético que premia el autocontrol, la disciplina, el rigor y que amordaza las sensaciones, la fantasía, la iniciativa de la acción. Por otro lado, el autor se refiere al paradigma onto-sociológico, que, contemporáneo del amanecer de la sensibilidad posmoderna, hace perceptible el hecho de que toda clasificación social es oriunda de la espontaneidad de la interacción social cuya inextinguible creatividad siempre brota, renovando, de los costados de lo instituido.

El lenguaje ocupa, en este período de la historia humana una relevancia fuera de lugar, toda vez que el hombre posmoderno percibe con nitidez que no hay definición de la verdad, el bien, la belleza, el sí mismo sin la intervención creativa del lenguaje. Éste se convierte en la corriente anónima cargada de metáforas, cuyo componente evocativo y connotativo desata el actuar del hombre proponiendo usos, prácticas y juegos del lenguaje que organizan la experiencia, regulan el comportamiento y estabilizan la percepción del hombre. Más aún, toda forma de conciencia no es sino el producto tardío en que se condensa el aliento metafórico con el que se inicia la intervención del hombre en el mundo (ya propio y apropiado). El descubrimiento de ese punto cero del lenguaje en el que habita lo po(i)ético se corresponde con una sensibilidad humana que actúa desde la afección y la persuasión, que padece como paso previo y necesario para actuar. Se dibuja en este horizonte la hegemonía del homo patiens que se siente ligado al mundo por la interpelación afectiva no por la verdad, por la descarga emocional no por la cadena argumentativa, por lo accidental no por lo necesario.

En referencia a este último punto, el conjunto del trabajo sintoniza de fondo con una idea de hombre en la que éste no es nada distinto de sus representaciones, en la que es contemporáneo, en cada caso, del proceso creativo que padece y sufre en el brotar de una metáfora que turba y se apodera de sus actos. En diferentes ocasiones el autor subraya que no hay lugar para una substancia atemporal que soporte una definición canónica del hombre. Por lo mismo, que a todas sus representaciones les rodea una aureola de misterio que remite al mismo misterio de la creación que late en toda imagen y representación del hombre y, por ende, en la inexplicabilidad de sus representaciones. Éstas ni son copia de un mundo inteligible, ni prolongación de una substancia pensante, sino producciones, cuajos o solidificaciones provisionales de un fondo magmático, pasional e informalizable (algo así como el ser heideggeriano) que, desprovisto de conciencia lógica o moral, convierte al mundo en el lienzo en el que el hombre dibuja y anuncia sus avatares, perfiles y esperanzas en el decorado de la historia.

Esta reflexión introduce al autor en la cuestión epistemológica que, en buena lógica, interpela al conjunto de las ciencias humanas que tienen como objeto de estudio alguno de los aspectos que constituyen la experiencia humana. No en vano, al tratarse del sentido, de los sentidos, de las afecciones como los elementos desencadenantes de las acciones humanas, las pautas epistemológicas de las ciencias duras no parecen ser las más idóneas, ya que sus métodos ansían leyes generales y descansan en la reducción de la pluralidad a la unidad y de la diferencia a la identidad. Si bien es incuestionable que sus métodos de conocimiento proporcionan al hombre un mayor control sobre las circunstancias naturales y sociales que le rodean, la vida humana, la vida social y las acciones individuales ansían, tanto o más que el encuentro con la verdad, la expresión de su sentido, de su especificidad, de su singularidad. Por ello, las ciencias humanas precisan metodologías que, como la hermenéutica, promuevan un mejor conocimiento de las prácticas humanas sin, con ello, reducirlas a meros momentos o partes de una identidad que las acoge, las define desde fuera de sí mismas y, por ello, las vacía de substancia. Conocer al otro supone comprender sus motivaciones simbólicas, hurgar en sus mitos, profundizar en la cosmovisión que encarna su lenguaje, en definitiva, simpatizar con él, ponerse en su lugar, que no es ningún presunto soporte natural, sino un reducto cultural que le liga al mundo, a los otros y a sí mismo.

Amén de lo que el lector pueda aprender del complejo institucional y del conjunto de representaciones que han permitido diferenciar, singularizar y marcar en cada contexto cultural a ese animal cultural por naturaleza del que habla Gehlen en referencia al hombre, este libro dispone de una virtud insoslayable en nuestros días: la des-dogmatización del hecho social y de las identidades. Fruto, precisamente, de la tendencia humana al olvido, las prestaciones de este libro sobrepasan el territorio descriptivo y teórico para adentrarse en el de la re-velación (siguiendo el hilo de este relato, el del re-cuerdo). De hecho, ponen bien a las claras que el hombre y sus contextos sociales hacen pie en una contingencia que les hace posible e imposible al mismo tiempo. Más aún, des-vela que las potencias de la vida que promueven las representaciones del hombre también las absorben en su arrollador y ciego fluir. En este sentido, al hombre de nuestro período histórico sólo le vale volver sobre sus pasos, desandar lo andado y recordar que su ser no consiste en otra cosa que su representación y, por ende, que ésta es filial de un proceso anónimo e impersonal que nos pasa, nos afecta y nos ocurre sin ninguna capacidad de control racional sobre él. A esta noble y necesaria tarea de autoesclarecimiento humano y social contribuye este trabajo en una época que, atemorizada por la volatilidad e incertidumbre que lo impregna todo, se aferra al terreno firme de la tradición y a un pasado presuntamente eterno e inmaculado.

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Ref. Papers Revista de Sociología, 2002 Vol. 68 (2002)
Autor: Celso Sánchez Capdequí, Universidad Pública de Navarra, Departamento de Sociología.
Reseña de la obra de Jacinto Choza, (2002). Antropología filosófica. Las representaciones del sí mismo. Biblioteca Nueva.

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