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martes, 3 de mayo de 2016

Los sentidos medievales eran a la vez receptores y transmisores

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En 1440, un popular sacerdote lolardo, Richard Wyche, fue quemado en la hoguera por herejía, en Londres. Se erigió sobre la marcha un santuario, en el lugar de ejecución, en un intento de incitar a una mayor devoción, el vicario de Todos los Santos de Barking mezcló especias con los restos de las cenizas que quedaron tras la quema. Esto produjo un dulce olor  -olor de santidad- que confirmaba la virtud de Wyche. Las autoridades de Londres, entonces, devolvieron el golpe moviendo el sitio a un estercolero: el hedor de los excrementos era lo que debía caracterizar al hereje. Estos olores pudieron ser falsificados, sin embargo son indicativos de una forma de pensar acerca de un concepto de percepción sensorial muy diferente al nuestro de hoy día. Para la población medieval, las connotaciones morales y espirituales eran una parte integral del proceso de los sentidos.

A vista de ello, el estudio de los sentidos en el pasado medieval pasa por ser un asunto directo. Nuestros cuerpos son ostensiblemente los mismos: no puede haber habido poca evolución fisiológica en el período intermedio, por lo tanto, los hombres y mujeres medievales debieron ser iguales que nosotros. Puesto así, se ignora un aspecto importante de la percepción: la forma en que entendemos cómo trabajan los sentidos está culturalmente determinada. Mi experiencia cuando miro algo hoy es fundamentalmente diferente de cómo lo veía la gente de la Edad Media tardía. Los antropólogos David Howes y Constance Classen en “Ways of Sensing: Understanding the Senses in Society” (2014), y Howes en su libro “The Varieties of Sensory Experience: A Sourcebook in the Anthropology of the Senses”(1991) , han demostrado que diferentes sociedades tienen distintos enfoques para la percepción, incluso diferentes formas de percibir, y eso no es menos cierto para las sociedades del pasado.

¿Que ha cambiado? El mundo científico posterior a la Ilustración tiene un modelo cerrado de percepción: los órganos de los sentidos del sujeto reciben la información, que se transmite al cerebro donde se interpreta. En el mundo medieval, la percepción es un proceso más abierto, donde lo que ocurre, no sólo pasa entre lo percibido y el perceptor, sino también a la inversa, desde el que percibe el objeto o individuo que era el tema central de la percepción. Era un proceso de dos vías, por lo menos. Sentado en mi escritorio hoy, puedo sentir que es duro y liso; también podría ser caliente o frío al tacto. Si me hubiera sentado aquí hace 600 años, mis sentidos podrían haber transmitido a al escritorio, cualidades morales y espirituales, y podrían haber pasado de otros a mí: Si fue un lugar utilizado por una persona santa o maligna, tales cualidades podrían residir en el escritorio. Esta no es la transmisión unidireccional de la "información" que uno anticipa hoy en día, sino algo mucho más amplio, y, en el mundo altamente moral de la Edad Media, la transferencia de estas cualidades más amplias era de inmensa importancia.

Todos los sentidos operaban como una forma de contacto, por contacto directo. La vista, en la Alta Edad Media, siguiendo las ideas neoplatónicas, fueron reelaboradas por San Agustín, que consideraba estas operaciones dentro de un proceso conocido como extramisión: un rayo salía del ojo hasta el objeto y luego regresaba al ojo. En la Edad Media tardía, fue prevaleciendo una visión de este proceso basado en la intromisión que entendía la vista como un resultado únicamente de la luz procedente del objeto. La luz pasaba a través del aire hasta el ojo a través de un proceso conocido como la multiplicación de las especies. Esa era la imagen o representación del conjunto que unía al objeto y el ojo. Uno podía imaginar que era algo como el palo de Brighton Rock: una imagen que aparecía en una sección transversal tomada en cualquier momento. Esos rayos ponían al perceptor y lo percibido en contacto físico directo.

Igual que uno no necesita entender mucho de física teórica para creer que el mundo funciona de una manera particular, la población normal de la Edad Media no necesitaba captar al detalle las teorías escolásticas de la percepción y la cognición. Sin embargo, había una estrecha relación entre estas teorías y las creencias populares sobre los sentidos, y algunos aspectos sorprendentes surgen tras la consideración de la percepción en acción. La santidad y el mal, por ejemplo, eran cualidades físicas que podían pasar a través del tacto. Bastaba con mirar un objeto el cual podría traerte ventajas. De esta manera, la elevación de la hostia durante la misa traía a la gente su beneficio al ver el pan consagrado; las reliquias se mostraban en custodias para el mismo fin. Las cosas malas también podían transmitirse a través de la vista: así es cómo operaba el mal de ojo. Tocar podría traer una fuerza espiritual y lícita. Los peregrinos se agrupaban ante las sepulturas de santos, algunas tumbas fueron incluso diseñadas con aberturas para permitir a los visitantes asomarse al interior y acercarse aún más al santo. Los juramentos, mientras se tocaban los libros sagrados garantizaban la verdad del veredicto de un jurado, su veredictum o "Palabra de verdad'. Tocar traía mucho más que la cognición y el simbolismo, la transmisión de las cualidades morales y físicas era una parte esencial de lo sensorial.

Podemos, a su vez, ver estas cualidades en otros sentidos. El sonido podía ser bueno o malo. Así era la voz del ángel Gabriel que traía el Espíritu Santo (y el embarazo) a la Virgen María, y las iluminaciones mostraban que pasaba a su cuerpo a través de la oreja. La herejía podía transmitirse por el sonido. Uno no tenía que entender que podría ser infectado, escuchar el sonido del mal era suficiente para pasar el contagio. Es por eso que los listados medievales de los sentidos a veces incluían un sexto sentido: el habla. Esto puede parecer extraño, pero para la gente medieval, el habla era una parte de los "sentidos de la boca': el sabor era el aspecto entrante, el habla (por encima de todo, un acto ético) la parte saliente.

Las huellas de esa caracterización de la percepción moral, todavía se pueden encontrar en el lenguaje de hoy día y en la tradición. Se podía hablar de un buen o un mal olor, o de ser ‘un apestado'. Y esto nos recuerda que, aunque el modelo científico de la percepción es cerrado, no todo el mundo hoy ve el mundo de esa manera. Otras creencias se llevan a cabo en paralelo, y muchos de ellas tienen sus raíces en el pasado medieval. ¿Cuál es el poder de los cristales o el de la aromaterapia? ¿Los alimentos 'caseros' traen consigo algo más que la experiencia del cocinero, formando parte de los propios individuos?

La gente medieval, de hecho, se diferenciaba de nosotros de muchas maneras: sus sentidos les ponían en contacto directo con los demás, con el mundo material y lo sobrenatural. Y las consecuencias del contacto directo a través de la vista, oído, olfato, gusto y, sobre todo, del tacto, eran una parte esencial de sus vidas. Para los londinenses medievales, los olores del lugar de ejecución de Wyche eran la confirmación de sus cualidades morales, sea para bien o para mal, que ellos mismos podían asumir al visitar el santuario.

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Referencia: AEON.co, 28 de abril 2016. Autor: Chris Woolgar
--Chris Woolgar es profesor de historia y estudios de archivística de la Universidad de Southampton. Su último libro es “The Culture of Food in England, 1200–1500” (2016).
-Imagen: los sentidos humanos

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