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martes, 31 de enero de 2017

La Psicología Positiva, por Marino Pérez-Álvarez (2)

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Marino Pérez-Álvarez es Psicólogo clínico y Catedrático de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos en la Universidad de Oviedo.

La Psicología Positiva: Magia Simpática, por Marino Pérez-Álvarez
Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 -

LA PsP : ALFORJAS PARA NADA

A pesar de su alarde científico, la PsP como ciencia deja mucho que desear. De hecho, fue criticada por flaquezas científicas de todo tipo, a lo que se ve, en vano, empezando por el artículo ya clásico de Richard Lazarus bajo el título “Does the positive psychology movement have legs?” (Lazarus, 2003b). La PsP sigue adelante  plagada de premisas pseudocientíficas, amén de argumentos  tautológicos (poco menos que decir que estar bien produce bienestar  o que el bienestar está relacionado con la satisfacción), abuso de  correlaciones  como si fueran  relaciones  causales (dando a entender, por ejemplo, que el bienestar  produce salud en vez de la salud bienestar, si es que a  veces no son lo mismo o ambos  dependen de  terceras  variables), experimentos sin especial fundamento teórico ni controles desafiantes,  hallazgos  de sentido común, poco menos que demostrar  que  estar  bien  es más  satisfactorio  que  estar mal, etc. (Fernández-Ríos y Cornes, 2009; Fernández-Ríos y Novo,  2012; Kristjánsson, 2010; Miller, 2008; Prieto- Ursúa, 2006).

La PsP como forma de brujería

La PsP es una mina para  encontrar  en psicología ejemplos por  los que  Stanislav Andreski identificó “las cien- cias  sociales  como  formas  de  brujería”,  referido en  su caso sobre todo a la sociología y la economía,  en la medida  en  que  demuestran  obviedades con gran  aparato metodológico (Andreski, 1972). Así, en la literatura  de PsP no es difícil encontrar  hallazgos  del tipo de que “las personas  que muestran una mayor satisfacción percibida en dichas  necesidades básicas  presentan  mayores  niveles de  bienestar  cotidianos”, así como que  “las fluctuaciones diarias en la satisfacción de dichas necesidades se asocian a fluctuaciones en el bienestar experimentado día a día.”  “De igual forma, varios estudios han mostrado que presentan  mayores  niveles de bienestar  aquellas personas  que presentan  metas coherentes  con sus intereses,  valores  y necesidades” (Vázquez,  Hervás  y Ho, 2006, p. 411), como si lo contrario  fuera  lo esperable. “Por ejemplo, una pareja o un matrimonio serán más satisfactorios si sus miembros  son  capaces de  permitir y promover  mutuamente  la satisfacción  en  las seis áreas de  bienestar  psicológico.  Asimismo, una  organización empresarial  o un colegio  generarán más  bienestar  si aportan  los nutrientes necesarios  para  generar  satisfacción en cada  una  de las áreas  de bienestar  propuestas por Ryff.” (Hervás, 2009, p. 33).  Igualmente, un econo- mista sería infalible si dijera  que una pareja o matrimonio tiene más dinero en la medida  en que sus miembros aporten  más  ingresos, etc. A propósito de una  terapia de calidad  de vida se plantea  la relación  entre,  por un lado, “satisfacción  con su vida”,  por  otro,  “bienestar  o felicidad” y todavía  por otro “emociones  positivas”. Da- da  una  combinatoria  de  estas  variables,  no resulta  tan fácil saber  cuál es la científica o, para  el caso,  la original  del modelo  (Tabla 2).  La solución en  Hervás,  Sán- chez y Vázquez  (2008, p. 65).

Un estudio  realizado por  el Instituto Coca-Cola  de  la Felicidad y la Universidad  Complutense de Madrid,  con el objetivo, entre otros, de encontrar  las relaciones  existentes entre el estado de salud percibido y el nivel de felicidad  de  los españoles  y si las  personas  felices son menos proclives a los problemas  de salud, concluye que, ante  un problema  de salud,  las personas  más felices se sienten más saludables  que los menos felices. También se confirma la relación  entre bienestar  y salud  y la importancia de familia y amigos como factor que ayuda  a sentirse bien.  (Instituto Coca-Cola  de  la  Felicidad,  2012). Nada que  reprochar a  Coca-Cola,  que  quiera  hacerse propaganda  asociándose con el tirón que  tiene hoy la felicidad,  pero  sería  lamentable  que  semejantes  hallazgos fueran  resultado  de estudios bendecidos  por  Agencias Nacionales y financiados  con dinero  público y que nuevas  generaciones de  investigadores  en  psicología creyeran  que es interesante  estudiar  y encontrar  asociaciones entre satisfacción, bienestar  y sentirse bien.

La falacia  de la ecuación  de la felicidad

Una socorrida  ecuación  de la felicidad circula en la literatura  de  la PsP, incluyendo  los libros de  los autores más serios. Así, por ejemplo, se encuentra  en La auténtica  felicidad  de Seligman,  en Psicología positiva aplica- da  de Carmelo Vázquez  y Gonzalo  Hervás (2009)  y en La ciencia  de  la felicidad  de  Lyubomirsky. Repárese  en su uso por parte de Lyubomirsky. La autora  de La ciencia de la felicidad, después  de decir que la estrella de su libro “es la ciencia” y de autopresentarse como “científica dedicada a la investigación” y no “gurú de autoayuda”, dando  a entender  que lo que va a decir está fundado, lo cierto es que ya en el primer capítulo empieza  con afirmaciones  pseudocientíficas. Así, en el primer capítulo titulado  “¿Se puede  ser más  feliz?”, parte de la citada “ecuación  de la felicidad”, según la cual la Felicidad (H, de happiness) depende de la Situación de partida (S) determinada genéticamente  (S = 50%), de  las Circunstancias de la vida (C = 10%) y de nuestra Actividad deli- berada (A), “lo que hacemos en nuestra vida cotidiana  y de nuestra  manera  de pensar” (A = 40%). H = S + C + A. La respuesta  al título del capítulo es que se puede ser un 40% más feliz de la situación de partida.

La cuestión aquí  es que, por  más  que  se citan estudios que supuestamente  la fundamentan, semejante ecuación es completamente gratuita, pseudocientífica.  Barbara Ehrenreich confrontó a Seligman sobre la naturaleza de esta ecuación  sin que pudiera  dar  cuenta  de ella (Ehrenreich, 2011, p. 189). Sin ir más  lejos, las unidades  para  H (“¿quizá  la  cantidad  de  pensamientos  de  felicidad  al día?”) tendrían  que ser las mismas que para  S, C y A, a fin de  no confundir peras  con manzanas. La verdad  es que la ecuación  de la felicidad no tiene más rigor que la hoja  de  servicios de  aquel  soldado  de  Napoleón que  al parecer  sumó la edad,  las batallas  ganadas y las heridas recibidas (sea, por ejemplo, 60 + 14 + 8 = 82). Dentro de su gratuidad, la ecuación revela el carácter  conservador  y subjetivista de  la ciencia  de  la felicidad, con el presunto 50% genético, el escaso valor de las circunstancias y, respecto  a  la actividad  deliberada, el énfasis  en el pensamiento (lo que tu pienses). Como se dice en La ciencia del bienestar: “a pesar de lo que pudiera  esperarse, otros factores económicos (como el acceso  a agua  potable  o nive- les de  malnutrición), relacionados con la libertad  (por ejemplo,  la posibilidad  de  divorcio, derecho  al aborto  o tasas  de suicidio), con la igualdad y el clima social (tasas de analfabetismo, confianza  en la familia y otras  instituciones o tasas de desigualdad social, etc.) o con la presión demográfica  (tasa  de  natalidad, densidad de  población, etc.) no parecen  guardar relación significativa con la felicidad  de  la gente”  (Vázquez  y Hervás,  2009b, p.  131, énfasis en el original).


Con todo, la ecuación  de la felicidad no impide su uso político. Así, Lyubomirsky hace  referencia  al  Reino de Bután, “el último reino budista del Himalaya”, que según parece  ha  adoptado la Felicidad  Interior Bruta, en  vez del PIB, como criterio de estado  de bienestar.  En la mis- ma línea está la propuesta  del Lord Richard Layard, economista de la London School of Economics, inspirado  y aclamado por Seligman en La vida que florece. No está claro cómo lo hace el rey de Bután, pero la cuestión que se plantearía, de acuerdo  con la ecuación,  es que la re- forma política solamente podría  mejorar el 10% de felicidad,  a no ser que incluya la dotación  a cada  ciudadano de unas gafas  que les permita  ver las cosas,  por así de- cir, de color de rosa, para  el caso, con optimismo, con lo que la mejoría sería del 40%, que sumada  al 10% de las circunstancias  haría  el 50%. Como se dice en La ciencia del bienestar,  gracias  a  la PsP ya  “existen cristales correctores  que  nos pueden  ayudar  a  encontrar  [...]  esa pequeña isla denominada felicidad”, de modo que “de- cidir usarlos  depende  sólo de  ti” (Fernández-Berrocal  y Extremera,  2009, p.  252).  Un buen  rey, como supone- mos al de Bután, animará a sus ciudadanos y ciudada- nas a que usen las gafas de la felicidad, es decir, contratará hapiólogos  para  el sistema de educación  y de salud,  que harán, es de suponer,  abundantes cursillos y talleres de felicidad, como en tiempos con la autoestima. El que no sea feliz, será porque  no quiere.

Por otra parte,  como una muestra más de la gratuidad de la ecuación  de la felicidad, Lyubomirsky, después  de decir, por ejemplo, que ni más dinero ni una relación de pareja “te hacen  mucho más feliz” (p. 30),  señala  unas páginas más adelante, sin salir del primer capítulo,  que entre las “ventajas de ser más feliz” (además  de sentirse bien) están  las mayores  “probabilidades de  casarse  y conservar  el matrimonio”  y de  “conseguir  mejores  sueldos”  (pp.  41-42).  Seligman  también  habla  de  la felicidad  “más  allá  del  dinero”,  en  La vida  que  florece, diciendo  por un lado que el dinero  no da  la felicidad y, por otro, que entre las ventajas  de ser feliz está la probabilidad de ganar más dinero.

En fin, sin ni siquiera  pasar  del primer capítulo de La ciencia de la felicidad, se puede ver que se trata de retórica cientifista. Lo malo, aunque  bueno para  esta literatura,  es que la gente no repara en nada sino que la toma como  literatura  científica. Va a  ser cierto lo que  dicen Luis Fernández-Ríos  y Mercedes  Novo,  refiriéndose  en particular  a  la recepción  acrítica  de  la PsP en  España, que tal parece  que, “en muchas ocasiones,  la psicología española hubiese  dejado  de pensar.”  (Fernández-Ríos  y Novo, 2012, p. 337).

Carencia de carácter positivo inherente de los rasgos psicológicos

Además de la falacia  de la ecuación  de la felicidad, la PsP falla en  su asunción  central  acerca  de  que  ciertos rasgos  y procesos  psicológicos  como  el optimismo, el perdón,  la interpretación  benevolente  y la bondad son inherentemente  positivos y beneficiosos  para  el bienestar,  cuando  la evidencia  muestra  que todo depende  del contexto; de modo que hay circunstancias  en las que dichas  características  son negativas  y perjudiciales,  como muestran  James  McNulty y Frank Fincham (McNulty y Fincham, 2012). La evidencia  que examinan  McNulty y Fincham poniendo en evidencia las bases  de la PsP deriva sobre todo de estudios longitudinales de relaciones de pareja maritales.

Así, por  ejemplo,  las  expectativas  optimistas  sobre cambios en la satisfacción marital dependen de la habilidad  de los cónyuges para  confirmarlas. No por ser optimista ni recibir  una  infusión de  optimismo mejora  una relación de pareja. De otra parte,  los optimistas son me- nos propensos  a desengancharse del juego, incluso después de una larga experiencia  de pérdidas. Ser optimista puede  ser la perdición  de un jugador,  y no sólo de jugadores empedernidos, como se verá  más  adelante a propósito del optimismo sin escrúpulos. El perdón es un proceso  que  puede  ser beneficioso  o perjudicial dependiendo de las características  de la relación en que ocurre.  Si bien el perdón  ayuda  a mantener  la satisfacción de parejas que rara  vez se enganchan en conductas hostiles, está  asociado con  creciente  insatisfacción  en aquéllas  que tienen riñas frecuentemente.  Hasta la teología pastoral,  que saluda  a la PsP como “uno de los nuestros”, amonesta  a  Seligman  por  su excesiva  confianza en el perdón,  siendo que a veces puede  ser más dañino que  beneficioso  (Moschella,  2011, p.  8).  (Dada  esta amonestación, tal parece  que  Seligman  es más  papista que la teología pastoral.)  La interpretación  de las causas de experiencias  negativas  de manera  favorable  no siempre  es beneficiosa.  Las interpretaciones  más  benevolentes  (por  ejemplo,  creyendo  que  la  pareja no  fue responsable de una  conducta  indeseable)  contribuyen a la satisfacción de la relación  cuando  los problemas  son menores, pero cuando  se trata de problemas  más graves las interpretaciones  menos benevolentes  son más  positivas. Por otro lado,  las interpretaciones  optimistas de las conductas  negativas  de  uno  mismo pueden  socavar  la motivación para  buscar  mejoras.  Hasta  la bondad puede tener implicaciones perniciosas.  Mientras que la bondad  infinita puede  propiciar  el abuso  de  los demás, la falta de bondad o poca amabilidad (consistente, por ejemplo, en rechazo o crítica) puede  ser beneficiosa  en las discusiones de pareja.

En definitiva, los llamados  procesos  positivos pueden ser a veces perjudiciales,  mientras que los que se supone son negativos pueden  ser en ocasiones beneficiosos para el bienestar  (McNulty y Fincham, 2012). Todo depende del contexto en el que ocurren  y nada parece  ser inherente per se, contrario  al esencialismo e ingenuidad que parece  presidir la “hapiología”. Los procesos que benefician a la gente en circunstancias  óptimas pueden  perjudicar a la gente en circunstancias subóptimas. Como concluyen estos autores:  “un entendimiento  cabal  de  la condición  humana  requiere  reconocer  que  los rasgos  y procesos  psicológicos no son inherentemente  positivos o negativos —si  tienen  implicaciones  positivas o negativas depende  del contexto en el que operan. La psicología no es positiva  o  negativa— la  psicología  es psicología.” (McNulty y Fincham, 2012, pp. 107-108).

Después  de  más  de  una  década, la PsP sigue  siendo una ciencia sin pies ni cabeza, de acuerdo  con la primera  gran  crítica recibida  (Lazarus,  2003b). Una  crítica que fue recibida  como avispas  a las que se les remueve el nido, según refiere el propio Lazarus en su réplica (Lazarus,  2003b, p.174). Lo que sí tiene la PsP son pies ligeros  para   aprovechar su gran  momento  y seguir adelante  (Lyubomirsky y Abbe,  2003, p. 135),  como si nada, sin fundamento  y por alusiones sin cabeza. Si no hay nada inherentemente  positivo en los rasgos  psicológicos y todo depende  del contexto, como parece,  nos encontramos  de nuevo con la psicología  de siempre. Para este viaje no hacían falta alforjas.

EN CUANTO A SU UTILIDAD, COSMÉTICA Y PLACEBO, MÁS QUE NADA

La PsP puede  que  tenga  una  historia  más  propia  de una  fundación  religiosa (epifanía) que del desarrollo  de una  ciencia  y que como pretendida ciencia  no tenga  ni pies ni cabeza, pero  puede  que  sea  un enfoque y una práctica que,  a pesar  de todo, resulta útil y beneficiosa. Aquí se van a revisar  dos  ámbitos  de  reconocida referencia  de  la PsP en la salud: el espíritu de  lucha  en  el cáncer y la psicoterapia para la felicidad y la depresión.

La cosmética de la alegría  para  el cáncer

Una revisión de factores destacados por la PsP en relación con la salud, como el “espíritu de lucha” en relación con el cáncer,  los efectos de intervenciones  que cultivan estados  psicológicos  positivos sobre  el funcionamiento inmunitario,  el hallazgo  de  beneficios  en la adversidad y, lo que  es la apoteosis  de  la PsP, el crecimiento pos- traumático,  muestra que no tienen base  empírica (Coyne y Tennen, 2010). En su entusiasmo por hacer avanzar la PsP, sus defensores  han  creado  un abismo  entre lo que predican y la evidencia  científica. Como dicen Coyne y Tennen, en cada  una  de estas  áreas, los investigadores de la PsP han  sido indiferentes a la evidencia disponible (por ejemplo, pasando por alto resultados  inconclusos y evidencia  contraria)  y han  aplicado  métodos  y diseños completamente  inadecuados para  sustentar  lo que  afirman  (por  ejemplo, estudios correlacionales, diseños sin controles adecuados, hipótesis sin fundamento) (Coyne y Tannen, 2010).

Así, los estudios no muestran que el “espíritu de lucha” tenga valor como factor de pronóstico en el cáncer y mu- cho menos como factor causal.  Sin menoscabo  de que el “espíritu de lucha” puede  ser una  actitud muy acorde  y útil para  muchas  personas,  su recomendación como su- puesto hallazgo  científico a aplicar  en la práctica puede llegar a ser en  realidad una  tiranía.  Esta tiranía  es la que  observó  y experimentó  Barbara  Ehrenreich como paciente  de cáncer,  autora  de Sonríe o muere ya citada anteriormente  (Ehrenreich, 2011). “Pero esta  forma  de almibarar el cáncer —dice Ehrenreich—, lejos de  dar sustento emocional, se cobra  un tributo terrible. Primero, porque  requiere  que se nieguen  una  serie de sentimientos tan comprensibles como la ira y el miedo, que deben quedar  enterrados  bajo  una  capa  cosmética de alegría.

Esto les viene muy bien a los profesionales  sanitarios,  e incluso a los amigos  del afectado,  que sin duda  preferirán  las bromas  a las quejas;  pero  al que sufre no le resulta tan  cómodo.  […] Además,  hay  que  esforzarse mucho para  mantener  este tono vital tan  animado que los demás  esperan, y es un esfuerzo que puede no estar contribuyendo a la prolongación de  la vida.” (Sonríe o muere, p. 50).  Ehrenreich discute además  el papel  del sistema inmunitario  como  explicación  del efecto de  los estados  psicológicos  positivos, entre  cuyas  “intervenciones” figuran,  se puede  añadir, esas  ridículas  visualizaciones de tebeo en las que linfocitos “fuertes y agresivos” matan  células cancerígenas “débiles  y desorientadas”. La revisión de  Coyne y Tennen muestra  la falta de  evidencia  e incluso la implausibilidad de las relaciones causales que se aducen  y propagan en la literatura popular entre cambios en el funcionamiento inmunitario y la progresión del cáncer (Coyne y Tennen, 2010).

Como  dice  Ehrenreich:  “El cáncer de mama, ahora puedo  decirlo con conocimiento  de  causa,  no me hizo más bella ni más fuerte ni más femenina, ni siquiera  una persona  más espiritual. Lo que me dio, si es que a esto lo queremos  llamar  “don”,  fue la oportunidad de  encontrarme cara  a cara  con una  fuerza  ideológica  y cultural de la que hasta  entonces no había  sido consciente; una fuerza que nos anima  a negar  la realidad, a someternos con alegría  a los infortunios, y a culparnos  solo a nosotros mismos por  lo que  nos trae  el destino.”  (Sonríe o muere, p. 53).  James Coyne y colegas  llegan a preguntarse por qué tiene tal predicamento  la PsP en el cáncer, siendo  que  no está  justificado por  la evidencia.  La res- puesta  que  dan  es que  las  afirmaciones  establecidas (propagadas) acerca  de la PsP y el cáncer  funcionan ya como leyendas  de un movimiento, que las hace resistentes a la falta de evidencia, sobre todo cuando  se exhiben las correlaciones  favorables y se dejan de lado las desfavorables.  Así, aunque  los estudios muestran  que el pesimismo predice  la  salud  tan  bien  como  el optimismo, solamente  se exhiben  el optimismo (Coyne,  Tennen y Ranchor, 2010). Aunque el tamaño  del efecto medio en- tre optimismo y salud  fue de  0.14  y entre pesimismo y salud fue 0.18,  el titular y el énfasis del artículo es “optimismo y salud física” (Rasmussen, Scheier y Greenhouse, 2009).

La noción de que ser optimista mejora la salud es ya un mantra  en la promoción  de la investigación sobre las intervenciones  de la PsP y en el marketing  de la PsP como empresa  comercial (Coyne et al, 2010).
Como concluyen Coyne y colegas; si la PsP continúa apelando a la evidencia científica, ya es hora de reconocer:
a) la carencia de evidencia que conecta estados  psicológicos positivos con la biología del cáncer,
b) la evidencia existente de que las intervenciones psicológicas no prolongan  la sobrevivencia y
c) que los vínculos causales entre parámetros de la función inmunitaria estudiados  en relación con estados e intervenciones  psicológicas  positivas siguen  sin estar establecidos (Coyne et al, 2010).
Más coherente  que la PsP sería una psicología de la diversidad  humana  en la que quepan  el múltiple ganador del Tour de Francia  Lance Armstrong quien declara  que el cáncer le hizo una mejor persona  y el ganador de una medalla de oro olímpica de natación Maarten van der Weijden  quien  dice que  las historias de  que  tienes que pensar  positivamente pueden  ser una carga  para  los pacientes (citados en Coyne et al, 2010), así como Barbara Ehrenreich como  paciente  “indignada” con  la  “cultura del lacito de rosa” (Sonríe o muere, cap. 1).

Por su parte,  respecto a los beneficios de las adversidades y el crecimiento postraumático,  la PsP carece  de base para  entender  el fenómeno y de estudios prospectivos que lo demuestren,  insistiendo en  ellos con más  fe que evidencia  (Coyne y Tennen, 2010). Todo ello sin negar el conocido  fenómeno,  antes  y al margen  de la PsP, de que “aquello que no te mata, te hace más fuerte”. Lo que ocurre aquí  es que la PsP hace  pasar  lo sabido  como si lo acabaran de descubrir.  Como señala  María Prieto-Ursúa, la PsP “se ha apropiado, por ejemplo, del concepto de resiliencia o crecimiento postraumático como si no se hubiera  dicho nada al respecto antes de ella, o como si lo dicho  anteriormente  no fuera valioso.”  (Prieto-Ursúa, 2006, p. 323).

Placebo  positivo para  la felicidad y la depresión

La replicación  del trabajo  de  Seligman,  Steen, Park y Peterson (2005), referido a menudo como evidencia empírica  de intervenciones con base  en la PsP, muestra que  resultados  en  aumentar  la  felicidad  y disminuir la depresión  son indiferenciables  del placebo  (Mongrain y Anselmo-Mattews,  2012). El  trabajo  original  de  Seligman et al (2005)  habría  mostrado  la eficacia  supuestamente específica  de  “ejercicios de psicología  positiva” en comparación con un grupo  de “control de expectativas” destinado  a contrarrestar el posible “factor común” en generar expectativas de mejoría implicadas por las distintas intervenciones terapéuticas. El trabajo  de Mongrain  y Anselmo-Mattews (2012)  replica el de Seligman et al (2005)  y añade un nuevo grupo  de control llamado “placebo  positivo”. En este nuevo grupo,  a las meras expectativas comunes del grupo de control anterior se añaden aspectos positivos que  hacen la intervención-placebo  más desafiante en relación con los ejercicios propiamente de psicología positiva.

Los participantes (n= 344) fueron reclutados a través de anuncios  en facebook  con el reclamo “Siéntete mejor: Participa en el proyecto HOPE (Harnessing  One’s Personal Excellence), expuesto para  usuarios canadienses de  18  años  en  adelante. Por su parte,  los partici- pantes  del estudio de Seligman  et al  (2005)  fueron reclutados  a través de su libro de autoayuda La auténtica felicidad (Seligman, 2002). En ambos  estudios, los participantes  tenían que entrar  en una página web para  seguir los ejercicios, incluyendo la cumplimentación de  cuestionarios  de  Felicidad  y Depresión,  antes  de empezar los ejercicios, al final de la sesión y en varios seguimientos.

Los ejercicios de psicología  positiva fueron Tres Cosas Buenas y Uso de  Tus Fortalezas  características  en  una Nueva  Manera,  aquellos que resultaron más eficaces en el estudio original de Seligman et al (2005). La rationale o racionalidad con las que se han  presentado las intervenciones se exponen  en el Tabla 3, para  cada  uno de los grupos: los dos ejercicios de psicología positiva (Tres cosas buenas  y Uso de tus fortalezas) y las dos condiciones de control (Control de expectativas  y Placebo positivo) (Mongrain y Anselmo-Mattews, 2012).


Los resultados  fueron que,  si bien los ejercicios de psicología  positiva sobrepasaban el efecto en estimular la Felicidad del grupo  de Control de expectativas  (el único utilizado  en  el estudio  original),  no ocurre  así  en  relación con el grupo  de Placebo  positivo (añadido en este estudio de  replicación).  Asimismo, los ejercicios de  psicología  positiva tampoco  fueron mejores que el Placebo positivo en reducir la depresión  a lo largo del seguimiento. Como concluye el estudio, los resultados de los ejercicios de  psicología  positiva no son diferenciables  de  los del  efecto  placebo  (Mongrain  y Anselmo-Mattews,2012).

Es concebible  que la psicoterapia positiva tenga de positivo lo que tiene el placebo  que,  como se recordará, significa literalmente “agradará”. No  parece  haber  nada específico  ni en  los mejores  ejercicios  de psicología  positiva,  que  lo que  ya  tiene de  positivo hablar de cosas positivas y agradables. La mayor novedad de  los ejercicios de  psicología  positiva  no  parece  ser otra que el envoltorio cientifista y el entusiasmo de la no- vedad  de  acuerdo  con  el marchamo  científico que  se trae la PsP.

Lo que  la psicoterapia positiva tiene de “positivo” que todo clínico pudiera  apreciar es genérico,  de presupuesto común a  la psicoterapia. Como señalan  Cabanas y Sánchez, “aquello que parece claramente válido en la psicología positiva, es más bien un rasgo genérico de todo proceso de afrontamiento  de problemas,  cuya importancia asume  toda  psicoterapia —y el sentido  común—: a saber, la conveniencia de mantener una actitud abierta que facilite al individuo una mejor comprensión de su situación y un aprovechamiento eficaz de los recursos que tiene a mano  para  superar problemas de la vida diaria. Sin duda, es deseable  afrontar  un problema  buscando repertorios  de  respuesta alternativos, reenfocando  la situación, o manteniendo  la confianza  y la esperanza suficientes como  para  evitar la  renuncia  precipitada y el sentimiento de indefensión.” (Cabanas y Sánchez,  2012, p. 180).


Referencia: Papeles del Psicólogo, 2012. Vol. 33(3), pp. 183-201 .
por Marino Pérez-Álvarez 
- Los libros referenciados al final del artículo original en pdf.
- imagen.1. hormiga, imagen anónima
- imagen tabla 2 y 3 extraídas del artículo original.
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