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martes, 31 de enero de 2017

La Psicología Positiva, por Marino Pérez-Álvarez (4)

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Marino Pérez-Álvarez es Psicólogo clínico y Catedrático de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos en la Universidad de Oviedo.

La Psicología Positiva: Magia Simpática, por Marino Pérez-Álvarez
Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 -

LA INSOLVENCIA DE LA FELICIDAD COMO PRINCIPIO DE LA VIDA

La felicidad, cualquier cosa que sea, se ha convertido en el valor y mantra  sobre el que parece  gravitar la vida en  la sociedad  contemporánea. El giro de la felicidad cree sostenerse en un principio como el de la gravitación universal. Así como decimos que “todos los cuerpos tienden a caer hacia el centro de la tierra en virtud de la ley de la gravedad”, se dice  también  que “todos  los hombres quieren ser felices en virtud de una supuesta ley de la felicidad”. La formulación clásica  de este principio se encuentra en Séneca: “Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices,” (Sobre  la felicidad, frase inicial). Una versión comercial actual, de amplio  consumo popular,  la ofrece su Santidad el Dalai Lama urbi et orbi cuando  dice: “Creo que  el propósito fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad.” (El arte de la felicidad, p. 6). La PsP parece tomar este principio como un hecho o fenómeno natural y universal, como si la palabra “felicidad” de cada idioma nombrara una hebra natural del ser humano que cada época ha reconocido (eudaimonia, felicitas, happiness, felicidad, etc.).

Sin embargo, de acuerdo  con Bueno en el libro citado (Bueno, 2005), la felicidad no se puede  sustentar  como principio  sobre  el que  gravita  la vida  ni, para  el caso, como objeto científico según se lo apropia la PsP. Y como objetivo de  la  literatura  de  autoayuda, puede  que sea, más que propiamente  ayuda, engaño y autoengaño, y que tal literatura  sea, en realidad, literatura  basura. Un análisis  filosófico es imprescindible. Porque  la felicidad no es un campo  privativo de la psicología, como no sea incurriendo en la hipóstasis  o sustantivación al uso, que es como la felicidad se ha convertido en un tópico de proporciones  industriales.

No hay fenómenos sin plataformas  conceptuales

El análisis de Bueno empieza  por reconocer  el variado y heterogéneo campo  de la felicidad, que incluye los fenómenos  que se suelen identificar como experiencias  de felicidad, pero también todo un conjunto de estratos que envuelven a los fenómenos y los hacen ser lo que son. Lo que sea la felicidad se da entremezclado con otros fenómenos, entre  ellos los de  infelicidad  y tristeza,  sin los cuales ni siquiera  se constataría la propia felicidad. Por otro lado, los fenómenos forman parte de un conjunto de estratos. El planteamiento  de Bueno distingue cuatro  estratos en el estudio de cualquier fenómeno:  conceptos, ideas,  teorías y doctrinas  o concepciones  del mundo. La cuestión es que los fenómenos no se nos presentan  como realidades ahí  dadas, exentas,  ni siquiera  los truenos y relámpagos con los que Bueno ilustra esto magistralmente (El mito de la felicidad, pp. 52-53), sino que se constituyen como tales en virtud de  plataformas  conceptuales (conceptos, ideas, teorías y doctrinas). Por más que uno quiera mantenerse ateóricamente en el plano de los hechos o fenómenos, éstos no dejan  de estar conformados por el resto de estratos y de formar parte  in medias  res de ellos, por informales, confusos y oscuros que puedan ser, como son en el caso de la felicidad.

La felicidad al uso en el mapa mundi de las concepciones de la felicidad

En su análisis de las concepciones  de la felicidad, Bueno desarrolla un sistema consistente en  doce  modelos, prácticamente  exhaustivo, de todas las concepciones  dadas. El sistema resulta de cruzar  tres clases de teorías de la felicidad, según entienden  la relación entre felicidad e infelicidad,  con cuatro  grupos  de  doctrinas: espiritualistas y materialistas. Del resultado de esta clasificación im- porta destacar  aquí  el lugar que ocupa en  el mapa mundi de las concepciones  de la felicidad, la concepción actual de la felicidad, al uso por la PsP y la literatura de autoayuda. Importa también  calibrar  la consistencia  del principio  de  la  felicidad,  según  el cual, toda la gente quiere ser feliz.

En primer lugar, se observa una ruptura de la concepción actual  respecto  de las grandes  concepciones tradicionales (Aristóteles, estoicismo, Santo  Tomás, Espinosa), por  más que se citen como antecedentes. En general,  se trata de ci- tas, más que nada, pedantes  y ornamentales. En segundo lugar,  se observa  también  una  hipóstasis  o sustantivación de la felicidad, como fenómeno sobredimensionado y descontextualizado del campo  de la felicidad. Sin la plataforma  conceptual  que  tienen los modelos  tradicionales,  la felicidad al uso tiene un sentido ramplón,  subjetivista, utilitarista  o, como dice Bueno, canalla.  Se puede  adelantar que  Bueno no está  defendiendo  concepciones  anteriores, sino demoliendo el principio de felicidad.

La ruptura  y desprendimiento  de la felicidad  de concepciones  filosóficas tradicionales  y la consiguiente  hipostatización  y cristalización de la “concepción canalla”  las  sitúa  Bueno en  la  Ilustración, con  la  formulación de Kant (1724-1804). Kant habría  introducido la gran  separación de la felicidad subjetiva propia de la parte  sensible, de la objetiva propia  de la parte noble del entendimiento y la voluntad (El mito de la felicidad,  pp.  279-283). Con Kant y a partir de él, va a predominar la  felicidad  desvinculada  de  la  virtud. Es de añadir, de acuerdo  en este caso  con Martha  Nussbaum, que esta ruptura tiene también como enclave histórico  el utilitarismo de  Jeremy  Bentham  (1748- 1832), con  su reducción  de  la  felicidad  a  placeres  y satisfacciones,  base  de  la  concepción  seguida  por  la PsP (Nussbaum,  2008). El  celebrado aforismo  de Nietzsche  según el cual “El ser humano  no aspira  a la felicidad;  sólo el inglés hace eso.” (Crepúsculo de  los ídolos), seguramente está inspirado  por la doctrina utilitarista británica. A propósito de Bentham y su aritmética  del  placer  (“la mayor  felicidad  para   el mayor número”), Bueno destaca  la vinculación de la felicidad con  la Estadística como  ciencia  del  Estado  moderno. La “felicidad estadística”, antecesora de la actual ciencia  del bienestar,  vendría  a  dar  dimensiones  políticas a  la  “felicidad  canalla”  surgida  de  la  Ilustración (El mito de la felicidad, p. 341).

De acuerdo  con  las  concepciones  tradicionales, la felicidad estaba sostenida dentro de plataformas filosóficas  (metafísico-teológicas)  y en  conexión  con  el destino  y puesto del hombre en  el mundo. Por ello mismo, la  felicidad  estaba  vinculada  con  las virtudes y las actividades  humanas. Sin embargo, a  partir  de la  separación introducida  por  Kant y de  la  doctrina del utilitarismo, lo que sea  la felicidad entra  en la deriva del bienestar subjetivo, sobredimensionado respecto del resto de fenómenos psicológicos, descontextualizado de las circunstancias de la vida, reducido  a  unos cuantos  ítems y valorado  por la utilidad  para   esto  y lo otro  (a  menudo,  salud,  dinero  y amor).  La PsP y la literatura de autoayuda son la apoteosis de  esta  degeneración de  las concepciones  tradicionales  de felicidad. Es esta concepción  subjetivista y utilitarista a la que Bueno identifica como “felicidad canalla”  (El  mito de  la  felicidad,  pp.  276-279). Su denominación como “canalla”, por lo que  tiene  de canina  (“canalla”  del  latín canis, perro, a través  del italiano canaglia), quiere  referir el aspecto  de ir cada uno a lo suyo a sacar la mayor  satisfacción  del momento y de la oportunidad, siendo que la felicidad está en los tiempos modernos  desvinculada  de cualquier virtud inserta en  un orden  más  amplio  (cosmológico, teológico-político), según  lo estaba en las concepciones tradicionales.

La plataforma ideológica de la felicidad actual

¿Cuál es la plataforma  conceptual de la concepción de felicidad actual? Carente de las plataformas  religioso-filosóficas tradicionales,  la plataforma  de la felicidad al uso no es otra que el individualismo “positivo”, el cual incluye la metafísica de la religión estadounidense y la doctrina del utilitarismo,  por  lo que  respecta  a  las raíces  históricas,  y la ideología  neoliberal  propia  de la sociedad  de bienestar  y del capitalismo consumista, por lo que respecta  a la cobertura ideológica actual (Cabanas y Sánchez,  2012). La literatura de la PsP y la literatura de autoayuda (si es que se pueden  diferenciar)  proporcionan la textura y el discurso que constituyen el fenómeno de la felicidad, a nivel individual, social y cultural, con sus dimensiones políticas (ideo- logía) y proporciones  industriales (industria de la felicidad). La “ciencia” de la felicidad y del bienestar,  lejos de describir hechos y realidades ahí dadas, las constituye, propaga y amasa. Y así crea  el “puré” hiperreflexivo que la gente tiene acerca  de cómo ser feliz, saber  cuánto lo eres, el ca- mino de la felicidad, las claves de la felicidad, el viaje al optimismo, etc., según la gente está empeñada en ser feliz, en vez de ser normal.

No es inevitable sucumbir a la felicidad

Aun cuando  se asuma  la brevedad de la vida y se descarten  las concepciones  tradicionales  por  espirituales  y metafísicas, la “felicidad canalla” no es inevitable. Como dice Bueno: “Tan lógico sería atenerse, en esta vida breve, no ya a la perspectiva de la felicidad, sino a cualquier otra cosa,  por  ejemplo,  al  interés  por  lo que ocurre,  ya me proporcione  placer  o dolor; al interés por la edificación de una torre, de un Estado o de una sonata, o al interés por el cultivo de un huerto o de un ternero,  y tanto  si ello me da  felicidad  como  si me exige interminables  esfuerzos. Sólo el canalla  mantiene  este instinto de hiena  que busca  aprovecharse de los despojos; que  busca  también “resarcirse”  o “vengarse” de  la supuesta  pérdida  de  unos bienes  que  consideraba propios, pero que se le han escapado.” (El mito de la felicidad,  p. 278).

La felicidad  al uso por la ciencia de la felicidad y del bienestar,  aparte  de la simplificación y acoso  a  que da lugar, puede  que sea una impostura. Simplificación es la reducción  de la felicidad o el bienestar  a una  respuesta (por ejemplo, “muy satisfecho”, “satisfecho”, “poco satis- fecho”, “nada  satisfecho”) ante  preguntas  del tipo “consideradas todas las cosas, ¿cuánto de satisfecho está con la vida  actualmente”?  Preguntas  de  este tipo tienen  un tanto de acoso (bullying), de acuerdo  con Nussbaum, en la medida  en que fuerzan  a la gente  a fundir experiencias de muy diverso tipo en una unidad  simple, en nombre  de  una  supuesta  medida  científica (Nussbaum, 2008, p. 86).

En cuanto a la impostura, puede  que la felicidad no tenga sentido más que después  de muerto, según son efímeros y hasta caprichosos  los placeres,  las satisfacciones y el bienestar.  Los propios  términos de felicidad en español  y latín (felicitas, beatitudo,  laetitia) están ligados  a fenómenos, por cierto, objetivos, que tienen que ver con la abundancia  agrícola  y ganadera, por contraste con épocas  de penuria,  como recuerda  Bueno, no antes  sin recordar  el parentesco  etimológico de  la “felicidad”  con lactancia (“bebé feliz”) y felatio (El mito de la felicidad, pp. 60-64, 76-80).

El término inglés happiness, como también recuerda Bueno, sugiere alegrías  casuales y pasajeras, en su relación con happen, acontecer,  suceder,  con hap,  lance, ocasión,  casualidad, y con haphazard, suerte, azar (El mito de la felicidad, pp. 84-86).  Siendo la felicidad pasa- jera  y azarosa, una  vida feliz no se puede  certificar más que después de la muerte. Nadie  se puede considerar  feliz en vida, porque no sabe cómo va a acabar. Recuérdese la célebre historia de Solón y Creso, recordada y analizada en El mito de la felicidad (Tabla 5).


Demolición del principio de felicidad

El  planteamiento de Bueno va dirigido a la trituración  del principio  de  felicidad (“todos  los hombres quieren ser felices”). Lejos de su apariencia inofensiva y presentación  como idea-fuerza de atracción  universal, el principio  de felicidad  es en realidad un principio ideológico, “bajo cuyo pabellón —dice Bueno— actúan  intereses  muy distintos,  no  siempre compatibles  entre  sí, y muchas  veces  repugnantes o canallas.”  (El  mito de  la felicidad,  p.  309).  Para  empezar, nadie  sabe  qué  es  la  felicidad.  Como  dice Aristóteles, “unos la consideran  una  de las cosas  visibles y manifiestas,  como el placer,  la riqueza  o el honor;  otros,  otras  cosas,  y  a  menudo  una  misma persona  la tiene por  cosas  diferentes:  la salud,  cuan- do está enfermo, y la riqueza  cuando  es pobre.”  (Ética  a  Nicómaco,   I, iv). Todos quieren  vivir felices, decía  Séneca  y añade, “pero  al ir a  descubrir  lo que hace feliz, van a tientas;” (Sobre la felicidad).

La desenvoltura  con  que  la  literatura  de  la  PsP y de autoayuda hablan  de  la  felicidad  no  puede  ser  más que una maniobra de “mala fe” sartriana. Para  no enfrentarse  a  su propia  vaciedad, esta literatura  engaña y se autoengaña,  presentando lo que  no  es,  como  si existiera,  y lo que  es, como si no existiera.  Es en este sentido sartriano  en el que dice Bueno que el principio de  felicidad  y la idea  misma de  felicidad  son productos de mala  fe (El mito de la felicidad,  p. 311).  Se entiende que es así, después del examen lógico y gnoseológico  del principio de felicidad, que muestra y demuestra  su vaciedad. Mientras  que  el sujeto “todos los hombres”  es indeterminado, por  abstracto  y genérico, como para  ser sujeto de predicados humanos, el predicado “felicidad” es vacío,  incompleto, sin categorización, y pide resolverse en muy diferentes contenidos o valores, contrapuestos  muchas  veces entre sí. El principio de felicidad  se tendrá  que  resolver en enunciados  con sentido determinado. Pero, al hacerlo,  habrá situaciones humanas en las que no se busca la felicidad sino, por ejemplo, sobrevivir o cumplir con el deber,  aunque  tenga connotaciones  infelices (El  mito de la felicidad, p. 336). En todo caso, lo que sea la felicidad será cualquier cosa, difícil de compaginar den- tro de  la  misma  idea. La felicidad  trágica  de  quien lleva a cabo  una venganza seguramente no es del mismo tipo que la felicidad cursi de quien contempla una puesta de sol.

Siendo tan diversos y divergentes los contenidos del predicado felicidad o deseo  de felicidad, lo único que pudieran  tener en común es el sentimiento de satisfacción, agrado, contento,  alegría,  goce  que  parece  habrá  de  acompañar a  cualquier  valor  concreto  en  el que se determina la felicidad. El problema es que el sentimiento de  felicidad  es más  un acompañante oblicuo  que  constituyente propiamente   de  los valores  y contenidos  de  felicidad.  Parafraseando a  Nietzsche, “no  todos  persiguen  la  felicidad,  sólo los que  leen libros de autoayuda”. Y aun éstos buscando  la felicidad se hacen  infelices, seguramente porque  se distraen  de las  cosas  importantes  de  la  vida  y no  hacen  sino ru- miar  literatura  basura. Los demás  se dedican  al  que- hacer  de la vida, que no es poco.  “La reducción  de un valor de  felicidad  a  su “disfrute” o “goce” —dice  Bueno— no  es sino psicologismo  grosero,  porque  el valor de la felicidad consiste, en general,  en algo  específico que  suele  estar  situado  en  un espacio  “más  allá”  del acto  de  disfrutar o gozar.”  “La interpretación  psicologista de la felicidad es, según  esto, mucho menos que una teoría: puede  ser simplemente un síntoma de pereza  o de  penuria  intelectual.”  (El  mito de  la  felicidad, pp. 259  y 260).

La unificación de los valores de felicidad desde  el sentimiento supone  una operación  de hipóstasis o sustantivación,  por  la  que  componentes  subjetivos oblícuos pasan  a  representar el contenido  recto o sustantivo de la felicidad. Este mecanismo hipostático por el que una parte  genérica  asume  los contenidos  específicos  sería similar a la elevación de la encuadernación de un libro como representación ecualizada de sus contenidos,  sin los cuales, sin embargo, el libro no existe propiamente. Esta vaciedad sentimentalista no ha impedido,  sino que acaso  ha posibilitado  el atractivo y la simpatía que sus- cita la felicidad en la sociedad  actual, en manos de po- líticos, oradores motivacionales, hapiólogos  y emprendedores de la industria de la felicidad. Y la PsP como  ciencia  del  ramo.  “En consecuencia—dice Bueno— sobreentender,  y mucho más, enunciar explícitamente el principio de felicidad como el verdadero objetivo práctico del Género humano,  que los predicadores, los políticos y los psicagogos intentan propagar, como  programa en  el cual  todos  los hombres pueden encontrar el acuerdo y la paz, el Principio universal de felicidad, no hacen sino aproximarse al terreno de la impostura, o simplemente de la estupidez.” (El mito de la felicidad, p. 362).

De hecho, el principio de felicidad no es empírico, sino normativo, impositivo: una tiranía. ¿Quién  ha  preguntado  a todos  los hombres y mujeres  si  están buscando la felicidad? Ni siquiera  las grandes  concepciones de la felicidad esperan  que ésta sea  alcanzable por el común de los mortales, según la felicidad estaba ligada  a  la virtud (y no a  la diversión) y a  la contemplación  propia  del sabio,  no  de  cualquiera, como  en Aristóteles. ¿Dónde estaba  el bien supremo de la felicidad  para  los esclavos? Además, ya sabemos  lo que le pasó  a  Creso. Otro tanto se podría decir de las concepciones del estoicismo y de  Espinosa. Acaso  la concepción de Santo Tomás da cabida al  principio  de felicidad, en la medida  en que todos pueden  ser felices en el amor de Dios, a través de la Iglesia. Pero, siendo la de Santo Tomás una verdadera teoría,  por su arquitectura formal, no es una teoría verdadera, dado su carácter teológico y mitológico.

Por otro parte,  algunas  personas  cuando  se sienten felices se incomodan  al ver que  su vida está  “apalancada”,  sin hacer  algo  interesante  (Nussbaum,  2008, p. 87).  “Nada más insoportable  que varios días  seguidos de  felicidad”,  sentenció  Goethe,  y repitió  Bernard Shaw:  “No  hay  nada más  fastidioso que  una  serie de días felices, no se los deseo  ni a mi peor  enemigo”  (citados  en El mito de la felicidad,  p. 240).  Según puede haber  infelicidad  en la felicidad,  también  cabe  concebir la felicidad de la infelicidad,  referida  al disfrute de la melancolía  (Schmid, 2010). Decían Miguel Ángel en el siglo XVI: “Mi alegría  es la melancolía”,  y Víctor Hugo  en el XIX:  “La melancolía  es el placer  de  estar  triste.” El deber del spleen, no el de la felicidad, guiaba a Baudelaire  y a  tantos  otros.  Siendo  aburrida la  felicidad  y su búsqueda un problema  añadido, Eric Wilson ha hecho un elogio de la melancolía de interés para  los tiempos actuales  dominados  por la felicidad en su libro Contra  la felicidad.  En defensa  de la melancolía  (Wilson,  2008). De acuerdo  con  Fernando  Colina:  “un mundo  sin melancolía,  es decir,  sin nostalgia,  sin aburrimiento,  sin espera, sin pereza y sin la  inclinación constitutiva de pensar  las cosas hasta  el final, es un espacio  abonado para  la emergencia  exponencial  de las llamadas  depresiones.” (Melancolía y paranoia, p. 49; Colina, 2011)

El principio de felicidad funciona como una  norma, a la que  parece  que  tiene que  atenerse  la gente.  El  alto porcentaje  de gente  que dice ser feliz en las encuestas no casa  con los datos  de incidencia  de depresión,  ansiedad,   enfermedades de  todo  tipo,  crisis, paro, circunstancias  adversas, además de la  cantidad  de quienes leen libros de autoayuda que se supone  todavía no son felices, etc. ¿Por qué  dicen que  son felices?

Aparte  de porque  han  preguntado y es un tema en circulación, seguramente, porque si no pensarían los de- más  y creerían ellos mismos que  son unos fracasados, según  la  felicidad  se ha  transformado  en  una  norma, en una época  en que reina la “felicidad despótica”, según  Gilles Lipovetsky en La felicidad  paradójica (Lipo- vertsky, 2007, p.  323). Como  dicen  Miguel Costa  y Ernesto López: “Con  la  solemne  proclamación  de  las emociones  positivas,  y en  particular,  de  la  felicidad, como  la  nueva  Ítaca  a  la  que  todos  debemos  llevar nuestra nave, podemos estar provocando paradójica- mente, una epidemia de frustración y de emociones negativas  en  todos  aquellos  que  viven como una calamidad no haberla  alcanzado todavía” (Costa y Ló- pez,  2008, p. 97).  El propio Odiseo (Ulises) eligió volver a Ítaca asumiendo  las  penalidades de  la  vida, a pesar  de que Calipso, la de lindas trenzas,  le aseguraba una vida paradisíaca, eternamente joven (Odisea, VII, 260).
“¡Qué importa la felicidad!, respondió Zaratustra. Hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra” (Así habló  Zaratustra, 321).

Referencia: Papeles del Psicólogo, 2012. Vol. 33(3), pp. 183-201 .
por Marino Pérez-Álvarez 
- Los libros referenciados al final del artículo original en pdf.
- Imagen.1. anónima combinada
- imagen tabla 5, extraída del artículo original
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